SOBRE ABRAHAM BEN EZRA  

     

Abraham ben Ezra era natural de Tudela, según nos refiere Mosé ben Ezra en su Kitáb al-muhádara wa-l­mudákara en el cual cita como tudelanos a nuestro autor y a Yehuda ha-Levi, con el cual estuvo muy rela­cionado, como veremos. La fecha de su nacimiento parece que fue 1089.

Joven aún abandonó su tierra junto con ha-Levi, trasladándose ambos a Lucena y Córdoba. Parece que incluso hicieron algunos viajes esporádicos los dos al Norte de Africa. Más aún, la leyenda cuenta que Abraham casó con una hija de su amigo ha-Levi, de la cual tuvo cinco hijos, y a los cuales alude en su poema Gobei Sehakim el hadom nikba'u. De ellos, sólo sobrevivió uno, Isaac, que, al parecer, se convirtió al islam. Precisamente este acto produjo un impacto enorme en su padre, de modo que, tal vez, fuera ésta la razón de una cierta crisis espiritual en Abraham que, en todo caso, estaría a la base de su continuo itinerar por los más diversos paises y ciudades. Porque una nota característica de Abraham ben Ezra es su carácter itinerante. más aún que el otro tudelano, amigo y suegro. Yehúda ha-Levi. De tal modo que muchos lo han puesto como prototipo de «judio errante». Este continuo peregrinar se extendió especialmente desde 1140 hasta su muerte. Por lo demás, en lo que respecta a su vida familiar, ya no se sabe nada más.

Lo primero que hizo fue abandonar España y dirigirse a Roma, donde compuso su obra Mózné ha-Lason, Balanza del idioma, sobre la estructura de la lengua hebrea. Tradujo además tres libros de la gramática hebrea de David Hayyuy, del árabe al hebreo. Su interés de entonces y de después por los estudios gramaticales hebráicos estaba motivado por la ignorancia de dicha lengua entre las comunidades europeas, desconocedoras, además, del árabe, lengua en que estaban redactadas las grandes gramáticas hebráicas. Ello explica también, su traducción del gran gramático Hayyuy. Por otro lado, ya hemos visto el alto interés gramatical que existía en el ambiente intelectual zaragozano, ambiente que Ben Ezra pudo respirar desde su niñez. De todo ello es testimonio Yehúda ben Tibbon, que al traducir la gramática del zaragozano por adopción, lbn Yanah, dice en la introducción: «Los judíos de la diáspora, desde Francia hasta la tierra de Edom. no se conocía la lengua árabe, con lo cual no podían aprovecharse de los libros escritos en árabe en España.. Asi, Abraham ben Ezra, vino a sus tierras y les ayudó con pequeños libros que contenían una agradable y preciosa enseñanza».

Pero su estancia en Roma no le satisfizo, pues notó que sus ideas no eran aceptadas er los círculos intelectuales. Así que, como Ibn Gabirol al abandonar Zaragoza, o como ha-Levi al dejar Sevilla, dedica un poema, Nedód hesir óni en que se queja amargamente de las comunidades judias romanas. Hay que notar de paso, que Ben Ezra, nos deja muy pormenorizados en sus obras los lugares que va visitando y las ciudades en que se establece, cosa que otros autores que hemos historiado no hacen con tanta precisión.

En 1145 se traslada a Luces donde escribió algunos comentarios bíblicos (por ejemplo al Pentateuco e Isaías) y dos tratados de gramática, inspirados en el mismo principio práctico de la anterior: Sefer ha-yesód o Fundamentos de gramática (aún no editada} y Sefat yétér o La lengua preferida. En esta última se contiene una defensa de Sa`adía Gaon contra los ataques de su discípulo Dunas ben Labrat.

De Lucca pasa a Mantua, donde compone su Sefer ha-zahut y de allí, a Verona donde escribe el Sefer ha­`ibur, una obra de aritmética, Sefer ha-misparo Libro del número y otra gramática hebrea, Sefer berúrá o lenguaje puro.

