¿Quien
escribió la Torah?
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Estimados amigos, varios de vosotros habéis coincidido en plantear la misma incógnita lo que sugiere que se hace cierta la siguiente expresión popular: “Esta es la pregunta del millón”.
Que
Moshe escribiera la Torah o no la escribiera no es un detalle sin importancia,
no es la clase de “detalle” que podamos aceptar en términos relativos, que
la autoría de la Torah se deba a
Moshe solo podemos aceptarlo en términos absolutos.
No
se discute sobre cualquier otra obra milenaria, o sobre cualquier obra clásica.
Que Platón no escribiera “La República” no provocaría un colapso
espiritual, pero si Moshe no hubiera sido el autor de la Torah, sí que provocaría
ya no un colapso, sino una verdadera catástrofe en el conjunto de los valores
humanos en general, y en los valores de occidente los cuales nacen de la Torah
escrita por Moshe.
Algunos
críticos son de la opinión que Moshe (o un escritor posterior) en realidad
desarrolló la Torah plagiando de un antiguo código de vasallaje hitita, el código
de Hammurabi.
Sin
embargo se trata de una impostura, nada en el código de Hammurabi, es superior
a cualquier otro código legal, social, y religioso que haya sido escrito nunca,
no se trata de una obra meramente literaria más, no puede compararse en
absoluto con una obra que lleva el sello de H’ y por la cual
se han edificado los valores universales de dignidad y respeto humanos.
Negar
la autoría de la Torah a Moshe, es negarnos a nosotros mismos como pueblo,
negar la Torah es negarle a la humanidad su propia historia e inferir que la
lucha por la dignidad del ser humano ha sido por siglos una lucha inútil.
Si
habéis leído el artículo “El
legado de Bereshit 3” sin duda que habréis llegado a la misma conclusión,
el adversario en realidad no mintió a Java, pero tampoco le dijo la verdad y
resulta evidente que la verdad si no es entera se hace aliada de lo falso.
Durante
siglos nadie puso en duda que la Torah narra hechos completamente verídicos que
le ocurrieron a un pueblo vivo y en unos escenarios reales. Sin embargo es en el
siglo XIX donde surge con fuerza una escuela de críticos escépticos que
ansiosos por barrer de la Torah toda posibilidad de veracidad comienzan a
elaborar toda una serie de erradas acusaciones en algunos casos abiertamente mal
intencionadas. A ello contribuyeron notablemente un grupo individuos con su teoría
de la evolución, teólogos, sacerdotes, abogados, personas que nada tenían que
ver con la ciencia pero que presentaron al mundo sus teorías como si del
trabajo de unos científicos se tratara. Pocas personas serias se atreven hoy a
negar que tal teoría no es otra cosa que una religión mecanicista en lugar de
un verdadero avance en el conocimiento de la biogénesis del hombre.
La
teoría excluye la necesidad de un D-s Creador, luego sin D-s Creador ¿realmente
alguien estaría dispuesto a creer que la Torah es obra de D-s?.
No
obstante H’ no deja que el hombre se pierda en discusiones vanas y de pronto
la tierra comenzó a abrir su boca en forma de evidencias arqueológicas, filológicas,
y documentales.
Lo
que la arqueología (conocida como bíblica) ha sacado a la luz a lo largo de
los últimos cien años es una evidencia que nadie puede obviar, evidencias históricas
tan contundentes; Que toda hipótesis contraria a la autoría de Moshe en cuanto
a la Torah, ha quedado completamente fuera de lugar cuando no en manifiesto ridículo.
Por
cierto que la arqueología (conocida como bíblica) ha conseguido demostrar en
cuanto a los hechos narrados en la Torah lo que no ha podido quedar demostrado
por la paleontología de acuerdo a las mismas palabras que el señor Darwin
pronosticó en cuanto a la teoría de la evolución.
¿Dónde
se encuentran las evidencias que hablan a favor de Adam, Abraham, Ytzjak, Yaakov,
Yoseph...fueron acaso personajes reales?.
