Estruendoso silencio sobre el Líbano
Gustavo D. Perednik
En nuestro artículo anterior nos hemos referido a
la cómplice apatía de la Unión Europea frente a las
agresiones contra Israel. En éste, complementaremos
ese síndrome poniendo de relieve su contrapartida:
negar que el país judío pueda ser alguna vez la
víctima, fomenta en los medios europeos la imperiosa
necesidad de convertir a Israel, a toda costa, en el
ubicuo verdugo.
La euromiopía llegó a su éxtasis en el caso del
Líbano. Leer la historia de ese país en los últimos
treinta años, es casi un ejercicio de novelística
kafkiana, sobre todo si se presta atención a la
reacción mundial ante cada estadio de esa
cronología.
Cuando en 1970 Jordania mató a miles de palestinos y
expulsó de su territorio a Arafat y sus secuaces,
nadie los defendió, ya que la pretendida solidaridad
europea con los palestinos se circunscribe
exclusivamente a aquellos casos en los que se puede
denostar a Israel.
Los grupos armados palestinos se refugiaron en
territorio libanés desde donde, para continuar con
sus ataques contra Israel, implantaron lentamente un
mini-Estado propio que generó tensiones étnicas.
La población cristiana del Líbano se resentía de la
presencia palestina, que ponía en peligro el frágil
enlace entre las diversas comunidades de ese país y
amenazaba con obligarlo a dejar de ser la única
democracia del mundo árabe, para transformarse en
una dictadura árabe más, totalitaria e intolerante.
La metamorfosis demandó una década. En su libro La
guerra terrorista de Siria contra el Líbano y el
proceso de paz (2003), Marius Deeb relata
minuciosamente cómo, entre 1974 y 2000, el régimen
de los Assad en Siria engulló a su pequeño vecino
(cabe consignar que el dominio de esa familia sobre
Siria desde 1969 es de por sí una ocupación, ya que
pertenecen a una minoría que constituyen un diez por
ciento de la población del país{1}).
Cronología de la ocupación
La primera de una larga serie de matanzas contra
cristianos, se produjo en el monasterio de Deir
Ayach, el 3 de septiembre de 1975, donde palestinos
asesinaron a tres monjes, Boutros Sassine, Antoine
Tamini y Hanna Maksoud. El mundo no protestó. Los
lugareños cristianos que vivían en las cercanías
huyeron, y los agresores destruyeron la aldea. Los
palestinos liderados por George Habash y Nayef
Hawatmeh atacaron asimismo la localidad de Beit
Mellat y asesinaron a los aldeanos que cayeron en
sus manos.
El siguiente año fue crítico. El 15 de enero de
1976, los palestinos asolaron Kab Elias, una aldea
mixta (cristianos y mahometanos) en el valle de
Bekaa. Diez días después, dieciséis cristianos
fueron asesinados y veintitrés heridos. Los
cristianos iniciaron su éxodo a Zahlé, Beirut
oriental y Jounieh. En por lo menos dos ciudades,
Damour y Jieh, las bandas palestinas cortaron los
dedos de niños cristianos para asegurarse de que no
pudieran disparar armas. Las iglesias de Damour
fueron profanadas y trescientos habitantes
masacrados. No hubo protestas.
El 19 de enero, la aldea de Hoche Barada fue
enteramente demolida. Otro grupo fundado por
palestinos, el Ejército del Líbano Árabe, destruyó
la ciudad de Aintours. Tres cabecillas del grupo
recibieron la misión explícita de llevar a cabo
masacres que sometieran a los cristianos libaneses
al Estado en formación de Arafat. Samir Abou Zahr,
lideró la masacre en Emir Bechir (donde las víctimas
fueron asesinadas mientras dormían), Mostapha
Sleiman hizo arrasar la ciudad de Checa, y Moiin
Hatoum atacó los cuarteles de Khyam matando a más de
treinta soldados libaneses.