En 1147 abandona Italia y visita Provenza, concretamente Narbona y Beziers, para pasar luego al norte de Francia (Rouen y Dreux). Yehadia ha-Peniní Bedersi, que vivió unos ciento cincuenta anos después en Beziers, aún recuerda la estela de gratos recuerdos que dejó Ben Ezra en el breve tiempo que estuvo allí: «los sabios de aquella región, los hombres piadosos y los rabinos, tuvieron una gran alegria cuando ibn Ezra pasó por sus comunidades. El empezó a abrir los ojos en nuestras regiones y escribió para nuestras gentes el comentario al Pentateuco y a los profetas».

En Francia compuso varios comentarios bíblicos, al Pentateuco, como se recogía en la cita anterior, al libro de Dariel, a los Salmos, a Ester y al Cantar de los Cantares. Además escribió sus dos obras matemáticas, una sobre el número, Yesód ha-mispar y otra titulada Sefer ha-'ehad, Libro del uno en que se habla de la unidad y de las características de los diez primeros números. 

Por otro lado, también fue en Francia donde compuso sus obras astrológicas: Mispetei ha-mazzalot, Sefer ha-móladót (ambas sin publicar), Resit hokmá, Sefer ha­te'anim, Sefer ha-mibarim, Sefer ha-meórot y Sefer ha o1am. Otras obras de astronomía y astrología son: Keli ha-nehoset, Instrumento de cobre, acerca del astrolabio, Sefer ha-móldót, Libro del nacimiento y Sefer ha-góralór, Libro del destino, en los cuales da las normas para adivinar la suerte de cada uno según la marcha de los astros, De la misma inspiración es su Sefer 'istagninút, o Libro de astrología.

En 1158 se traslada a Londres. donde escribe Yesod mórá, Fundamento de la reverencia e Iggeret shabbat, y en 1161 vuelve a Narbona. Parece que, al fin ce su vida, según es leyenda, fue a Tierra Santa, Murió, no se sabe exactamente dónde, en 1164 ó 1167.

Abraham ben Ezra fue un hombre bueno, austero, alegre en su probreza, que no dudaba en rechazar la ayuda de los demás mientras que él se volcaba en los que tenía alrededor. Yósef Salomon Delmedigo, en su Miktab ahuz expresa así la admiración que por Ben Ezra sentían las generaciones posteriores: «Era un hombre que durante todos los días de su vida, viajó por todo el mundo, desde la extremidad del mar occidental hasta Lucca y Egipto, Etiopía y Elam. No tenía dinero, ni aun unos pocos céntimos, pues los despreció toda su vida. Sólo tenía la ropa que llevaba puesta y en su equipaje sólo llevaba el astrolabio, un corazón valiente y el espíritu de Dios dentro de él».

Vasto polígrafo, se cuenta que escribió 108 obras, de las que nos quedan muy pocas, parte de las cuales, aún están en manuscrito sin ver la luz pública. Aparte de sus tratados gramaticales, matemáticos, filosóficos y de exégesis, compuso abundante poesia, dispersa por todos sus ibros, recogida en un Divan sucesivamente por Jacob Egers (1886), David Rosin (1884-1894), David Kahan (1894) y Brody (1945). Pero su obra poética más importante es Hai ben mekiz, poema en prosa que tiene la particularidad para la filosofia de que está inspirado en la historia deAvicena Hayy ibn Yaqzan. 

Curiosamente la historía de este solitario será retomada también por el musulmán lbn Tufayl, admirador del zaragozano Avempace, y que en su obra El filósofo autodidacto (cuyo protagonista ese el mismo Hayy ibn Yaqzan) quiere continuar en la dirección aviceniana la mística alfarabiana que había iniciado Avempace. Ben Ezra, por su parte, sigue las huellas poéticas y temáticas de Ibn Gabirol en su obra, haciendo que su protagonista Hai ben Mekiz, simbolice a la razón que pretende penetrar los misterios de la creación por medio de la filosofía.

