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Reflexiones después (y antes) de la guerra
Por Gustavo D. Perednik
4 de septiembre de 2006
Cuando la última batalla en el Líbano ya sobrepasaba el mes de
duración, Mahmud el herbicida anunció una solución en dos fases: la
primera, el cese del fuego; la segunda, la destrucción de Israel.
Hay que ser optimistas: ya se ha superado la primera.
Menos superada está la apatía de Occidente frente a esta Tercera
Guerra Mundial que nos impone el islamismo. Una desidia que el
irrefutable Bernard Lewis ha venido señalando como característica
desoladora de la contienda: su asimetría no reside sólo en que de un
lado guerrea un mundo de progreso y democracia y del otro los
portaestandartes de la opresión y el atraso empeñados en
destruirnos, sino que, curiosamente, a los ayatolás y wahabistas les
embarga una convicción fanática, mientras los libres asediados ni
siquiera perciben la magnitud de la agresión.
Admitamos que en Israel la distinguimos un poco más, debido a que
somos el blanco inicial del embate islamista, y en estos casos la
sagacidad es la mejor receta de supervivencia (y todo, al módico
precio de que nos consideren paranoicos). En estos días arrecian en
la sociedad israelí las demandas para que el primer ministro y el
titular de Defensa renuncien por su ineficacia en la guerra.
Reservistas que fueron movilizados, familiares de soldados caídos y,
en general, ciudadanos disgustados prosiguen con sus "carpas de
protesta", sus manifestaciones y sus llamamientos para que Ehud
Olmert y Amir Péretz dimitan de sus cargos.
Olmert reaccionó tardía e insuficientemente designando dos
comisiones gubernamentales para que indaguen el accionar del
Ejecutivo y la cúpula militar. Una de ellas será presidida por el
casi octogenario Najum Admoni, jefe del Mosad durante la década de
los 80. Los críticos denuncian que la comisión está subordinada al
Gobierno y será impotente a la hora de dictaminar.
Busquemos lo positivo: por lo menos Israel investigará la vacilación
a la hora de derrotar a quienes intentan demolernos. En contraste,
una buena parte de Occidente no investiga nada, ni siquiera ve
necesidad alguna de defenderse, y encima critica a Israel cuando
éste lo hace.
La izquierda ha resultado especialmente ácida en este antiisraelismo
patológico. Se repite en esta Tercera Guerra Mundial lo que ocurrió
en la Segunda, cuando el tratado nazicomunista (23-8-39) permitió
que un demagogo lunático se lanzara a exterminar a los judíos como
primer paso para destruir las sociedades libres. Casi siete décadas
después, en la misma fecha, ha remedado la ignominia de aquel pacto
la banda fascista de izquierda Quebracho, cuyos militantes, con las
caras cubiertas y garrotes en mano, ante la pasividad policial
reprimieron (23-8-06) a un grupo de jóvenes hebreos, muchos
vinculados a la Fundación Hadar, que pretendían manifestarse en
Buenos Aires pacífica y legalmente contra las amenazas de genocidio
que vocifera el autócrata iraní.
Los nazis solían apodar "bife" a los comunistas que se les sumaban
por oportunismo (sugerían que eran negros por fuera pero rojos por
dentro). Habría que buscar un mote apropiado para los violentos de
hoy: nazis por dentro, en su odio por lo judío y lo liberal, y
"progresistas" en sus banderas y formas externas.
La próxima etapa de la guerra
El alto el fuego logrado en la ONU (12-8-06) regaló al islamismo un
respiro para rearmarse, mientras la apatía de Occidente cultiva el
mito de que ahora se moderarán. La verdad es que los totalitarios,
sean nazis, bolcheviques o talibanes, nunca se moderan, salvo en la
rotunda derrota. En efecto, el representante de Hezbolá en Teherán,
Abdalá Seif-a-din, declaró a la agencia iraní IRNA (30-8-06) que su
estrategia es acumular misiles para el próximo capítulo contra
Israel. Acaso debamos esperar pacientemente a que nos maten una vez
más para dotar a nuestra reacción de mayor legitimidad.
A este respecto, el coronel Kobi Marom (quien comandó las tropas en
el Líbano antes de la retirada israelí hace seis años) elogió, en un
reciente reportaje aparecido en la prensa israelí (29-8-06), como
"valiente" la decisión de nuestro Gobierno de haber emprendido el
operativo militar luego de la infiltración fronteriza del Hezbolá
(12-6-06), el secuestro de tres soldados y el asesinato de otros
ocho.