Los cristianos solicitaban auxilio de un mundo que
permanecía silencioso. Y el vecino del norte, que
siempre había descrito al Líbano como su «natural
zona de influencia» se regodeaba en oír ese
silencio. Las tensiones étnicas se extendieron y los
drusos, solidarios con la OLP, comenzaron a
hostilizar a los cristianos. Éstos pidieron un alto
el fuego, pero el líder druso Kemal Jumblatt no lo
aceptó. Con la excusa de ese rechazo, el 31 de mayo
Siria invadió el Líbano, esgrimiendo la curiosa
explicación de que su presencia protegería a la
minoría cristiana de la creciente hostilidad
islámica.
Una vez que el ejército de decenas de miles de
soldados sirios se hizo fuerte en el país, se lanzó
a la operación inversa a la anunciada. En los
bombardeos subsiguientes, más de quinientos civiles
cristianos fueron asesinados.
Al año siguiente, los sirios mataron a Kemal
Jumblatt (16/3/77) y enviaron grupos guerrilleros
para someter a las aldeas cristianas, en las cuales
más de mil pobladores fueron asesinados. Sólo en
Deir Dourit, devastada por completo, murieron
doscientos setenta y tres. Ni una palabra de queja
en el mundo entero.
1978 fue el año de la apropiación siria del país, y
el otrora Líbano independiente moría asesinado. Sami
Khatib, instalado por el gobierno sirio como agente
de seguridad, fue directamente responsable de la
detención, tortura y desaparición de miles de
libaneses opuestos a la invasión. Ni una condena,
lamento o queja de nadie.
El 27 de junio un escuadrón sirio conducido por Ali
Dib arrastró a veinte jóvenes de sus camas en las
aldeas de Kaa y Ras-Baalbeck, y los fusiló sin
juicio ni acusación alguna. El objeto era el control
total de una comunidad en la que pervivía el hábito
antisirio de la libertad. Ni la prensa, ni los
organismos de derechos humanos, ni ningún país
condenaron seriamente el episodio.
El 1 de julio, la milicia privada de Rifaat Assad,
hermano del presidente sirio, sitió las zonas que
permanecían libres en los suburbios de Beirut y las
hizo bombardear durante cinco días y cinco noches,
con cañones y morteros, con un saldo de más de
sesenta civiles muertos y trescientos heridos. Nada.
En agosto de 1979, los sirios y palestinos
destruyeron las aldeas Niha, Deir Bella y Douma, en
el Norte. Ni una palabra de nadie. Los sirios y
palestinos ya se habían impuesto al país. Entre 1980
y 1981 las brutalidades sirio-palestinas se
extendieron para acabar con todo foco potencial de
resistencia. El 24 de febrero, el director de la
revista Hawadess, Selim Laouzi, fue secuestrado por
los sirios camino al aeropuerto, torturado y
asesinado, y su cuerpo mutilado fue hallado en el
bosque de Aramoun. Nada. El 23 de julio, Riad Taha,
presidente de la prensa, fue asesinado en Raouché.
En marzo de 1981, la ciudad cristiana de Zahlé fue
bombardeada y la monja Marie Sophie Zoghbi asesinada
mientras intentaba socorrer a las víctimas. Dos mil
cristianos murieron en los bombardeos que siguieron
en Beirut del Este, bajo el mando del palestino
Ahmad Ismail. No hubo reacción.
Uno podría pensar que la falta de resistencia de
Occidente se debía a que la agresión siria no los
afectaba. Craso error. La desidia continuó cuando el
ataque los afectó directamente.
El 4 de septiembre de 1981, el embajador francés en
el Líbano, Louis Delamarre, fue asesinado por
sirios. Francia apenas atinó a convocar a París para
consultas a su embajador en Siria. En esto los
franceses fueron más rigurosos que los españoles.
Cuando en marzo de 1989 las tropas sirias asesinaron
al embajador español, Pedro Manuel de Aristegui,
junto con su suegro y cuñada, España ni siquiera
llamó a consultas a nadie. Pero sigamos con el
relato.
En febrero de 1982 los Hermanos Musulmanes desataron
una rebelión islamista contra el régimen de Damasco,
en la ciudad siria de Hama. Sin ninguna vacilación,
el ejército de Assad aisló la ciudad, comenzó su
bombardeo generalizado a toda la población,
musulmanes y cristianos sin discriminación. Fueron
masacradas entre veinte y treinta mil personas. Nada
de nada, de nada. No hay condenas. Nadie se
conmovía, nadie protestaba. El 24 de mayo, los
sirios atacaron la embajada francesa en el Líbano y
asesinaron a su secretaria de asuntos comerciales,
Anna Comidis y a diez personas más. Créase o no,
nada.
