Primicias en El País
Gustavo D. Perednik
La línea habitual de diarios como El País podría comenzar a presentar
algunas grietas a partir del 11-M
En varios artículos de El Catoblepas nos hemos referido al lavado de cerebro
que perpetran los medios españoles, privando a la gente de información
elemental acerca del conflicto en el Medio Oriente. Su meta es reclutar a
España para «la causa», objetivo en el que están empeñados los
corresponsales en (contra) Israel: Juan Cierco, Ferrán Sales, Joan Cañete
Bayle. Su misión les es más importante que la pueril tarea de informar
objetivamente.
El lector y el televidente español son regularmente «informados» de «la
espiral de violencia» que siempre tiene a los judíos como provocadores. El
adoctrinamiento ha frutecido: el español promedio, además de sentir por
Israel una antipatía que no le reserva a ningún otro país, cree ingenua o
maliciosamente que Palestina fue alguna vez un país árabe independiente, que
el alambre de la cerca antiterrorista israelí es un muro racista de
hormigón, que el sionismo es un pérfido movimiento con aspiraciones
mundiales, que Jerusalén es una ciudad árabe ocupada, que el sheik Yasín era
un líder espiritual, que el gobierno de Israel está en Tel Aviv, que su
Primer Ministro es sanguinario, que cuando Rabin estaba en el gobierno
Arafat no mandaba asesinar niños judíos, que en algún momento Arafat no
mandaba asesinar niños judíos, que después de todo, no es tan terrible que
se asesinen judíos «debido a la ocupación», que el terrorista en el
conflicto es Israel, que el islamismo es un problema menor, y que los
aliados naturales de España son la misoginia saudí, el fascismo sirio, el
genocidio sudanés, y en general las veintiuna dictaduras del mundo árabe que
mantienen a sus sufridos pueblos en el rezago y la represión con la excusa
de que Israel los maltrata.
La opinión pública española es instruida religiosamente en esa mitología por
Agustín Remesal, Javier Espinosa, Jorge Sanz, Eugenio García Gascón, Mateo
Madridejos, Gregorio Morán, José Mari Esparza, Agustín Pery Riera, Miguel
Ángel Bastenier, Ángel Sánchez, Antonio Gala, el humilde Javier Nart, y una
larga lista de desinformadores que renuevan mitos milenarios y los
ornamentan con caricaturas nazis de Miquel Ferreres, Ventura & Coromina,
Reboredo, y Gallego & Rey.
Una de las factorías de la gran mentira sobre el Cercano Oriente está en
Izquierda Unida, cuya fe en que Israel es siempre vil no admite prueba en
contrario. En su página de Internet, IU falsificó un fotomontaje sobre la
detención de un terrorista palestino el 8 de marzo de 2002, colocando la
secuencia fotográfica de un modo que permitía acusar a Israel de torturas.
En la serie faltaba una foto deliberadamente escondida, en la que se veía la
desactivación de las bombas que el terrorista llevaba adosadas a su cuerpo.
En su sección IU al día se explicaba que el occiso «está obviamente
subyugado y desarmado; no hay ninguna señal ni evidencia de explosivos o de
resistencia.» Estos defensores de la verdad habían eliminado la toma que
permitía comprender los hechos reales, en la que se veía que un robot de
desactivación de explosivos desmontaba el cinturón de bombas que el detenido
había tratado de detonar tras su arresto.
Jamás se rectificaron de la patraña, porque el dogma no admite
rectificaciones.
Sorprende más aún cuando las farsas son agitadas por mujeres, quienes
traicionan así una causa que sí debería motivarlas. Para Maruja Torres y
Gema Martín Muñoz no importa que seis mil adolescentes sean sometidas
diariamente a la clitoridectomía, cirugía que no requiere su consentimiento
para el atrofio de la sensación sexual, de la que han padecido millones de
mujeres en los países árabes. Pero no cabe detenerse en la nimiedad, porque
nada es tan importante para el bienestar de la humanidad como destruir
Israel, país en el que casualmente la mujer árabe goza de mayor libertad que
en cualquier otro del Medio Oriente, y en donde no sufre rutinariamente
«asesinatos por honor familiar».
A la homogeneidad de los principales medios españoles contra Israel y contra
cuanto hagan los judíos para defenderse del terrorismo, le hemos dedicado un
libro. El monocorde discurso no se deja perturbar ni siquiera por cartas de
lectores que osen cuestionar la línea oficial. El presidente de una pequeña
comunidad judía española, José March, tiene una colección de decenas de
cartas que corrigen falsedades de los medios, y que jamás lograron abrirse
paso al lector.
