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Esa creencia es ingenua y
errónea. El tema palestino es una excusa, un elemento de
presión a Israel. No es el problema. El mundo árabe jamás
aceptó nuestra existencia como estado judío dentro de Medio
Oriente. Los únicos mapas árabes en los que aparece Israel
son los militares. En los mapas que utilizan en las clases
de geografía en las escuelas nosotros no existimos.
Los palestinos no le interesan en lo más mínimo a los
países árabes. “Hijo de sesenta mil prostitutas”, era como
llamaba el ministro de Defensa sirio a Arafat y el
presidente egipcio lo trató más de una vez de “perro”. Hay
que entender el significado de una ofensa semejante dentro
del mundo árabe, y eso no es nada si se lo compara con otras
expresiones que no son de conocimiento público. Si el tema
palestino tanto preocupaba a los países árabes, ¿quién les
impidió fundar un estado palestino antes de la Guerra de los
Seis Días, antes de 1967?
También el argumento según el cual el sufrimiento y la
opresión de los que son víctimas los palestinos son la causa
del terrorismo contra Israel y Occidente es absurdo. El
terrorismo contra judíos en esta tierra comenzó hace más de
120 años, mucho antes de la Guerra de los Seis Días y de la
Guerra de Independencia, cuando todavía no éramos acusados
de expulsión u ocupación. Entonces, igual que hoy, el odio a
los judíos y la no aceptación de nuestra presencia aquí son
las verdaderas causas del terrorismo.
Pensemos, por ejemplo, quién era el repugnante terrorista
que perpetró el atentado en la ieshivá Mercaz HaRav. Se
trata del hijo de una familia estable, que vive en una
bonita casa y ganaba un buen sueldo que cobraba –por
intermedio de una empresa de transportes- de aquellos a
quienes después asesinó. Él no actuó por opresión sino por
odio. Incluso una mirada sobre aquellos que perpetraron los
atentados del 11 de septiembre en Estados Unidos nos
revelará que la mayoría eran sauditas y también el apoyo
financiero y la ayuda que recibieron tenía procedencia
saudita. Es difícil decir que los sauditas sufren de alguna
opresión, al menos no económica. Quizás están un poco
aburridos, o tienen calor, pero dinero no les falta.
El motivo para este y otros ataques es el extremismo
islámico, que no está dispuesto a aceptar a Occidente, su
estilo de vida y su cultura, y quiere imponer por cualquier
vía y de cualquier forma su oscuro extremismo sobre todos
los habitantes del planeta. Vivirán según nuestros
principios o morirán, eso es lo que ellos piensan.
Sería bueno que en Estados Unidos y Europa comprendan que
presionar a Israel para que haga concesiones no les traerá
la paz que desean ni les permitirá disfrutar de la
tranquilidad. Las concesiones al terrorismo y a los
violentos no calman a los agresores –tal como quedó
comprobado en el caso de Hitler– tan sólo lo incentivan.
Sería mejor que en el mundo, y también aquí, entendieran
que con el diablo extremista que salió por la fuerza de
la botella, no se puede llegar a ningún acuerdo. Sólo se
puede –con determinación y valentía– devolverlo a la
botella y enterrarlo bien profundo en las arenas árabes.
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