|
|
La culpa es ancha y ajenaPor Gustavo D. Perednik
La decimoséptima fue mucho más despeñadero
que "cumbre", como la primera, la sexta, la
decimocuarta, todas las que hubo y
presumiblemente las que vendrán, la
decimoctava y subsiguientes, "cumbres" que
fueron y serán inútiles y verbosas hasta la
ignominia.
Que la Liga Árabe nunca se encamine a
mejorar la vida de sus pueblos se debe a que
es la antítesis de la autocrítica. Sus
asambleas son ceremonias de lamento y de ira
que emiten invectivas sobre Israel para
facilitar que todo siga igual. En el pasado
la eficiencia de la Liga aun mimetizó a los
países del Tercer Mundo y a la Organización
de Estados Africanos, para quienes en dicho
continente no había más carencias que la
insoportable cercanía del país hebreo, a
unos pocos miles de kilómetros.
Los medios europeos coadyuvaron con ese
blanqueamiento
suicida. Nunca informaban de las vilezas
de las sociedades árabes, que tradujeron en
toda su historia menos libros de los que
traduce España en un año, o que distribuyen
anualmente 2.000 para sus casi 300 millones
de habitantes, presas éstos de maquinarias
que reprimen la opinión, la curiosidad, el
aprendizaje, la lectura, la creatividad y la
crítica.
De entre sus desdichas, la única que motivó
la queja de la "cumbre" árabe fue, una vez
más, Israel. Ante la insoportable presencia
de una vibrante democracia en el Medio
Oriente, el resto de los problemas se
empequeñecen: que en tres años más de 15.000
médicos árabes hayan abandonado sus países;
que, a pesar de sus enormes riquezas
petroleras, sus ciudadanos conectados a
internet no lleguen al dos por ciento, y que
su promedio de computadoras sea de los más
bajos.
No se desvíen de "la causa", señores de la
Liga, que el supuesto atraso del mundo árabe
es pura propaganda sionista. Es mera
propaganda que la sufrida gente de Noráfrica
se arriesgue a ahogarse en el Mediterráneo
para alcanzar a nado las costas ilegales de
Europa, cuyos medios de difusión (salvo
éste) legitiman la aburrida perorata de la
Liga en lugar de plantarse contra el uso de
la judeofobia como cortina de humo para
fracasos y abusos.
No sólo los medios legitiman el ardid. El
alcalde de Londres, Ken Livingstone (como el
de Oleiros, en Galicia, el año pasado),
acaba de banalizar nuevamente el Holocausto,
al equiparar a un periodista judío con los
guardias de los campos nazis de la muerte.
Para rematarla, publicó a modo de
explicación un artículo en The Guardian
(4-3-05) en el que, como era de esperarse,
Israel aparece como el verdadero culpable de
todo, también de la judeofobia. Y eso
porque, como ya hemos escuchado ad
nauseam, nuestro primer ministro es un
"criminal de guerra" y todo lo demás.
De una sapiencia similar hizo gala el
guardameta de la selección francesa de
fútbol Fabien Barthez cuando propuso el
boicot de su equipo a su paralelo israelí
(23-3-05), con este argumento impecable:
"Cuando veo el sufrimiento en el mundo me
pregunto por qué vamos a Israel". Aquellos
de mis lectores cuyas inteligencias, como la
mía, no aprehendan la sagacidad del franco
filosotbolista (como Gadafi) acaso
deduzcan del galimatías que el sufrimiento
del planeta es debido al país hebreo, lo que
convierte a éste en el único de los 192 que
hay en el mundo en el que resulta inmoral
jugar a la pelota.
Sea como fuere, Barthez terminó por
arrepentirse cuando reparó en que podría
privar a su selección de los puntos del
partido, pero su veneno ya había sido
inyectado en la conciencia colectiva de sus
seguidores: "Israel siempre es el malo".
(Postdata para el aficionado al fútbol:
Israel y Francia empataron a uno).
La dicha de la imperfección
Los invitados a la "cumbre" –entre los que
se contaban el presidente español y el
secretario de la ONU– se enteraron por
enésima vez, ahora por boca del secretario
general de la Liga, Amro Musa –a quien nunca
osan contradecir–, de que no podrá haber paz
con Israel hasta tanto éste no se suicide.
