Una activa década de
inexistencia
Por Gustavo D. Perednik
Habla bien de la Cristiandad que entre los problemas
sociales que aquejan a la Humanidad no se mencione el
odio anticristiano. Esta omisión no es negligente:
resulta de un simple respeto a las proporciones. En
términos relativos, la mayoría de los cristianos viven
en plena libertad y con acceso a la prosperidad, y su
persecución y muerte son lacras del pasado.
Paralelamente, pocos consideran necesario invertir
recursos en neutralizar la budistofobia o la lusofobia.
Aunque debe de haber individuos que albergan rencores
contra budistas o portugueses, no cabe denunciarlos como
si fueran una acuciante epidemia.
En cuanto a la judeofobia, sigue empecinada en
constituir un problema, aunque menor que el de hace unas
generaciones. Nos hemos extendido en otras oportunidades
sobre los israelitas asesinados en virtud de su
identidad y sobre la demonización a la que a veces se
somete al judío de los países.
Pero donde no hay corrientes de odio, blandir la
urgencia de superarlas es extemporáneo y aun
contraproducente. Así, desde el mundo árabe-musulmán se
oye con preocupante insistencia cuán peligrosa es una
supuesta islamofobia sobre la que la Humanidad debería
estar alerta. Se saltea el detalle de que no existe tal
"islamofobia", voz inventada en 1996 por la Comisión de
Musulmanes Británicos como reacción a la tentativa del
Reino Unido de proscribir al grupo islamista Hizb ut
Tahrir (Partido de la Liberación). Éste, fundado en
1953, sigue presente en varios países y pretende imponer
la ley islámica en el planeta e incitar a los ataques
suicidas contra judíos. Tony Blair anunció (5-8-05) un
nuevo amague de prohibirlo, pero se sabe que Occidente
es reacio a malograr los embates totalitarios que lo
jaquean.
Ante la posibilidad de ser vetado por vía legal, Hizb ut
Tahrir lanzó una campaña en universidades británicas que
clamaba: "Detengan la islamofobia". Y el término pasó a
ser escudo para desalentar toda iniciativa de enfrentar
el totalitarismo islamista.
Se vio también aquí en Israel, en febrero, durante la
campaña electoral. En una conferencia de prensa
televisada, el candidato de la Lista Árabe Unida y
actual miembro de la Knéset Ibrahim Sarsur se
autodefinió como islamista y sostuvo que "el mundo
entero –o por lo menos las tierras en donde gobierna el
Islam– deberían volver a estar manejadas por un califa"
(es decir, por un autócrata reverenciado como "sucesor
del profeta"). En pocas palabras, proponía desmantelar
la democracia y retrotraernos a la Edad Media.
Recordemos que la última versión del califato fue
eliminada en Turquía por Kemal Atatürk en 1929, y la
reacción islamista fue lanzar la Hermandad Musulmana en
Egipto, donde el Gobierno la reprimió (el ala local de
dicha "Hermandad" es Hamas, que a los veinte años de
edad acaba de hacerse cargo de la Autoridad Palestina).
Y bien, cuando se solicitó al tribunal electoral israelí
que vetara a la lista islamista de Sarsur, su segundo
líder, Ahmed Tibi, repuso airadamente que dicha
solicitud "demostraba una rampante islamofobia": quien
se resista a subyugar sus derechos a un paternal califa
debería, bien avergonzarse de su islamofobia, bien
consultar a un psicoanalista para superarla.
Ese prurito nos paralizó cuando el susodicho Sarsur y
dos de sus correligionarios visitaron a los líderes del
Hamas, para expresar solidaridad (19-4-06), y nadie los
impugnó –no vaya a ser que se nos atribuyera islamofobia.
El Gobierno hebreo empieza lentamente a tomar el toro
por las astas: el ministro del Interior, Roni Bar-On,
declaró en una entrevista televisiva (29-5-06) que ha
enviado intimaciones escritas a cuatro parlamentarios de
Hamas en las que se les concede un mes para optar entre
renunciar al grupo terrorista o a su residencia en
Jerusalén.
¿Cómo se dice autocrítica en árabe?
Una manera de esconder un odio es empezar por argüir que
el victimario es víctima. En Rusia, el matemático
judeófobo Igor Shafarevich (quien atribuye la intrínseca
maldad de la moderna sociedad tecnológica a la
"mentalidad judía") suele denunciar la "rusofobia" con
la que supuestamente "los judíos" ahogan a su país.
También la islamofobia debe ser descartada como
irrelevante fantasma. Se acusa de ella a eruditos como
Bernard Lewis o Daniel Pipes, y en general a toda
persona que rechace convertirse al Islam o aceptar su
imperio.
Si el fenómeno se reduce a sentimientos negativos con
respecto a la religión mahometana, se trata de una
cuestión meramente personal; sería un problema social
sólo si tradujera esos sentimientos en acción violenta.