El 11-M tenía (tiene) el potencial de disipar tanto la demonización de
Israel en los medios españoles, como la actitud suicida de Europa frente a
la creciente islamización. Sobre todo porque desde el 3 de abril de 2004 ya
no pudo blandirse la excusa de las tropas españolas en Irak, y sin embargo
la policía de Madrid fue testigo del primer atentado suicida de los
islamistas en Europa. Éstos anuncian abiertamente, aunque muchos españoles
no quieran oírlo, que Andalús debe ser recuperada, es decir que España
terminaría convertida en un Estado islámico teocrático. Con todo, según el
Eurobarómetro de 2003, la mayoría de los españoles ven la amenaza en Israel.
El 2004 tampoco pareció abrir una grieta en la judeofobia española. Ultrasur
exhibió impunemente en las canchas de balompié carteles que rezaban «Judíos
bastardos», el memorial del Holocausto fue destruido en Barcelona, Zaragoza
canceló una presentación del agregado cultural de Israel, la alcaldía de
Oleiros usó dinero público para exhibir dibujos judeofóbicos, y Casa del
Libro incluyó Mi Lucha de Hitler entre sus best-sellers.
En cuanto a 2005, tampoco parecería ser auspicioso, desde que un artículo de
Pérez Reverte publicado el 2 de enero en el diario ABC, llamaba a los judíos
«hijos de puta». Que la nota escandalizara a muchos israelitas de España no
deja de ser llamativo, porque la novedad de Reverte se limitaba a su
lenguaje soez. El escarnio judeofóbico en sí, es corriente en la península,
aunque de modos menos brutales.
Cuando muchos lectores indignados cuestionaron la vulgaridad de Reverte, el
perdonavidas arguyó que nadie habría protestado si hubiera atacado a otros
grupos como el de los taxistas. Pareciera ignorar que nunca alguien se
propuso expulsar a los taxistas ni los mandó a campos de exterminio,
mientras que a los hebreos vienen asesinándonos por milenios.
Si visitó Zaragoza, seguramente no ingresó en la catedral, en la que un
altar dedicado a Dominguito del Val enseña que éste «nació en 1243... La
tradición cuenta que el 31 de agosto de 1250, cuando volvía a casa entonando
canciones religiosas, el niño fue raptado y muerto por miembros de la
comunidad judía, entre la que se había extendido la creencia de que acabar
con la vida de un niño cristiano les beneficiaría. Días después, su cabeza y
sus manos aparecieron en medio de un resplandor en la calle de Limón, hoy
denominada de Santo Dominguito de Val, en honor a este hecho. Desde
entonces, este pequeño zaragozano es el patrón de los monaguillos y los
niños del coro».
Y si conociera la injuriosa historia, tampoco le importaría, porque él sabe
bien por experiencia propia, que agraviar a los judíos es gratuito, y que
nadie ose quejarse porque los taxistas no lo harían, aun cuando podría
llegar a sospecharse que las decenas de libelos de sangre que arrastraron a
miles de hebreos a la hoguera, martirizaron más a éstos que a los chóferes.
Y sin embargo...
...opino que ya comienzan a verse las primeras fisuras en la uniformidad de
los medios, y un enemigo declarado de Israel como el diario El País comenzó
por lo menos a debatir con mayor soltura el fenómeno judeofóbico.
Varios artículos lo hicieron durante el último año y pico, entre otras en
notas de Hermann Tertsch (10 octubre 2003), Eduardo Haro Tecglen (18
noviembre 2003), Vicente Molina Foix (20 noviembre 2003), Edgar Morín (9
marzo 2004), y Adolfo García Ortega (9 junio 2004). En todos ellos el tema
de la judeofobia les permite a los autores ventilar su encono contra Israel,
y a veces utilizarlo para volver a poner a los judíos en el banquillo de los
acusados.
Como el último de los artículos fue el único posterior a 11-M, cabe resaltar
que sus contenidos difieren considerablemente de los que lo preceden. En ese
sentido, podría indicar un cambio en la línea homogéneamente judeofóbica del
periódico, tal vez como resultado del sismo en la conciencia española que
significó el 11-M.