Por los títulos de Abraham ben Ezra, puede verse que su producción, salvo la escrita en latin, está compuesta en hebreo, a diferencia de sus otros correligionarios que escribieron en árabe fundamentalmente. Este hecho es de una importancia extraordinaria puesto que ello supone que Abraham ben Ezra adopta la actitud de renovador cientifico ante dos tipos de comunidades bien diferentes fuera de España, la judaica y la cristiana. Era el momento en que empezaban a aparecer masivamente en el occidente cristiano las obras científicas y filosóficas árabes de la España musulmana y en esta labor transmisora figuran tres personajes vinculados a Zaragoza como son el propio Ben Ezra. Abraham bar Hiyya y Moshé Sefardí (Pedro Alfonso). Antes habían existido transmisiones científicas desde el monasterio de Ripoll.especialmente, pero de modo anónimo y esporádico. Ahora es el momento de que la tarea se aborde en su totalidad y de forma sistemática. 

De ello se hablará poco después cuando tratemos de Moshé Sefardí, el único cristiano, judío converso, que desde Zaragoza se enfrenta a esta empresa. Los otros son de la comunidad judia: Ben Ezra y Bar Hiyya. Ben Ezra, por su parte, conocía el latín y compuso diversas obras científicas en esta lengua., dirigidas a los cristianos europeos. Así, por ejemplo, el Libro de los fundamentos de las tablas astronómicas. Fundamenta tabularum, compuesta alrededor de 1154 en el norte de Francia. Poco después, en 1160 escribe también en latin, en Inglaterra, un libro sobre el astrolabio. Parece que también compuso en latín un libro sobre el almanaque. Pero incluso las otras hechas en hebreo y de contenido científico, fueron pronto traducidas al latín y al francés como ocurrió con el Resit hokmá. obra astrológica que fue vertida del hebreo al Francés en 1273 por el judío Hagin, en Malinas, de cuya versión se hizo luego la latina.

En cuanto a sus obras científicas, filosóficas y exegéticas en hebreo hay que decir que Ben Ezra, fuera de España, tenía ante si comunidades judías que ignoraban por un lado al árabe en que iba vertida la gran ciencia y pensamiento hispánicos del momento. Por otro, empe­zaban a desconocer el propio hebreo en favor de las lenguas propias de los países en que estaban inscritas las comunidades. Ben Ezra, ante tal situación, mantuvo. por un lado, su ideal de transmisión de la cultura árabe española (como hacía con los cristianos) y, por otro, su esfuerzo por renovar lo más propio del judaísmo: su lengua hebrea. En este sentido, bar Hiyya, ha-Levi y Ben Ezra, comparten también idénticos ideales.

En cuanto a su pensamiento filosófico, Abraham ben Ezra no tiene un tratado específicamente dedicado a él. Hay que entresacarlo del conjunto de su producción exegética, gramatical y cientfica. Por otra parte, en su obra aparecen no pocos inconvenientes para poder estractar su sistema de pensamiento. Por un lado, si bien sigue un estricto método gramatical y filológico en sus cormentarios a la Biblia, sin embargo, como buen hijo de su tiempo, se pierde también en las interpretaciones alegóricas y simbólicas. Cualquier acontecimiento de la Sagrada Escritura tiene para Ben Ezra un sentido oculto, secreto, simbólico, que oscurece la línea de su pensamiento. En este sentido, siguiendo las huellas de Filón de Alejandría, del Sefer Yesira, de la Enciclopedia de los Hermanos de la Pureza y del neopitagorismo, atribuye significados y fuerzas ocultas a los números y letras que son como las claves de la creación. Por otra parte, el estilo mismo de Abraham ben Ezra es muchas veces críptico, oscuro y ello de una manera deliberada. Tal vez se debiese a que no quería adoptar una posición claramente exotérica ante las comunidades europeas a que se dirigía, en atención a la incultura, muchas veces profunda, que reinaba en ellas, prefería expresarse de modo solo sugerente y para minorias a fin de no exponerse a malos entendidos por parte del público general.

Aparte de los influjos que se acaban de citar, Abraham ben Ezra acusa una clara impronta de Ibn Gabirol. No cita concretamente la Fuente de la vida, pero, sin embargo, alude muy frecuentemente a su autor, aparte de notarse su clara influencia. Por ejemplo, sigue al pie de la letra el principio gabiroliano de la composción hilemórfica universal, en su doble vertiente gnoseológica y ontológica: todo, excepto Dios, está compuesto de materia y de forma, o lo que es lo mismo, de sujeto y predicados. Esta es la clave de la distinción entre los dos niveles de la realidad: la mundana y la divina.