Durante
1933-34, las excavaciones llevadas a cabo por Cabane, el arqueólogo André
Parrot, el Dr. Henry Seyrig y eminentes egiptólogos y asiriólogos, sacaron a
la luz 24.000 documentos en tablillas de barro con inscripciones cuneiformes,
transcurrirán todavía muchos años hasta que todo esta ingente documentación
haya sido traducida en su totalidad. No obstante lo que ha sido ya traducido no
solo habla de contratos inmobiliarios, códigos legales, intrigas palaciegas,
ritos religiosos, bodas, divorcios, adulterios todo de la época en que fueron
inscriptas, sino lo más importante y asombroso, en muchos de esos documentos
los nombres bíblicos resuenan
irrefutables, Peleg, Serug, Teraj, Najor, Haran, Abraham, e incluso Adam, lo más
sorprendente de estas referencias no es que aparezcan en relatos mítico
religiosos, sino que aparecen en documentos reales, en comunicados entre hombres
de Estado y gobernadores.
El
mundo está dispuesto a negar la historicidad de la Torah, y sin embargo acepta
de buen grado esta clase de evidencias ajenas a la propia Biblia.
Uno
a uno todos los personajes citados en la Torah demostraron su historicidad,
ellos vivieron realmente y fueron conocidos por sus contemporáneos, desde los
profetas a Moshe, y desde Moshe hasta Adam, sus nombres aparecen inscriptos en
la historia.
Lo
creemos porque ellos viven en la Torah, no porque unos documentos de barro los
mencionen, pero no cabe duda de que su descubrimiento es una evidencia a tener
en cuenta.
Y
no solo los nombres de las personas mencionadas en la Torah surgieron de la
tierra, cuando los críticos comprobaron que cabía la posibilidad de que los
personajes bíblicos fueran reales, lanzaron una nueva suposición, “tal
vez los personajes fueran reales, pero no así los lugares donde la Torah afirma
que vivieron” porque ¿dónde esta Ur, y Babilonia, y tantas otras
ciudades y culturas narradas en la Biblia?.
De
hecho en la mitad del siglo XIX se comenzó a buscar evidencias que pudieran
apoyar científicamente y con
fundamentos sólidos, la historia universal por todos conocida.
Hasta
entonces la única fuente de información histórica para Oriente medio había
sido la Biblia. Solo en la Torah se hablaba de épocas, de imperios y pueblos de
los que nadie tenía pruebas de su paso por la historia. La Torah mencionaba (y
menciona) nombres de personas, ciudades, naciones, de los cuales ni los griegos
ni los romanos tenían constancia de que alguna vez existieran.
A
diferencia de la teoría de la evolución en la que se afirma que: “es un
hecho fuera de toda duda” pero que sin embargo nadie ha visto producirse,
y nadie ha podido demostrar, hasta el punto de afirmar hoy que “la evolución
se ha detenido”. La arqueología ha aportado evidencias sobre la
historicidad de la Torah que pueden verse, tocarse, y examinarse.
Emilio
Botta, cónsul de Francia desveló el misterio de Sargon rey de Asiria y
mencionado en Isaías 20:1 cuando el mundo pudo contemplar en todo su esplendor
la ciudad de este rey de leyenda, solo que ahora ya no se trataba de un mito, la
Biblia había demostrado su veracidad.
Un
par de años después A. Lardyn le
arrancó a la tierra otro secreto, la ciudad de Kalchu, que aparece en la Biblia
con el nombre de Kelaj.
Poco
a poco fueron saliendo a la luz todas las ciudades mencionadas en la Torah y en
toda la Biblia hebrea, Nínive, de la que los escépticos afirmaban que nunca
había existido tal ciudad, hasta que la vieron con sus propios ojos.
Podríamos extendernos mucho más, pero el propósito es dilucidar la autoría de la Torah y no debatir acerca de las evidencias arqueológicas que ya de por si son lo suficientemente contundentes.