En rigor, dos días después de los ataques islamistas contra Atocha, El País
publicaba un artículo de Zeev Schiff en el que se condenaban los ataques
terroristas, y curiosamente se explicitaba por primera vez en ese diario la
validez de la condena aun si los civiles asesinados son israelíes.
Por ello cabe el seguimiento de las posibles variaciones de El País, y vale
para ello contrastar dos de los artículos referidos, el de Molina Foix con
el de García Ortega.
En el primero, titulado ¿Soy un antisemita?, Molina, sin citar ninguna
fuente, comenta que
una parte de la opinión pública israelí y sobre todo los políticos que
gobiernan en Tel Aviv están muy irritados con los europeos, que en el último
Eurobarómetro situaron a Israel en cabeza de los países amenazantes. Sharon
ha puesto el grito en su cielo, su ministro de la Diáspora, Nathan Chtransky
(sic) afirma que detrás del sondeo "se esconde un verdadero
antisemitismo"... y también unas palabras del músico griego Mikis
Theodorakis coincidentes con ese parecer de los consultados le ha valido la
acusación de propagar "eslóganes utilizados por la Alemania nazi".
Lo que en Europa predomina es simplemente un sentimiento de condena a la
despótica intransigencia de Ariel Sharon, a la impunidad de sus castigos
criminales contra palestinos desarmados, a la abusiva construcción del muro
separador, al silencio o apoyo explícito que esos actos ilegítimos
(protestados ya por muchos civiles y militares israelíes, entre ellos cuatro
ex jefes de los servicios secretos) obtienen de facto gracias a la poderosa
complicidad norteamericana.
Que la información de Molina sobre Israel sea errónea no debe sorprender, ya
que su fuente es la prensa española. Podría ser una cuestión de ignorancia
que llame «muro separador» a la alambrada que construye Israel para detener
a los terroristas que asesinaron más de mil civiles en los últimos cuatro
años. Quizá el escritor no sepa que el blanco de Israel no son los
palestinos como grupo, ya que éstos en Israel gozan del más alto nivel de
libertad y democracia de todo el mundo árabe. Molina no ha revisado que en
Israel, palestinos son jueces, políticos, parlamentarios, periodistas, con
mucha mayor libertad que en cualquier otro país.
Sin embargo, como ocurre habitualmente con la judeofobia de los medios
españoles, siempre aparecen unas líneas que delatan que se trata de mala
voluntad y no de mero desconocimiento. Molina es muy cuidadoso en esconder
qué «palabras de Theodorakis» fueron «injustamente» comparadas con las de
los nazis. Pues el músico griego había declarado, y jamás se desdijo, que
«los judíos son un pueblo sin historia y la raíz del mal».
Pero el quid de la tesis de Molina no es su manipulación, sino su
explicación de que en su odio contra Israel está ausente el sentimiento
judeofóbico. En esto, es muy representativo del modelo habitual europeo.
Comencemos por dos argumentos ilustrativos, en los que Molina valientemente
supera al promedio de los intelectuales europeos. El primero, es que
Una parte fundamental de mi cultura (de toda la cultura occidental) se basa
en textos filosóficos, poéticos o narrativos escritos por judíos.
Con esta simple admisión, Molina no soslaya, como hace la mayoría de los
europeos, las raíces hebraicas de la civilización occidental, la deuda
cultural de Europa para con Israel.
Segundamente, Molina está a dispuesto a definir el Holocausto de un modo
categórico: «la línea moral divisoria que aquella trágica corrupción de
valores trazó para siempre en nuestra conciencia».
Hasta aquí lo positivo. En el resto, Molina cae en los prejuicios habituales
de los europeos a los que justificadamente arguye representar.
En primer lugar, describe muy lacónicamente las consecuencias de aquella
«corrupción de valores». El asesinato de seis millones de judíos después de
dos milenios de odio, se circunscribe a «el exterminio de familiares
cercanos o el exilio de antepasados». Compárese esa referencia con la que
trae Molina a propósito de la guerra entre Israel y sus vecinos: «los
helicópteros devastadores de poblados palestinos y los generales y ministros
que ordenan legalmente tales represalias».
Claro que Molina no da el nombre de ninguna de esas «devastadas ciudades»
que existen sólo en el imaginario europeo. Pero el contraste fundamental no
surge de su descripción de la realidad sino de su asumida perspectiva.
Celebra Molina que el europeo que hoy trata de acercarse positivamente a
nuestros inquilinos árabes... no deben desvirtuar los fundamentalismos
fanáticos de algunos gobernantes o clérigos musulmanes la imagen total de
países que están tratando de conciliar, con grandes dificultades, la
renovación social, el peso desmedido de una teocracia y la extrema pobreza.
