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De Guemayel a Hariri: El fin de la ocupación siria del LíbanoPor Gustavo D. PerednikLa democracia árabe emerge en Irak, ante la esperanza de los amantes de la libertad y el oprobio de los criptodrinos, quienes, en lugar de celebrar la histórica novedad, se limitan a repetir que el monstruoso régimen de Saddam no tenía armas químicas cuando fue derrocado. El Gobierno español es parte de esa miope jaculatoria. Para quienes nos congratulamos del nacimiento del primer país árabe-musulmán libre, vale evocar la otrora “Suiza del Medio Oriente”, el Líbano, que había sido la única democracia árabe hasta que la aniquilaron dos brazos, germinados paralelamente en 1970. Por un lado, los secuaces de Arafat, que ese año, en el que habían sido sangrientamente expulsados de Jordania, instauraron en suelo libanés una especie de Estado desde el que destruyeron a la población cristiana local y atacaron a civiles israelíes allende las fronteras. A la sazón, en Siria la minoría alauita (un diez por ciento del país) estableció un régimen fascista liderado por el clan Assad, que invadió a su vecino del sur (31/5/75). Allí implantó al agente de seguridad Sami Khatib, para perpetrar, con la complicidad del ejército palestino allí incrustado, la detención, tortura y desaparición de miles de libaneses opuestos a la invasión.
Europa jamás condenó el libanicidio sirio porque
permaneció selectivamente ocupada en criminalizar la
invasión de Israel (6/6/82), que tuvo como objeto la
expulsión a Túnez de Arafat y su violenta morralla.
Aun después de la retirada israelí de un pequeño
trozo de suelo libanés y de la permanencia de tropas
sirias en todo el país, los medios tienden a
denostar a Israel y jamás a Siria, cuyo régimen se
destacó por la piedad que ejerció contra su propia
gente: en febrero de 1982 Assad reprimió la
disidencia en Hama masacrando entre veinte y
treinta mil sirios, ante la impávida falta de
condena de los medios de prensa.
A partir de Deir Ayach (3/9/75), una larga serie de
matanzas de cristianos tuvo como escenario el
Líbano: Kab Elias, Damour, Jieh, Hoche Barada,
Aintours, Emir Bechir, Checa, Khyam, Kaa,
Ras-Baalbeck, Niha, Deir Bella, Douma, Zahlé…
masacres que nadie detuvo y que portan nombres que
cabe recordar, ya que el mundo los ha olvidado: en
su selectiva memoria cupieron exclusivamente los de
Sabra y Chatila, campos de refugiados donde cien
falangistas cristianos libaneses mataron a unos
cuatrocientos civiles palestinos (16/9/82), un hecho
que aún es agitado contra Israel.
De Guemayel a Hariri
En agosto de 1982, gracias al clima de menor
dependencia de Siria que el Líbano sentía desde la
intervención israelí, el Parlamento libanés eligió
presidente del país al cristiano Bashir Guemayel,
que esperaba contar con el apoyo del Estado hebreo
para recuperar la independencia nacional. Los sirios
respondieron a su osadía un par de semanas después,
asesinando a Gemayel y a 26 de sus seguidores en
Achrafieh (14/9/82). Los explosivos habían sido
colocados por Habib Chartouni, glorificado por el
régimen de Assad.
La mentada matanza de Sabra y Chatila fue un acto de
venganza por el asesinato del presidente Guemayel;
acto que llevaron a cabo las Falanges de Elie
Hobeika. Aunque éste nunca se arrepintió del crimen,
los medios europeos se concentraron en criminalizar
a Ariel Sharon –hasta hoy– por no haberla
evitado. Sabra y Chatila constituyen el libelo
de sangre del siglo XX, un caso más de histeria
colectiva destinado a presentar siempre al judío
como verdugo. De más está decir que cuando, en mayo
de 1985, los sirios ingresaron en la misma Chatila y
asesinaron allí a más de 600 civiles nadie se
inmutó.
Pese a todo, Israel y el Líbano firmaron un tratado
de paz (17/5/83); al poco tiempo Siria impuso su
unilateral anulación. Ningún medio de difusión
volvió a mencionar ese tratado, que no gozó de la
aprobación internacional.
El reciente asesinato del líder libanés Rafik Hariri
(14/2/05) puede señalar el comienzo del fin de la
ocupación siria, ya que, en contraste con casi el
último medio siglo, el fascismo sirio se halla hoy a
la defensiva.
Hariri, que acumuló en Arabia Saudí una de las cien
mayores fortunas personales del mundo, había
gobernado casi por una década el Líbano ocupado,
desde el fin de la Guerra Civil hasta octubre de
2000, cuando renunció como protesta por la
imposición siria del presidente títere Emile Lahoud.
Cabe augurar que el régimen de los Assad comience a
desmoronarse, como el de su símil que aterrorizó
Irak durante un cuarto de siglo. Sus estrechas
relaciones con Europa ya no parecen ser suficientes
para sobrevivir, ya que su principal sostén
soviético ha desaparecido, las Naciones Unidas le
han demandado por primera vez que retire a sus
14.000 soldados del Líbano y EEUU ha convocado a su
embajador en Siria en señal de disgusto.
Medida similar habían tomado los franceses, por poco
tiempo, cuando los sirios asesinaron al embajador
francés en el Líbano Louis Delamarre (4/9/81). En
contraste, España, cuando su embajador Pedro Manuel
de Arístegui fue asesinado por tanques sirios (marzo
de 1989), ni siquiera llamó a consultas a nadie.
Cuatro días después del asesinato de Hariri el
vicepresidente de Irán, Mohammed Reza Aref, se
reunía en Teherán con el primer ministro sirio, Naji
al Otari, y proponía la creación de un frente común
para encarar las amenazas que se ciernen sobre sus
Gobiernos. Trogloditas del mundo, uníos, que ya vais
quedando pocos.
La pregunta es de qué lado de ese eventual frente se
colocará esta vez la Unión Europea: si del lado del
par de ilustradas democracias propulsoras de la paz,
tan calumniadas las pobres, o si del lado de
Occidente y la defensa irrestricta de los derechos
humanos, también en el Medio Oriente.
El generalizado malestar del pueblo libanés ante el
asesinato de Hariri puede ser promisorio y marcar
acaso el comienzo del fin de la ocupación fascista
del Líbano, el surgimiento de otra democracia en el
Medio Oriente y la consolidación del verdadero
sendero hacia la paz.
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