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El enemigo de los palestinos
Debería hurgarse los enemigos del pueblo
palestino entre sus propios líderes. Así procede
Tal vez el 28 de septiembre pasado será
recordado en retrospectiva como el fin de
El pueblo palestino parece tener menos temor de
expresar, aunque sea por omisión, que está harto
de Arafat y su morralla, quienes durante medio
siglo todo lo que le han ofrecido a su pueblo es
bombas, muerte y destrucción.
Favorecer al gobierno de un grupo, no significa
necesariamente estar a favor del grupo. Mucho
menos si ese gobierno no se ha establecido
legítimamente o no se basa en el consenso de sus
gobernados. Las juntas militares de
Latinoamérica solían actuar en contra del país,
como una buena parte de los tiranos de naciones
en todos los continentes. Fortalecer a Idi Amín
no significaba ayudar a los ugandeses.
Vale la aclaración, para impugnar la falsa
sinonimia europea entre «apoyar la causa
palestina» y financiar al régimen de Arafat, que
constituye en realidad un modo europeo de
perjudicar al sufrido pueblo palestino.
Estar a favor de los palestinos es desear su
bienestar, o mejor aún actuar en aras del mismo.
Por ello puede decirse que, paradojalmente, el
país que más está a favor de los palestinos es
Israel.
La mayoría de los israelíes les auguramos a los
palestinos que vivan en democracia y en
progreso, dedicándose a la investigación, la
agricultura de avanzada, el arte,
Esa promoción es visible sobre todo en los
medios de prensa, que mienten, tanto sobre las
metas de la guerra contra Israel, como acerca de
sus métodos. En cuanto al objetivo, la mentira
resulta de describirlo como una lucha de los
palestinos por su Estado. Los palestinos no
tienen un Estado porque su liderazgo nunca obró
en aras de crear uno. La guerra que libran no es
para crear, sino para destruir el Estado judío.
En lo que se refiere a los métodos de la guerra
contra Israel,
El País
y la mayoría de los medios de prensa tiende a
relatarla como una de «niños arrojando piedras
contra tanques omnipotentes». Uno se pregunta
cómo lograron de ese modo asesinar en cuatro
años a más de mil israelíes.
El 30 de septiembre cinco israelíes fueron
asesinados por un cohete palestino Kassam en la
ciudad de Sederot. Dos de ellos fueron niños que
jugaban a la sombra de un olivo: Dorit Aniso de
dos años y Yuval Abebe de cuatro años. Por favor
leed los nombres, porque difícilmente los
encontraréis en la prensa española. Esta se
limita a protestar ahora por la incursión
israelí en Gaza, que tiene como objeto terminar
con la amenaza de cohetes. Para el diario
El País,
la única respuesta admisible de Israel, es
dejarse matar.
No hay piedras en
El 15 de ese mes, soldados israelíes detuvieron
a Abdala en un puesto de control, un jovenzuelo
de una familia indigente, que declaró tener diez
años de edad (después se supo que en realidad
tenía doce) y al que se le descubrió en la
mochila una carga explosiva de diez kilos. La
bomba iba a ser detonada por un teléfono celular
en cuanto Abdala se aproximara a un grupo de
israelíes. Ello nunca ocurrió, gracias a que en
su inconsciencia el mancebo no ocultó el
paquete, que creía un encargo que debía ser
entregado a una señora. Oriundo del campamento
de refugiados Balata, trabajaba como ayudante en
el puesto de control de Huwara, en donde cargaba
las pertenencias de los palestinos.
Ya no se trataba de un joven aleccionado en el
odio, sino del uso y abuso, llano y directo, del
cuerpo de un casto niño como si fuera
combustible para matar. ¿Cuál es la «ideología»
que se encubre detrás de esta alevosía? ¿Cuán
enorme es la ceguera occidental que la perdona?
La perfidia tuvo poca repercusión en los medios
de prensa internacionales. Los diarios españoles
se limitaron a criticar que el ejército israelí
controlara el paso de niños palestinos. La banda
terrorista infanticida es la
Tanzim
de Naplusa, que responde al
Fataj
de Arafat. Pero no hubo reprensiones de ningún
tipo. Abdala Corán fue dejado en libertad, y
sigue trabajando en Balata. Ningún medio europeo
fue a entrevistarlo; la «causa palestina» podía
ser perjudicada si el mundo conociera pormenores
de su vivencia, y en la cuestión de Oriente
Medio, más que en cualquier otra, las cadenas de
noticias y los periodistas sienten que por
encima de informar, deben servir a la causa.
Sí, pelean niños. Envenenados por el odio en
muchos casos, o engañados como Abdala Corán, o
entrevistados para que en televisión proclamen
su deseo de autoinmolarse, o parapetados entre
las balas y los israelíes, o bien como Asan
Abdo, un adolescente con retraso mental a quien
para que se hiciera explotar le pagaron unos
pocos euros y la promesa de su primera
experiencia sexual en el paraíso (soldados
israelíes lo salvaron, el 24 de marzo de 2004).