Entendido pues. Los regímenes árabes, que en sus enormes riquezas petroleras
han establecido dictaduras corruptas y continua represión, deberían gozar de
un «acercamiento positivo» para que Europa no «desvirtúe los esfuerzos
conciliatorios» (visibles sólo en artículos como el que estamos comentando)
que hasta ahora se han limitado a engendrar veintiuna tiranías misóginas.
Pero Israel, construido en un desierto que cabe quinientas veces en esa
jungla petrolera y violenta, Israel, que fue creado para salvar a los judíos
de las garras de Europa, el Estado judío no merece ningún «acercamiento
positivo». No sus universidades de avanzada, ni su alta tecnología,
desarrollo agrícola, bienestar social, kibutz, renacimiento cultural,
efervescencia democrática, nada amerita sino la condena. Queda claro que el
autor había decidido de antemano cómo distribuir «condena» y «acercamiento».
Tal como la mayoría de los españoles, Molina no logra ver que la judeofobia
de hoy no arremete contra la religión o fe judías, sino contra el Estado
judío. La judeofobia cambia: la versión medieval aspiraba a remover al judío
de la sociedad, la contemporánea intenta aislar al Estado judío de la
familia de las naciones. Israel es censurado como ningún otro país, el único
en ser rutinariamente vilipendiado como «nazi». Y el quid no pasa por es
cuánto Israel sea criticado, sino por la exclusividad y el desproporcionado
ímpetu de esa «crítica».
Molina se auodefine como «filosemita», salteando que la mayor creación de
los hebreos, donde los judíos viven y el judaísmo vibra, Molina la odia.
Como muchos españoles, concede amor al judío del pasado para que esa
concesión legitime su encono contra los del presente. Aplaude al «valeroso y
castigado pueblo hebreo» pero falla en ver quién lo castiga. Un ómnibus
escolar israelí que vuele en pedazos en Natania no es castigo al pueblo
hebreo. Una pizzería convertida en pila de cadáveres en Jerusalén no es sino
«legítima resistencia». Y será políticamente incorrecto preguntarnos cuándo
comenzó dicha «resistencia».
«Valerosos» son los judíos pero no los israelíes, que dan tres años de su
vida para proteger al único país del planeta amenazado de destrucción total
mientras Europa lo considera «la principal amenaza».
Molina condena «el sionismo expansionista dominante entre los dirigentes
político-militares seguidores de Sharon». (Suponemos que contrastan con los
dirigentes democráticos y civilizados árabes). Un «expansionismo» del que no
podría dar ningún ejemplo porque existe sólo en su imaginación, una que lo
lleva a una frase final no exenta de dramatismo: «ningún recurso humanista,
ninguna apelación al linaje perseguido y al exterminio imprescriptible puede
enmascarar la amenaza que supone la despiadada política del Estado de
Israel».
Israel es un Estado que ha ayudado generosamente a casi toda nación que
sufriera desastres naturales, sea Turquía, Ruanda, Ceilán o Indonesia. Un
Estado que ha desarrollado la agricultura y la medicina de una buena parte
de los países africanos e hispanoamericanos. No es perfecto, porque ninguna
creación humana lo es. Pero cuando de entre doscientos Estados uno elige
exclusivamente a uno para revisar su piedad sólo porque estamos tratando de
defendernos de un terrorismo en una magnitud contra la que ninguna nación
del mundo debió enfrentarse, pues las motivaciones morales del acusador
resultan sospechosas.
Elocuentemente, Molina cita de una novela de Gregor von Rezzori titulada
Memorias de un antisemita. En alguna medida este título puede recordar al de
un ex senador uruguayo, Horacio Asiain Márquez, quien en 1962 escribió Yo
fui antisemita. Pero mientras el libro hispanoamericano es una contrita
confesión que explora las raíces del odio, la novela de Rezzori surge de una
pluma que ofrece ironía pero no arrepentimiento. De esas memorias, cita
Molina:
era impensable sostener relaciones tan directas con los judíos. Es cierto
que se trataba de seres humanos, eso nadie se atrevía a negarlo, pero uno no
establecía relaciones estrechas con los demás sólo porque eran humanos.