No es el caso de la islamofobia, que no pasa de ser una
cortina de humo para soslayar la violencia por parte de
algunos musulmanes contra judíos, hindúes, homosexuales,
feministas, liberales, sijs y otras minorías que clamen
por la igualdad de derechos. No existen figuras públicas
en cincuenta estados musulmanes que se atrevan a
declararse ateas, homosexuales, sionistas, anarquistas,
o partidarias de otros "desvíos" cualesquiera.
Bien lo entendió el pensador musulmán Yasmin
Alibhai-Brown, cuando tuvo la valentía de admitir: "Con
demasiada frecuencia, la islamofobia se utiliza para
chantajear a la sociedad".
Menos sagaz fue Kofi Annan, que en diciembre de 2004
presidió un congreso, titulado "Enfrentando la
islamofobia", en el que Sayed Husein Nasr (profesor de
estudios islámicos en la Universidad George Washington)
ejemplificó la islamofobia en el hecho de que "se
oculta" el origen árabe de la palabra "adobe" (que en
rigor proviene del egipcio antiguo). Menos lingüista que
desvergonzado, Nasr agregó que el término
"antisemitismo" siempre se ha referido a la hostilidad
contra los árabes (la verdad es que la palabra fue
acuñada en 1879 por Wilhelm Marr para designar la
judeofobia, y sólo en ese sentido fue y es
universalmente aceptada).
El mentado congreso instaló la islamofobia como problema
digno de foros internacionales, un logro nada
despreciable para un odio que no existe. A partir del
revuelo por las caricaturas en el diario danés, los
regímenes árabes presionan más sobre el tema y ya no se
contentan con que deba combatirse la supuesta
islamofobia: aspiran a que no se combata nada más.
Así, otro congreso acaba de tener lugar en el Palais
Albertina de Viena; sobre "Racismo, xenofobia y los
medios" (22-5-06), organizado por el Ministerio
austriaco de Exteriores, la Comisión Europea y el Centro
Europeo para Monitorear el Racismo y la Xenofobia.
Omitieron toda mención de la judeofobia, como si ésta no
existiera (¡en Austria!), a tal punto que el embajador
israelí en ese país, Dan Ashbel, decidió no participar
en el evento.
Al mismo fueron invitados representantes de los 35
países del Euromed, los 25 de la UE y los 10 de la
Cuenca del Mediterráneo: Argelia, la Autoridad
Palestina, Egipto, Israel, Jordania, Líbano, Marruecos,
Siria, Túnez y Turquía (Libia es observador).
Recordemos que el EuroMed nació en Barcelona (27-11-95)
como marco para las relaciones sociales, económicas y
políticas entre la UE y los países mediterráneos. El
Banco Europeo de Inversión asignó para la iniciativa un
préstamo de 14.000 millones de euros.
Concurrieron a Viena cerca de 120 delegados, y los de
algunos regímenes árabes impusieron borrar del orden del
día el problema de la judeofobia. No el de la
islamofobia, por supuesto, que siguió presentándose como
acuciante. Téngase en cuenta que, entre los periodistas
invitados al evento, de los tres israelíes… dos fueron
árabes.
Hay precedentes de esta deliberada exclusión de los
judíos de un foro internacional. En Barcelona
(11-11-04), un debate sobre el odio de grupos promovido
por la ONU terminó titulándose "Islamofobia,
cristianofobia y antisemitismo" (ya sabemos qué
significan con este último).
Previsiblemente, el debate se despeñó a un festival más
de antiisraelismo, en el que hasta el delegado de
apellido judío propuso destruir el Estado hebreo.
La escalada es clara: en el transcurso de una década han
conseguido instalar la "islamofobia" como problema;
ahora la esgrimen como uno de los más graves.
Y no lo es. En el mundo de hoy las decapitaciones, las
torturas, los atentados, las violaciones a los Derechos
Humanos, la violencia misógina y la mayoría de las
peores atrocidades son perpetrados por musulmanes en el
nombre del Islam.
Es razonable esperar que éste asuma con humildad el
hecho de que despierta un natural recelo en muchas
personas, y en lugar de acusarlas debería sumarse a
ellas para reflexionar por qué los islamistas vienen
transformando su fe en una ideología de celebración de
la muerte y en un proyecto de hegemonía mundial que
preocupa.
Juntos, musulmanes y no musulmanes podríamos procurar la
estrategia idónea para rescatar al Islam de las garras
del islamismo, que es el verdadero portador de
islamofobia.
La imagen que va consolidándose no es muy alentadora, ya
que los musulmanes que parecen dispuestos a protestar
raramente lo hacen contra sus propias fallas.
Gustavo D. Perednik es autor, entre otras obras, de La
Judeofobia (Flor del Viento), España descarrilada
(Inédita Ediciones) y Grandes pensadores judíos
(Universidad ORT de Uruguay).