En efecto, Dios es absolutamente uno y simple. No tiene composición alguna de substanca y accidentes, o de sujeto y predicados. Es la absoluta unidad que, por una parte, está fuera de toda numeración, a la vez que contiene a todo número. Está fuera de todo número porque la unidad de Dios no se extrae de una multiplicidad (no hay más que un sólo Dios) y porque al ser la unidad radical, funda y comienza cualquier tipo de numeración. Pero a la vez, es todo número porque la unidad primaria contiene en si cualquier numeración y numerabilidad que se funde en ella y que de ella proceda. Sin la unidad no habría número posible. Por todo ello, el símbolo más adecuado de Dios es la unidad. Son los mismos argumentos empleados por Ibn Paquda.

Dios da las formas a todas las cosas. razón por la cual es El, en cierto modo, todas las cosas (en cuanto que es fundamento único de ellas). Y sin embargo no tiene forma ni es parecido a nada: Dios es el fundamento de todo parécido, pero no se asemeja a ningún ser. Pero es que tampoco Dios es materia. Es lo incorpóreo por antonomasia. Carente, pues, de la materia y forma de los demás seres, es, de nuevo, el absolutamente simple y uno.

El conocimiento de Dios se vierte exclusivamente sobre sí mismo, para no contaminar su unidad con la multiplicidad de las cosas conocidas. Así, al conocerse, conoce el mundo hasta en sus más minimos detalles particulares, pero dentro y desde la universalidad y unidad de su propio autoconocerse. Dios no necesita salir de sí para conocer lo otro a sí mismo: lo puede contemplar en su interior, donde reside lo permanente, eterno y estable, al margen y por encima de lo inconstante y variable del mundo y de sus seres concretos. Dios conoce lo particular, pero no en su devenir singular, sino dentro de la permanencia, eternidad y universalidad de la esencia de Dios.

De ahí que a Dios lo nombremos y designemos por metáforas. Dice Abraham ben Ezra que es connatural al hombre el hacer metáforas, para poderse entender unos individuos a otros en cualquier nivel que se manejen. La metáfora es un registro necesario al conocer y hablar del hombre. Con ella da a conocer a los demás lo inferior, elevándolo a categorías humanas como cuando habla de "la mano del Jordán" o de «la cabeza del mundo». En cambio utiliza el método inverso de mundanizar lo suprahumano, cuando habla de los seres superiores, como es el caso del hablar en torno a Dios. Así, en tal caso dice que «Dios se arrepiente» o que «Dios recuerda», etc. Este es el sentido de las expresiones bíblicas en torno a Dios; la metáfora o el símbolo, a fin de hacernos entender unos hombres a otros con respecto a la realidad incognoscible en sí, de Dios.

Ante a grandeza de Dios, Abraham ben Ezra da rienda suelta a su alma poética en estos versos :

«Me postraré rostro en tierra, pues no hay cosa

más baja que ella.

Me humillaré a la faz del Altísimo, el Excelso sobre

toda excelsitud.

¿Cómo me congraciaré con él? ¿Con mi espíritu?

¿Acaso no viene de El?

¿Con lo más escogido de mi cuerpo? El lo vivifica

y no hay rada más noble que mi alma.

No hay linde ni extremo para su grandeza. ¿Cómo

mi lengua lo ilustraría?

Inaccesible más que los altos cielos, y próximo

más que mi carne y mis huesos.

He aquí que vengo a Ti. Dios mío, pues no hay

ayudador fuera de Ti.

¿Acaso las cohortes de los cielos y la tierra no

fueron creadas como yo mismo?

¿Cómo esperaría salvación de parte de ellas? 

Mentira es el auxilio de las creatruas.»