Pelean niños palestinos, que son sacrificados
por Arafat en el altar de «la causa». No hay
piedras; hay salvajismo condonado por Europa.
(Quien se hubiera hecho ilusiones de que el
volcán de la judeofobia europea estaba en
vísperas de apagarse, no necesita revisar a
Javier Nart ni a la ultraderecha española, basta
con ojear las páginas de
El Catoblepas
de este mes. Los párrafos finales de la nota de
Bernaldo de Quirós Arias, son el remedo de la
nauseabunda propaganda nazi. Los judíos
dominamos todo, corrompemos todo. Somos el dos
por mil de la humanidad y la controlamos
secretamente. Que nos hayan asesinado a una
tercera parte durante la Shoá, es un detalle
baladí, que no nos libera del ubicuo rol de
agresores. No hubo dos milenios de hogueras y
pogromos judeofóbicos sino pura provocación
judía.)
Dos causas del fanatismo
La mentira de los medios les permite a los
cabecillas palestinos entregar a su pueblo a dos
vicios. El primero, consiste en jamás cuestionar
las bajezas propias y siempre encontrar en
Israel la fuente de todas sus dificultades.
El segundo, es considerar esas dificultades como
si fueran
Sus líderes se quejan por su situación sin
asumir responsabilidad alguna por haberla
generado. Saltean el terrorismo como si no
existiera y proceden a protestar por la
represión de los atentados. No hay Kassams desde
Gaza, sólo incursión israelí. Cacarean por el
castigo sin admitir el crimen, aún cuando el
castigo tenga como objeto impedir otro crimen.
Funesta necedad la de una sociedad programada
para hurgar siempre las culpas en el otro, y
para jamás revisar la propia responsabilidad en
los males que la aquejan.
La memoria palestina vino deteriorada desde su
nacimiento como pueblo, hace menos de un siglo.
Basada en una novela de de ciencia-ficción de
Philip Dick,
En los palestinos también se ha injertado una
memoria artificial. Creen que su nación existió
por miles de años, aún cuando apenas medio siglo
atrás los únicos
palestinos
eran los judíos de Sión. Les parece que esta
tierra fue siempre suya, a pesar de que un
Estado propio nunca existió fuera de su
imaginación. Oyen diariamente que deben
«recuperar» Jerusalén, aún cuando la ciudad
nunca estuvo en sus manos.
Esta falsa memoria les ha sido impuesta por las
dictaduras árabes, que necesitan de su «lucha
liberadora» para desviar la atención de sus
pueblos oprimidos, y también por la mayoría de
los medios de difusión, hostiles al renacer del
pueblo judío.
Para corregir la falsa memoria palestina se
requiere una activa campaña de información, que
les permita aprender eventualmente que Jesús no
fue palestino sino un hebreo en su tierra, del
mismo modo que los macabeos, los escribas, los
profetas, los reyes de Judea y los herederos de
esta tierra por milenios, y los únicos que la
reclamaron como propia durante siglos.
El proceso de aprendizaje será doloroso, porque
a los palestinos les costará reconocer cómo
nacieron como pueblo, cuando sus abuelos
inmigraron a nuestra tierra gracias a la obra
vivificadora del sionismo, que les proporcionó
trabajo y posibilidades de progreso. Aunque sea
desagradable, esa educación es indispensable
para empezar a disipar el odio que abrigan
contra nosotros.
Pero más importante aún es la segunda causa de
su violencia, que tampoco debe buscarse en la
naturaleza de su gente. Los seres humanos somos
bastante similares, y los males sociales no
deben atribuirse a la idiosincrasia de las
personas, sino a la de los regímenes que rigen
sus vidas. Se trata del debatido tema de
sociedad totalitaria, en la que sólo los que
mandan tienen derecho a criticar, y por ende la
autocrítica social desaparece para no tener que
transformarse en un tobogán por el que se
deslice la censura al gobernante. Como allí
nadie osa meditar en los errores de sus
dirigentes, eventualmente necesitan desviar toda
crítica interna hacia el exterior, y al final
nos les queda más salida que incriminar sólo a
aquél a quien esté permitido hacerlo. Más aún
porque el acusado, como ocurre en esas
sociedades, no puede hacer oír libremente su
defensa.
En marzo de 2002 me tocó dar una conferencia en
la Universidad de Santiago de Chile, a la que
asistieron muchos estudiantes palestinos.
Aproveché para felicitarles porque con su
asistencia quebraban un tabú. Mientras los
israelíes escuchamos a diario a los voceros
árabes en nuestros medios de difusión y
universidades, es impensable que en medios
árabes pueda expresarse libremente la voz de
Israel. Aún Egipto, que desde 1979 mantiene con
Israel un tratado de paz, jamás ha invitado a un
solo académico israelí a alguna de sus
universidades. Los palestinos en Chile eran, los
encomié, de los pocos árabes que pueden escuchar
la voz del adversario para entenderla. Las
dictaduras no corren el riesgo de ventilar la
otra campana, y la única aceptada es la de los
saddams
de distintas tonalidades que se han apoderado de
los veinte países árabes. (Por motivos
previsibles, mis congratulaciones cayeron en
saco roto y la respuesta de los estudiantes
palestinos no fue de autocrítica sino de
negación: no escuchar, no dialogar. Dialogar
implica riesgos; el camino fácil del totalitario
es descalificar.)