Dicha iniciativa quebró la pasividad israelí frente a la constante
agresión del terrorismo islamista, que en los medios europeos se
denomina "tregua". Sin embargo, Marom agregó lo que siente una buena
parte de la población: "El éxito diplomático habría sido mucho mayor
si la operación terrestre hubiera persistido unos días más".
Pareciera que la falta de convicción de la que advierte Lewis
acechase también a algunos líderes israelíes.
Marom fue inequívoco sobre otro tema: "La amenaza iraní debe ser
detenida a toda costa, incluso mediante un golpe aéreo israelí. Es
preferible sufrir un contraataque de misiles iraníes que una
devastación nuclear por parte del genocida".
Ha vencido el ultimátum de la ONU, y Mahmud el herbicida desafía al
mundo con la prosecución de su programa nuclear, cuyo primer
objetivo ya ha explicitado. No hay intereses contrapuestos entre
Irán e Israel, como no los hubo entre Alemania y el pueblo judío,
pero el odio es a veces más fuerte que los intereses.
Frente a la enorme amenaza, nuestra única defensa posible es la
preventiva. Probablemente la Unión Europea no nos lo perdone, porque
aún no se da por enterada de que el islamismo también le ha
declarado la guerra a ella. Pero hay voces por doquier que
despiertan esperanzas. Una emerge de la carta abierta que un liberal
francés, François Leotard, escribió a Mahmud:
Uno de los pueblos más cultos del mundo, que había elevado la
filosofía, la música, la poesía, se hundió en el odio, la locura
racial, la infamia. Decenas de millones de individuos sufrieron en
su carne esa barbarie que se presentaba como un "nuevo orden". Fue
una guerra contra lo que había de humano en nosotros. Se quemaron
los libros, los niños fueron deportados y asesinados, las
inteligencias fueron quebradas. Todo lo que honraba al hombre fue
pisoteado. Una parte de la especie humana, el pueblo judío, fue
destinada al infierno. Eran hombres y mujeres que habían llevado
consigo durante mucho tiempo y desde muy lejos su fe, sus preguntas
sobre el mundo, sobre Dios, sobre la necesidad de vivir o de sufrir,
sobre la alegría de amar. Generalmente, frecuentaban los libros.
Reflexionaban mucho, no comprendían por qué no eran queridos, por
qué se les llamaba "subhumanos", Untermensch, por qué se les
consideraba insectos…
Fueron perseguidos en toda Europa, ahorcados, fusilados, quemados…
Usted sabe perfectamente todo eso, pero se lo recuerdo por tres
razones:
La primera es que nosotros no aceptaremos que todo vuelva a
comenzar. Yo no soy judío, pero los judíos son, como los persas, mis
hermanos en humanidad.
La segunda es que ellos tienen el derecho, como usted, como yo, de
tener una patria. Que sea Francia o Israel no importa.
La tercera razón no le gustará a usted: ellos aportan al mundo (y
probablemente es eso lo que usted quiere "borrar del mapa") una
concepción del hombre y de su destino que ha enriquecido varios
siglos de civilización y que honra tanto al pueblo judío como al
Estado de Israel.
Usted piensa que tiene el derecho de obligar a las mujeres a ocultar
la cara tras un velo, de torturar a los opositores, de encarcelar a
los periodistas que lo contradicen, de condenar a muerte a niños, de
perseguir a sus minorías, de iniciar "guerras santas" contra "los
infieles".
La mirada turbia, imbécil y llena de odio contra Israel con la que
acompaña sus discursos me hace creer que usted odia en ese Estado la
libertad de expresión, la diversidad de los partidos, el papel de la
oposición, la modernidad, la independencia de los poderes y de la
justicia, la investigación universitaria, los descubrimientos y
nuevos inventos… Es decir, todo lo que nosotros tenemos el derecho
de admirar.
Más sucintamente lo ha expuesto un dirigente liberal y católico
argentino, Jorge Pereyra de Olazábal (18-8-06): "En realidad, Israel
está peleando solo por la libertad de todo el planeta".
Gustavo D. Perednik es autor, entre otras obras, de La Judeofobia
(Flor del Viento), España descarrilada (Inédita Ediciones) y Grandes
pensadores judíos (Universidad ORT de Uruguay).
fuente:
http://exteriores.libertaddigital.com/articulo.php/1276232230
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