Acaba de cantar Ben Ezra, junto a la grandeza de Dios, el hecho de la dependencia del mundo respecto a El, por ser producto de su creación. Lo importante es ese sentido de relación esencial del mundo como creatura respecto a su Creador. Pero en realidad, el concepto técnico de creación queda un tanto difuso en Abraham ben Ezra. Porque, en primer lugar, sustituye el concepto de creación desde la nada, contenido en el término hebraico bara, por el de dibujar, señalar, con limites y contornos. Con lo cual, está suponiendo una materia sobre la que Dios imprime las formas de las cosas en el acto de la creación. No se trata, pues, de una creación desde la nada, sino desde una materia preexistente, a la manera del Demiurgo platónico. Ahora bien, esa materia primordial, una de dos: o es eterna como Dios o dimana de El por procedimientos emanatistas, a la manera neoplatónica. No puede decidirse sobre el auténtico pensamiento de Ben Ezra, teniendo en cuenta lo fragmentario de los textos, lo lacónico de sus expresiones y la ambigüedad en que deliberadamente deja el tema, concluyendo muchas veces con la enigmática expresión: «el inteligente entenderá...»

El mundo creado lo divide Ben Ezra en tres estratos engarzados entre sí por los registros de la creación bíblica y de la emanación neoplatónica. El más elevado y primero, después de Dios, engloba las Inteligencias separadas o ángeles, incluido el mundo del alma, de la que el alma humana es una parte. El segundo es el correspondiente a las esferas celestes, a los astros y a las estrellas fijas. Por fin, el tercero es el más bajo y comprende el mundo material compuesto por los cuatro elemertos, los cuales, mezclados, dan lugar a los minerales, plantas, animales y cuerpo humano. Esta tripartición tiene su profundo significado dentro del simbolismo de las tres partes del templo, a saber: el Sancta Sanctorum, el templo propiamente tal y el patio exterior, respectivamente.

El primer nivel de las inteligencias y ángeles es eterno y está en absoluta dependencia de Dios. A diferencia de este, ya empieza a estar compuesto de materia y forma, sujeto y predicados. Y su función es la de mover los cuerpos del mundo celeste, o segundo nivel, que se halla bajo el (estrellas y planetas) por cuyo medio, a su vez, las inteligencias y ángeles conforman el mundo del tercer nivel o mundo material. Aparte de esta función cosmológica. los ángeles son los encargados de ejercer las funciones inmediatas de la profecía sobre los elegidos.

El segundo estrato de las esferas celestes, astros y estrellas, regido por las inteligencias y ángeles, consta de nueve órbitas que, sumadas al primer nivel de las inteligencias, componen el número perfecto de diez. Las nueve esferas están distribuidas así: siete para los planetas, una para las estrellas fijas y, por fin, otra sin estrellas (la esfera diurna) que es la encargada de poner en movimiento de este a oeste a la totalidad de los cielos.

Finalmente, el tercer nivel es el correspondiente al munco sublunar. Es corporal, sometido a la generación y corrupción, habiendo sido creado en el tiempo y con el tiempo, pues antes del mundo de los cuatro elementos, no había temporalidad; el tiempo nace con el movimiento, la generación y la corrupción.

El concepto de creación recibe su más apropiado sentido en este tercer estrato del mundo, pues por creación hay que entender la conformación de la materia caótica (al modo como antes se dijo lo hacía el Demiurgo de Platón). Ahora bien, Dios, que sólo conoce lo universal e inmutable y que es absolutamente uno y eterno, no pudo rebajarse a la confección singularizada de todos y cada uno de los seres de este mundo. Por ello, fueron los ángeles del primer nivel los que tal operación conformadora-creativa llevaron a cabo. Por eso, según Ben Ezra, el Génesis habla de los creadores del mundo en plural. Elohim, refiriéndose directamente a los ángeles y, de modo indirecto y mediato, a Dios.

En el mundo sublunar, la creatura que ocupa el primer rango es el hombre, el cual es un microcosmos que, a la manera del cosmos total, está compuesto de un alma y de un cuerpo. Este ser, además. está hecho «a nuestra imagen y semejanza» como dice el Génesis. Lo cual quiere decir que el hombre, del mismo modo que Dios y los ángeles, puede alcanzar la eternidad y la vida perfecta a título individual, mientras que los demás seres, sólo la logran bajo el título de especies y géneros universales, no de modo singular cada ser por si mismo.