Que los países árabes se hayan negado al mero
reconocimiento del Estado de Israel durante
medio siglo es el resultado natural de esta
actitud intolerante. No pueden admitir que el
otro existe, porque esta admisión podría
demandar escucharlo y socavar así la maniquea
visión de que toda la verdad está en sus manos.
Y cuando esa visión se desmorona, tarde o
temprano, se desploma con ella el sustento de
los tiranos.
La única novela de Henry Hazlitt,
La gran idea
(1951), describe con maestría cómo la verdad
termina por desvanecerse. Su utopía está ubicada
en el año 2100, cuando Pedro Uldanov descubre la
libertad humana al tener que gobernar una
dictadura.
La esperanza post-intifada
La dolencia palestina consiste en un régimen en
el que la disensión se paga con
La derrota de Arafat y de su reino de terror
será beneficiosa para el pueblo palestino. Para
lograrla, no solamente los palestinos habrán de
cambiar su vocabulario, sino también las
agencias noticiosas.
El término más gastado, el de la jaculatoria que
lo justifica todo, es el de
Pero el concepto mismo debe ser revisado. No
solamente porque de los millones de kilómetros
cuadrados ocupados que hay en el mundo, sólo
interesan los seis mil kilómetros ocupados por
Israel, sino porque en rigor, no
La verdad es que los territorios que los
palestinos reclaman son territorios
«disputados». No «ocupados». Como miles de otros
territorios disputados que no despiertan la
menor emoción. Para que hubiera ocupación,
debería haber habido allí una soberanía nacional
que Israel suplantó. No
Desde entonces, las dos declaraciones
primordiales de las Naciones Unidas son la 242
(de 1967) y la 338 (de 1973) que establecen los
criterios para llegar a
Ahora bien, aunque Israel arguye tener derechos
históricos sobre esos territorios (que puede
blandir en una mesa de negociaciones) está
dispuesto a renunciar a esos derechos en aras de
Aunque los poblados israelíes en esos
territorios son legales, somos concientes de que
crean un obstáculo psicológico. Por ello Israel
los ha congelado, y aún se dispone a evacuar
muchos unilateralmente. Este gesto de la
población israelí, que implica un riesgo que
ningún otro país estaría dispuesto a tomar, es,
como siempre, utilizado por sus detractores para
reprobarnos nuevamente. Pero el hecho
irrefutable es que Israel está dispuesto a ceder
los territorios disputados, como ha demostrado
en cada ocasión que se le dio, si de una vez por
todas se le permite existir en paz.
Reiteremos: esos territorios nunca fueron
independientes (salvo bajo soberanía judía hace
dos mil años) y pertenecieron a los diferentes
imperios que de ellos se apoderaron. Llamarlos
«tierras palestinas» no sólo desafía la verdad
histórica sino que agrega sólo confusión y leña
al fuego del conflicto. Nadie podría responder
cuándo surgió la nación palestina, cuándo creó
su Estado, cuáles eran los límites del mismo, su
capital, sus ciudades principales, en qué basaba
su economía, cuál era su forma de gobierno,
quiénes fueron sus jefes de Estado antes de
Arafat, cuál era su idioma específico, la
principal religión, el valor de cambio de su
moneda en cualquier en cualquier período
histórico, o cuándo desapareció ese Estado y por
qué causas.
En el momento de evaluar las causas del fracaso
de las celebraciones, por supuesto no faltó
quien como es habitual le echara la culpa a
Israel. Así lo sostuvo Sajer Habash, del Comité
Central de Fataj. Pero algunas plumas filtraron
un dejo de autocrítica, que en general brilla
por su ausencia en las sociedades árabes. Y esa
autocrítica puede señalar una luz de esperanza,
y el desplazamiento del gran enemigo de los
palestinos, Arafat.
El columnista palestino Adli Sadek admitía que
los palestinos «hemos cometido más de cien
errores en la Intifada, el principal de ellos
que nos lanzamos a la confrontación sin un
programa político». Ha dado en el blanco: lo que
motivó al movimiento nacional palestino ha sido
el impulso de destruir Israel, y ningún ímpetu
de construir nada propio. Sus líderes
arrastraron a los palestinos a estériles baños
de sangre y a la intoxicación de sus niños en el
odio intransigente, sin proponerles nada más que
la destrucción del otro.
Pareciera que en estas semanas, gracias a la
derrota de la Intifada, una nueva conciencia
emerge entre los palestinos. El inminente fin de
Arafat abrirá las compuertas a una nueva
expectación de bienestar para el sufrido pueblo
palestino.
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