Hubo algunas voces disonantes, tímidas y
cuerdas, como la del presidente argelino y
la del rey jordano. Abdelaziz Bouteflika
exhortó a los regímenes árabes a elegir la
estrategia de la paz. Algunos líderes árabes
comienzan a reparar en que la paz ya no debe
tratarse como una mercancía ofrecida a
clientes desesperados por obtenerla –como
los israelíes–, sino más bien como un valor
que puede también reportar beneficios a sus
sufrientes naciones.
También el rey Abdalá se apartó del
monocorde bizantinismo, pero lo hizo desde
fuera de la "cumbre", a la que sabiamente
prefirió no asistir para condenar el
terrorismo sirio sin ser baldonado de
traidor y blasfemo.
Ya explicó Hayek cómo en el mundo
totalitario todo se nivela para abajo y la
sensatez termina por ahogarse en una
barahúnda irredentista. Por ello, por sobre
la moderación argelino-jordana, prevaleció
la estrategia siria. Precisamente su
embajador en EEUU, Imad Mustafá, declaró en
la universidad de Georgetown de Washington
(23-3-05) que incluso del asesinato del
libanés Rafik Hariri tiene la culpa el de
siempre.
El presidente egipcio, Hosni Mubarak,
advirtió de que una intervención armada en
Irán provocaría una "catástrofe" (antes de
la victoria contra Sadam había opinado que
arremeter contra el autócrata iraquí
"crearía cien Ben Ladens"). La realidad es
bien distinta: la única catástrofe que
acecha a las sociedades árabes es su
impotencia para generar genuina autocrítica,
una virtud que irrumpió hace dos milenios y
medio desde un Libro en el que el más
criticado de los pueblos era su propio
protagonista y destinatario.
La autocrítica, que permitió al pueblo
hebreo exhibir sus errores sin pudor, fue
causa en la antigüedad del poco apego de
éste por la monarquía. Nunca deificó a sus
reyes, y los sometió al imperio de la ley.
Varias leyes bíblicas fueron promulgadas
precisamente para acotar el poder real (la
limitación de la poligamia o de su
caballeriza) y para evitar que el rey "se
ensoberbezca por encima de sus hermanos"
(Deuteronomio, 17:20). Así, también el
establishment era sometido al escrutinio
moral de los profetas, práctica que
constituyó un antecedente del ideal
democrático.
En el Medioevo la virtud de la autocrítica
social fue también patrimonio del Islam,
durante su época de gloria. En la modernidad
se plasmó en el liberalismo, con su
constante debate de ideas y su infatigable
búsqueda de las mejores opciones en cada
decisión.
En contraste, la presente ausencia de
autocrítica en el mundo árabe-musulmán
acerca de su situación es germen de
estancamiento y violencia.
Por momentos se filtra la esperanza de que
ese mundo progresará. En Beirut ya hay
manifestaciones contra la ocupación siria
(notablemente, en Occidente no). El jefe de
la oposición, Walid Jumblatt, aun se atrevió
a exigir que dimitan los infiltrados
prosirios de los servicios de seguridad
libaneses, y que se investigue la muerte del
ex primer ministro,
Rafik Hariri, a nivel internacional.
Más sinceras y promisorias fueron las
reflexiones de hace unos meses del
intelectual jordano
Shaker al Nabulsi: "(...) Si los árabes
tuvieran hoy un espejo y el coraje necesario
para mirarse en él, serían golpeados por el
miedo y el pánico ante la visión de sí
mismos (...) Nos hemos convertido en la
nación más terrorista y en los mayores
derramadores de sangre del mundo, en esta
etapa de la historia en la que las naciones
resuelven sus problemas a través del diálogo
y la diplomacia (…) ¿Qué hizo que los árabes
perdiéramos la razón con la que lideramos al
mundo en el siglo X (…) por qué nos hemos
vuelto locos? (…) ¿Es por la profunda
corrupción de instituciones gubernamentales
que no desean reformas que las priven de
hilo alguno de la lujosa alfombra sobre la
que descansan con apoyo policial? (…) Quien
en el mundo árabe haga uso de su
inteligencia es detestable, maldito, nido de
serpientes y fruto de Satanás, agente del
colonialismo norteamericano (…)" .
Tal vez esta autocrítica empiece a llamar la
atención de los medios de prensa europeos,
que hasta ahora, en vez de proveer el espejo
que reclama Al Nabulsi para los suyos, han
limitado sus preocupaciones a los defectos
de otro país, favorito de sus dardos.
Fuente:
http://www.libertaddigital.com
Gustavo D. Perednik
es autor, entre otras obras, de La
Judeofobia (Flor del Viento) y
España descarrilada (Inédita
Ediciones).
|