La parte más noble del hombre es para Ben Ezra, el alma y, por ello, nuestro primer deber es estudiarla para saber su naturaleza, sus partes, el porqué de su unión con el cuerpo y su destino final. Según esto, Abraham ben Ezra, divide, al modo aristotélico y platónico, el alma humana en tres partes, a saber: el alma vegetativa, el alma sensitiva y la racional, siendo las dos primeras mortales y la última, la racional, destinada a la inmortalidad. Esta inmortalidad depende del grado de sabiduría y conocimiento que haya adquirido en la vida. Esta es la razón de que se haya unido al cuerpoo el adquirir conocimiento de Dios a través del mundo, de los seres materiales y de la creación en general. En efecto: el alma preexiste al cuerpo (también a la manera platónica) habiendo sido creada por Dios en el mundo de las almas.

Una vez asignada a un cuerpo debe dedicarse a las distintas ciencias físicas, matemáticas, astronómicas, para conocer la creación, pero, sobre todo, debe culminar su itinerario intelectual en el conocimiento de Dios, el fundamento de todo. El destino último del alma, una vez lograda la sabiduría sobre Dios, es reincorporarse al mundo de las almas de donde salió. Unicamente queda un punto oscuro en la filosofía de Abraham ben Ezra, a saber las almas que no han logrado este nivel supremo de conocimiento dice que perecen, utilizando para ello nuestro autor el término hebreo 'abad (ser destruido, sucumbir), Pero parece extraño suponer que un alma que preexiste desde siempre en el mundo de las almas, pueda aniquilarse en un momento dado. Rosin sospecha que Ben Ezra se refiere con ello a la posible transmigración de las almas, después de la muerte, Pero no hay nada cierto sobre el pensamiento definitivo de Abraham ben Ezra.

El logro del destino eterno del alma por medio de la sabiduría tiene otro requisito imprescindible, el cumplimiento de los mandamientos de Dios- Cumplimiento que exige, a su vez, el entender su sentido último y eterno con el conocimiento.

Particularmente interesante es su concepción astrológica del funcionamiento mecanicista del mundo combinado con el principio de la libertad humana y de la vida ética. En efecto, para Ben Ezra, el mundo sublunar está regido de manera necesaria e Inevitable por las estrellas y los astros del segundo nivel, los cuales, a su vez, no hacen sino obedecer las leyes inviolables de las inteligencias y de los árgeles. No se puede variar el curso de los acontecimientos regidos por los cielos y los astros y, en consecuencia, los hombres sometidos a este determinismo mecanicista, es inútil que se dirijan a los astros por la oración para que nos preserven del mal y del pecado. 

Lo que ellos tienen establecido habrá de cumplirse rigurosamente al pie de la letra. Sin embargo, caben las excepciones por parte de Dios; excepciones que no levantan en modo alguno la marcha de los acontecimientos, sino que ponen al hombre justo, al creyente, en situación de contrarrestar los efectos mecánicos del curso de las estrellas. Las leyes cosmológicas y humanas se cumplen al pie de la letra; sólo el hombre justo se ve a salvo de ellas. Y pone un ejemplo aclaratorio: una ciudad está destinada a ser inundada por las aguas de un río, como castigo de los pecados cometidos por sus habitantes. Pero un profeta surge y libremente predica el arrepentimiento, la vuelta a Dios y a la justicia. El pueblo también libremente le escucha y decide salir al campo, fuera de la ciudad a elevar a Dios sus oraciones y a practicar la penitencia. En la ausencia de los habitantes de la ciudad, el río se desborda y destruye las casas, calles y plazas, salvándose, sin embargo, sus arrepentidos moradores. Se han salvado los dos principios: el del mecanicismo del mundo y el de la libertad humana. La astrología profesada por Ben Ezra bien pudo estar inspirada en la Enciclopedia de los Hermanos de la Pureza, tan conocida en Zaragoza y su círculo intelectual.

Volviendo al fin supremo del hombre, cual es el conocimiento de Dios, Ben Ezra expone dos caminos para alcanzarlo. El primero es a través del conocimiento de las creaturas del mundo. Pero, como ello supone la ciencia y el conocimiento más apurado de los fenómenos y no todo el mundo está preparado para ello (mientras que la salvación es para todos, sin excepción), el otro medio es más seguro y eficaz: el del cumplimiento y conocimiento de la Ley de Dios. El que está dotado de inteligencia, debe penetrar en sus misterios, en cuanto pueda; pero, en cualquier caso, tanto para el filósofo como para el hombre simple, el atenerse a los mandamientos de Dios y a su Ley es una garantía de que el cuerpo y la materia nunca tomarán la delantera sobre el alma en orden a conseguir el fin supremo de la eternidad divina.

