II Jornadas para la recuperación de la Memoria Histórica [17.10.2007]
por Tony Díaz

Una vez más, con celo religioso, la izquierda radical ha recordado la efeméride con interminables alabanzas al espíritu indómito que luchó por la libertad y la dignidad de los pueblos latinoamericanos. La realidad es muy diferente: el Che fue un combatiente feroz, sanguinario. Una verdadera máquina de matar. Y jamás pretendió ser otra cosa.

El Che libertador y justiciero al que rinde culto la izquierda existe solamente en la enfermiza imaginación de unos fanáticos que se abocaron a idealizarlo. Es preciso dar cuenta de la auténtica historia.

El dictador Fulgencio Batista escapó de Cuba, acosado por los revolucionarios, el 1 de enero de 1959. Dos años más tarde la Isla era ya una gran prisión, hasta el punto de que uno de cada 18 cubanos se convirtió en prisionero político. Hoy, Cuba sigue siendo una inmensa mazmorra. Los campos de concentración soviéticos palidecen en comparación: unas 500.000 personas pasaron por las cárceles cubanas.

No todas las ejecuciones fueron clandestinas. De hecho, el Che llegó a proclamar, sardónico, ante las Naciones Unidas: "Nosotros ejecutamos, y seguiremos ejecutando". No exageraba: en 1964 el número de ejecutados ascendía a 14.000.

El Che consideraba el derecho a la defensa y al juicio previo una burguesa pérdida de tiempo. "Ante la duda –decía–, es mejor matar". Así ejecutó a 216 personas en la Sierra Maestra, en Santa Clara y en la prisión de La Cabaña.

Este individuo sigue siendo uno de los máximos ídolos de numerosos líderes de la izquierda latinoamericana. Sobre una burda caricatura de idealismo revolucionario, continúan rindiendo homenaje al sanguinario guerrillero. Olvidan que el Che solía firmar Stalin II, y que, al igual que el dictador soviético, ofreció sobradas muestras de su ferocidad. Predicó que los soldados debían vivir del odio. A su juicio, un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal.

Se sirvió del odio y la intolerancia no sólo en el plano simbólico: los empleó como armas de guerra. Promovía el odio "como factor de lucha"; "el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar". ¿Qué idealismo puede albergar un hombre cuya máxima aspiración era convertirse en una "fría máquina de matar"?.

Los intelectuales socialistas nunca entendieron que su política de "odio intransigente al enemigo" y su visión apocalíptica de la "reforma agraria" resultaron en un rotundo fracaso cuando fueron llevadas a la práctica en Cuba. Quienes sí lo comprendieron fueron los rudos campesinos bolivianos, que lo rechazaron. El Che reconoció desde las selvas bolivianas: "Las masas campesinas no nos ayudan en absoluto"; lo cual contribuyó a su captura y posterior ejecución.

La verdad sobre el Che comienza a emerger por sobre la ignorancia y el fanatismo. Tarde o temprano, la historia lo recordará como lo que fue: un símbolo de la monstruosidad a que pueden llegar los hombres cuando se dejan llevar por utopías intransigentes que, utilizando el odio y el terror, prometen conducirnos al paraíso socialista. Ésta será la única contribución del Che a la Humanidad.
 

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