Atención: repentinamente, un evento transformó la
apatía del mundo ante la destrucción del Líbano en
un festival de histeria e ira generalizadas,
condenas diarias, Naciones Unidas enfadadas, diarios
que trinaban de disgusto.
La culpa es del judío
El 6 de junio de 1982, Israel invadió el Líbano
desde el sur. Los aldeanos recibieron a los tanques
hebreos como liberadores. Los cámaras no podían
creer lo que grababan cuando cristianos libaneses de
todas las edades salían de sus casas para ofrecer
flores y alimentos a los soldados israelíes.
No somos ingenuos: no había amor mutuo sino
intereses en común. La población cristiana creyó que
se pondría punto final a la tiranía terrorista
sirio-palestina en el Líbano. E Israel había
emprendido lo que dio en llamarse Operación Paz para
Galilea en respuesta a morteros e infiltraciones de
los terroristas palestinos, que ya tenían instalado
en el Líbano un poderoso ejército. En uno de esos
atentados (marzo de 1978) los milicianos que habían
penetrado desde el Líbano, secuestraron dentro de
Israel un autobús civil, y mantuvieron como rehenes
a treinta y cuatro pasajeros, a los que finalmente
asesinaron.
Israel invadió el Líbano a fin de terminar con la
agresión que desde allí se ejercía, objetivo que
eventualmente consiguió por medio de expulsar a
Arafat y su OLP (quienes encontraron refugio en el
lejano Túnez) y por medio de instituir una pequeña
franja de seguridad en el sur cristiano, en el que
se establecieron relaciones cordiales con sus
habitantes. En todo momento, los israelíes insistían
en que no deseaban ni un palmo de suelo libanés, y
que su presencia temporaria allí tenía como único
objeto impedir el embate terrorista.
Pero nuestro tema aquí no es la guerra en el Líbano,
sino la enfermiza reacción de los medios ante lo
sucedido, una que no deja ningún lugar a la duda de
cómo Israel despierta cóleras que no se le reservan
a ningún otro país.
La iracundia generalizada se focalizó en un tema en
particular, y para señalarlo debo continuar un poco
más con la cronología de los hechos.
En agosto de 1982, gracias al clima de menor
dependencia de Siria que se sentía desde la invasión
israelí, el parlamento libanés eligió presidente del
país al jefe de la Falange cristiana, Bashir Gemayel.
Para los sirios esta osadía era un exceso, sobre
todo porque se sabía que Gemayel cooperaba con
Israel en la recuperación de la independencia del
país.
Un par de semanas después, el 14 de septiembre, en
el cuartel de la Falange en Achrafieh, Gemayel fue
asesinado por una carga de explosivos colocada por
Habib Chartouni, quien pertenecía desde 1977 al
partido prosirio capitaneado por Assad Hardane. Los
explosivos habían sido suministrados por el jefe de
inteligencia siria, Ali Douba. Además del
presidente, veintiséis personas murieron en el
ataque. Los sirios consideraron a Chartouni un
héroe. Los cristianos, no precisamente.
El jefe de la seguridad de la Falange, Elie Hobeika,
decidió vengar la muerte del presidente, en los
campamentos palestinos de Sabra y Chatila. El 16 de
septiembre de 1982, cien falangistas penetraron en
los campos y mataron a varios centenares de civiles
(las estimaciones varían desde trescientos a
quinientos). Los israelíes, en cuya franja de
control se hallaban los campamentos, ingresaron en
los mismos para detener la masacre.
Y aquí ocurrió lo insólito en el imaginario europeo.
La opinión pública de Europa, que durante siete años
se había mantenido cruelmente apática ante el
desgarramiento del Líbano día a día, esta vez saltó
como un felino y comenzó una diatriba permanente
¡contra Israel! De todos los nombres de aldeas
destruidas que incluí en esta crónica, no me cabe
duda de que los únicos que resultaron conocidos al
lector son los de Sabra y Chatila. Y aunque Hobeika
nunca se arrepintió de la matanza, aunque los
falangistas la vieron siempre como un acto de
aceptable venganza, ni éstos ni aquél jamás fueron
reprochados por el mundo, sino Israel, sólo Israel…
por no haberlo evitado.