Cabe la paráfrasis: para el europeo de hoy
es impensable sostener relaciones directas con el Estado judío. Es cierto
que se trata de un Estado, pero uno no establece relaciones estrechas con
uno pérfido sólo porque sea un Estado.
Una primicia promisoria
El segundo artículo a ser comentado constituye una excepción mucho más clara
a la norma judeofóbica que ha prevalecido durante estas décadas en España.
Adolfo García Ortega lo tituló Antisemitismo y su contribución abarca tres
aspectos por lo menos. Primero, que es más específico sobre el mal que ve
con
alarmante preocupación... los colegios de las comunidades judías en Europa
tienen que estar custodiados por la policía... las comunidades judías
europeas están doblemente amenazadas por el integrismo islamista: por ser
europeas y libres y por ser judías, y, por tanto, objeto bendecido de su
odio
Segundo, que García Ortega ve en el islamismo el heredero del nazismo.
Tercero, que no hesita en criticar la distorsión general del conflicto en
Medio Oriente, sobre el que las izquierdas, de por sí simplistamente
antisemitas, ponen de manera maniquea el bien absoluto en los oprimidos
palestinos, como si fuesen la quintaesencia del proletariado y del
antinacionalismo, y el mal absoluto en los opresores israelíes, capitalistas
y nacionalistas. En este asunto, la izquierda es de una ingenuidad pasmosa.
Y la derecha, por su parte, manifiesta una displicencia despectiva, pues
para ella los judíos son la esencia de la subversión y del anticristo. Es
curioso que en cuanto a antisemitismo, la izquierda y la derecha siempre han
estado de acuerdo.
El autor ha ido muy lejos, pero desafortunadamente sus explicaciones sobre
la judeofobia se obstinan en una incorrecta percepción de Israel.
en el imaginario de la gran mayoría de la gente se sustituye israelí por
judío. De ahí que toda la animadversión que puede despertar la política de
Ariel Sharon y del intransigente Likud, deficiencia palmaria del sistema
democrático israelí, se extiende, invariable y nada críticamente, a toda la
población judía.
... la gran coartada para el antisemitismo de hoy tiene varias caras. Una,
la represión sharonista de los palestinos. Es indudable que una política tan
contestada incluso en el propio Israel genera posturas radicales en ambos
bandos.
Dos, la ignorancia simplista acerca de la creación del Estado de Israel,
volviendo a cuestionarse su existencia o la legitimidad de su fundación...
Tres, la no aceptación en el mundo de que los judíos, los israelíes, lleven
las riendas de su futuro con la misma firmeza que cualquier otro país de
historia tan corta... Es como si en la conciencia europea... el judío
hubiera de ser alguien inferior al que poder castigar, pegar, quemar,
humillar o matar. Alguien a quien dominar.
Si estas tres supuestas causas de la judeofobia se hubieran enumerado en
orden inverso, las conclusiones habrían podido ser un punto de inflexión en
la prensa española. Pero las dos primeras «causas» de judeofobia
desarticulan la patente verdad de la tercera.
Nunca comprenderemos la naturaleza de la judeofobia si admitimos que su
causa es una «política contestada» (de paso, no hay sociedades democráticas
sin políticas contestadas).
La causa de la judeofobia debe hurgarse en el ánimo del agresor, no en las
políticas de la víctima ni en ninguna conducta particular de los judíos. Las
políticas de Israel no son nunca las causas de la agresión árabe, sino sus
consecuencias.
García Ortega deteriora lo que podría haber sido una obra maestra. Llega al
quid de la judeofobia: el rechazo por parte de Europa de la existencia de
los judíos como una nación con derechos. Incluso predice: «si cae un judío
por ser judío, como sucedió con el Holocausto, caemos todos en Europa».
Sin embargo, no da el paso final. ¿Qué será de nosotros si el Estado judío
cae por ser judío?
La judeofobia europea no es alimentada por la islámica. Por el contrario: el
judío diabólico, opresor y sediento de sangre, no fue fabricado por el
fundamentalismo islámico sino por alguna mitología cristiana. Actualmente es
legitimado en el islamismo por medio de la demonización europea de Israel,
un método que provee a las tiranías árabes de excusas para perpetuarse en el
poder. Su argumento implícito es que el 99% del Medio Oriente bajo dominio
árabe no podrá ser libre hasta que no se destruya el 1% bajo gobierno
hebreo. Frente a esta farsa Europa permanece entre silente y comprensiva,
porque combina con la imagen que ella misma ha tenido por siglos acerca de
quién es el judío.