Kol Hasbará
Mirad, aquel que es guardián de Israel... ni se descuida ni duerme
                                                                                                                      Salmos 121:4
 
La Pasión y la pasión.
(Padre, perdónalo...)
                                                                                                  Rabino Prof. Roberto Feldmann.

El mensaje de Jesús tiene el potencial de conmover a cualquier ser humano, y su Pasión es uno de los más profundos y centrales legados de fe de la humanidad toda. Mel Gibson la vacía de intimidad y trascendencia en un jamón oscurantista y vulgar, colmado de sangre, jadeos y temblores, de sobre actuados lugares comunes en mal arameo con acento norteamericano: Un primitivo abarrote de morbo repetitivo y hueco.

También soy judío y rabino: Jesús y toda su cultura quinta-esencialmente judía me resulta familiar. Jesús nació, vivió, amó, rezó, enseñó y murió como el judío que fue. Lleva su alma judía tan inherentemente, que en el terrible momento límite –crucificado en la cruz romana- le brotan sólo oraciones judías. Así de natural, así de diáfano.

A María, Apóstoles, Discípulos o María Magdalena, Gibson les borronea su identidad judía. A los rabíes del Sanedrín, a quienes demoniza hasta la náusea, los enfoca como Los judíos: los pasea como Shylocks por toda su cinta pidiendo la crucifixión a gritos, y los culpa de ella exclusiva y explícitamente, como en el peor oscurantismo medieval. En contrapartida, el absolver a Pilato -Mr. & Mrs- por sensible, conmovido y azuzado por estos “Los Judíos”, delata el antisemitismo de Gibson de modo definitivo. El suyo, es antisemitismo del clásico, el mismo que Nostra Aetate y el Papa Juan XXIII ya denunciaron hace cuarenta años, y por el que el Papa Juan Pablo II pidió perdón.

Así, a través de dos mil años de cultivo de su protéico veneno, el odio al pueblo judío llegó desde los padres de la Iglesia, por un largo y violento recorrido, hasta Mel Gibson, quién lo propaga con una manipulación que no merece otra calificación que de perversa.

Sartre concluye que el antisemitismo es una pasión. Qué coincidencia. Hoy sigue venenosa e irracional como siempre. Gibson mezcla la de Cristo, con su propia pasión antisemita pre-conciliar: Vuelta a la difamación y el odio. Las consecuencias son invariablemente trágicas.

Por desparramar su judeofobia escondiéndose detrás de la Pasión de Cristo; por la crucifixión mediática masiva del pueblo judío que Gibson comete, es preciso rechazar este y todo antisemitismo, desenmascararlo de cualquier excusa, y confrontarlo con claridad y fuerza para vivir en amor verdadero. Y así, en una pequeña variación a Jesús, decirle a Mel Gibson: "Padre, perdónalo, porque sí sabe lo que hace".

De Artes y Letras del Mercurio (Chile)