Diez años de guerra en el Líbano y de genocida
ocupación siria, se redujeron en la conciencia de
Europa a Sabra y Chatila. A esos dos nombres se
dedicaron películas y libros, manifestaciones y
condenas. Sólo a ese evento de la guerra en el
Líbano, le dedicó Alberto Cortez una canción de su
repertorio, y Jean Genêt en 1992 un tétrico
documental, Cuatro horas en Chatila. A partir de ese
episodio, por el hecho de que los judíos no
impidieran que árabes cristianos mataran a árabes
musulmanes, Israel fue sistemáticamente presentado
como un país nazi.
Sabra y Chatila son el libelo de sangre del siglo
veinte, un caso más de histeria colectiva destinado
exclusivamente a presentar al judío como verdugo. En
un artículo de El Periódico español del 23 de marzo
de ¡2004! Ángel Sánchez vuelve a acusar a Sharon de
Sabra y Chatila. Veintidós años después, algunos
periodistas no encuentran más violencia en este
mundo que la desatada en aquellos campamentos.
Puede aplicarse a Israel una reflexión de Teodoro
Lessing: Cuando no tenemos 'la conciencia tranquila'
con respecto a determinado país, resaltamos lo que
haya de malo o indigno en las víctimas de nuestra
hostilidad, para justificarla ante nuestro fuero
interno. Pues no odiamos a tal país porque sea malo,
sino que, porque lo odiamos, lo tildamos de malo.
Pese a todo, Israel y el Líbano firmaron un tratado
de paz el 17 de mayo de 1983, del que al poco tiempo
Siria exigió su unilateral anulación. Ningún medio
de difusión volvió a mencionar jamás ese tratado,
que no gozó de la aprobación internacional.
Si el lector aún no está convencido del
despropósito, permítame agregarle un dato casi
extravagante. Las matanzas entre libaneses no se
detuvieron. En septiembre de 1983 más de cien aldeas
en la región de Chouf fueron limpiadas étnicamente
de cristianos por tropas drusas.
En mayo de 1985, milicianos musulmanes atacaron
nuevamente el campo de refugiados de... ¡Chatila! De
acuerdo con datos oficiales de las Naciones Unidas,
asesinaron a seiscientos treinta y cinco personas y
dejaron a más de dos mil quinientos heridos. Nadie
se quejó. Alberto Cortez no cantó y las Naciones
Unidas no se reunieron para condenar. Tampoco cuando
en octubre de 1990 las tropas sirias mataron en ocho
horas a setecientos cristianos más. Por toda
respuesta, el mundo hizo la vista gorda una vez más.
Y cuando la información se filtra en una nota como
ésta (la prensa europea no la menciona jamás) pues
los que se enteran argumentan «no haber sabido
nada». Pero cuando lo saben tampoco cambian su
actitud, enraizada en siglos de prejuicios que los
ha entrenado para condenar sólo al judío.
La cacofonía generalizada sobre el Líbano, ahoga las
voces solitarias que bregan por murmurar la verdad.
El 2 de enero de 2003 Carlos Semprún Maura se
preguntaba en sus Crónicas Cosmopolitas «¿Cómo se
puede calificar sino de propaganda antisemita seguir
manteniendo que Sharon es el responsable de la
matanza de Sabra y Chatila, cuando se sabe que es
falso, y seguir hablando de la inaudita masacre de
Yenín, incluso cuando se sabe que también es falso?»
Si no creéis, pues ved. La ocupación de todo el
Líbano por parte de Siria continúa hasta hoy. Ni
siquiera Javier Nart, quien se opuso con uñas y
dientes a la ocupación de un diez por ciento del
Líbano por parte de Israel, tiene ni una sílaba de
censura contra la ocupación del cien por ciento del
Líbano por el régimen fascista sirio. Es que en su
dilatada soberbia, los judeófobos se creen motivados
por cuestiones morales. Y criminalizar a Israel es
el clímax de su curiosa moralidad.
Nota
{1} El alawismo es una corriente dentro del Islam
que cree en una trinidad y mantiene en secreto una
parte de su doctrina.