Esta ley divina es dada al hombre mediante la profecía. Esta la ostentan aquellos que son merecedores de ella por su conducta justa y por la libre elección del propio Dios con el que los profetas se ponen en contacto a través de las inteligencias y de los ángeles, Pero hay un profeta que hace excepción y que es superior a todos los demás y éste es Moisés. Solamente éste vio la verdad directamente, sin el intermediario de sueños o visiones, y de un modo universal, es decir: Moisés podía entrar en contacto directo, sin ningún intermediario, con Dios, en cualquier momento del tiempo y en cualquier lugar. Ello no acontece con los demás profetas, que han de esperar el momento propicio, de un modo pasivo, para que reciban el don de la profecía a través de los ángeles y de las inteligencias, por cuyo medio Dios les inspira.

Las leyes, se clasifican según Ben Ezra en dos tipos: en primer lugar aquellas que Dios ha revelado a todo ser humano y que las ha depositado en su sola razón. A este género pertenece la mayor parte de la Torah y los diez mandamientos y, por este motivo, son absolutamente obligatorias a todos los seres humanos porque todos las conocen, El segundo tipo es el de aquellas leyes cuyo sentido y razón de ser se nos mantiene oculto. No es que sean antirracionales (no hay ninguna ley de Dios que contradiga a la razón) sino que nuestras fuerzas humanas no alcanzan a llegar a su sentido último. En tal caso, el hombre debe esforzarse en hallarlo y, si no lo consigue, debe someterse a ellas pensando siempre que su significado está más allá de las posibilidades humanas de entendimiento.

Otra clasificación de los mandamientos de la ley es: preceptos del corazón, preceptos de la lengua y preceptos de la acción. Ejemplo de las leyes de la lengua son el precepto de recitar el shema, el dar gracias después de las comidas, la bendición sacerdotal, etc. Las leyes de la acción son todas aquellas que preceptúan cualquier acto con relación a los demás, a Dios o consigo mismo. Por fin, las leyes del corazón son las más importantes y están impregnadas de racionalidad, de conocimiento natural: amar a Dios, amar al prójimo, etc. Como puede apreciarse en esta última clasificación pueden apreciarse claros influjos de Sa'adia Gaon y sobre todo de lbn Paquda, sólo que éste englobaría en los preceptos de los miembros los de la lengua y la acción de Ben Ezra. Por lo demás, Abraham ben Ezra sigue en la más clara tradición racionalista de los demás autores de la escuela zaragozana: el fin del hombre es la sabiduría, el conocimiento. Y cuando éste no pueda alcanzar lo oculto de Dios, habrá de plegarse a los mandamientos y verdades, convencido de que las razones, no es que no las haya sino que se le escapan. En tal caso está en las manos del hombre o la simple aceptación ciega o la interpretación alegórica y simbólica de los textos.

En efecto, el fin supremo del hombre, su bien máximo, su meta final es la sabiduria, el conocimiento. Con él se salva y redime, con él logra la unión definitiva con Dios. A este fin está todo subordinado, incluido un cierto grado de ascetismo cuya finalidad es la de preservarnos del excesivo influjo del cuerpo y de la materia. De lo que se trata es de liberar al máximo el alma humana en su itinerario hacia el conocimiento supremo. Es lo que, desde otro ángulo, defenderá Avempace. 

La Ley de Dios, su conocimiento y práctica, es la que colma la vida de Abraham ben Ezra:

«En la ley de Dios me aplicaré toda mi vida esperando que el Señor me conceda su galardón; en su huerto de delicias mi voluntad se deleitará y en los días de mi aridez la Ley mi rico venero será. ,Señor!, con los ojos del corazón te he visto, y aún en tu Ley, ilustre en fortaleza, enséñame a practicar el recto camino: te magnificaré y Tú magnificarás mi gloria. Los cielos y las alturas no alcanzan a soportar tu grandeza, ¡cuánto menos lo podrá mi palabra!

Cobijarse en Ti ansía siempre mi alma,

y en la adoración de tu nombre puse mi honor».

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