Vargas Llosa no perdona
Exteriores--Libertad-Digital- del 17 de octubre 2005
por Gustavo Daniel Perednik
Vargas Llosa no perdona
¿Hay algún caso en que un intelectual de derechas alabe
ideológicamente a un comunista, cifre en éste las
esperanzas de paz y lo defina como uno de “los justos”?
Sí: el primero se llama Mario Vargas Llosa y el segundo
tiene el tino de pertenecer a un grupúsculo de israelíes
(popular en Europa) que aspira a la destrucción de
nuestro Estado, el único del planeta que para muchos
merecería desaparecer.
Me apresuro a puntualizar, antes de que se me reproche
ver judeófobos por doquier, que no estoy acusando a Ilán
Pappe de procurar desmantelar el Estado judío: me limito
a recoger sus propias declaraciones e incendiarios
escritos contra Israel. Señalo la judeofobia, no la
vitupero.
Los análisis sociales de este estalinista reciclado han
sido reiteradamente refutados por la realidad (tal como
los del resto de ellos), pero Vargas Llosa lo rescata de
su anacronismo y con profunda empatía hacia él cierra
una serie de siete artículos recién publicados en varios
medios, siempre sedientos éstos de veneno contra Israel,
que el peruano proporciona a raudales.
Los artículos declaman el sufrimiento de los palestinos,
las limitaciones a su transporte, su rezago, los
controles que incomodan sus vidas. 'El muro', 'Ratoneras
humanas' y 'El horror' son algunos títulos de la
despiadada tergiversación de los hechos, la difamación
de nuestro pueblo y las caricaturas de judíos brutales.
En sus casi tres mil palabras, la nota sobre la ciudad
de Hebrón ni menciona su historia básica: capital del
antiguo Israel, fue residencia de judíos por milenios,
hasta que en agosto de 1929 (cuatro décadas antes de que
"la ocupación" sirviera de excusa) terroristas árabes
exterminaran a la comunidad hebrea, mujeres y niños
incluidos.
La limpieza étnica de Hebrón –ocultada por Vargas Llosa–
sustenta la demanda de la izquierda de que la población
de la ciudad deba ser exclusivamente árabe. El Estado
palestino en gestación viene perfilándose tan
políticamente correcto que a los judíos no se les
permitirá residir en él: aunque haya pujantes ciudades
árabes dentro de Israel, se acepta que la pax arábiga
sea sin israelitas.
A Vargas Llosa eso no le molesta, porque su molestia fue
acaparada por los judíos sionistas y religiosos, a
quienes considera "peligrosísimos" mientras uno de
ellos, matemático de la Universidad Hebrea, recibía esta
semana el premio Nobel de Economía y los demás siguen
dedicándose a construir el país con devoción y sin
estridencias, y aspirando a la paz, la verdadera paz,
que nunca emergerá del maniqueísmo vargasllosista, en el
que Israel siempre es el malo.
Su amada ultraizquierda
Especialista en Israel, a este país circunscribe Vargas
Llosa su izquierdismo, pero colocándose más a la
izquierda del laborismo clásico. Éste le resulta
excesivo en el mundo pero insuficiente en Israel, donde
abraza a la ultraizquierda. La misma que fuera
responsable de que nos entregáramos a las cuidadosas
manos de Arafat, la que nos arrastró al peor baño de
sangre de la historia de Israel, mientras Vargas Llosa
se condolía por los niños palestinos trabados por
controles pero nunca por los niños hebreos asesinados y
mutilados en ómnibus y pizzerías. Después de todo, de
unos y otros es culpable "la ocupación" de los
israelitas.
Especialista en paz, Vargas Llosa sentencia una receta
que ya ha fracasado una y diez veces, la de la
ultraizquierda autista, a cuya versión israelí elogia
como "la más noble izquierda del mundo".
Especialista en ética, Vargas Llosa saltea que ese
sector, más peligroso que sus peligrosísimos, es el
mismo que en Europa reclamaba el desarme unilateral
frente a Hitler, el que se enamoró de Stalin y de Arafat
(también en Israel) y el que terminó clamando por la paz
en Irak solamente cuando este país era liberado del yugo
de Sadam pero nunca durante los veinte años previos de
constante guerra que le impuso el tirano. Esa es la
nobilísima izquierda de Vargas Llosa, a la que atribuye
exclusividad de "idealismo, pasión por la verdad y
sentido ético".
Especialista en cuestiones de seguridad, advierte que,
aunque los atentados terroristas hayan disminuido mucho
gracias a la reversible valla de seguridad, la necesidad
israelí de defenderse es una cortina de humo para
ocultar las siempre maquiavélicas motivaciones de
nuestro pueblo.
Alambradas maléficas son sólo las judías. No existe
ninguna en Melilla, ni hay allí africanos que mueren
víctimas de la desesperación, porque ésta es privativa
de los palestinos.
La soberbia llega a su clímax cuando el yerno de Vargas
Llosa, Stefan, rodeado de los "peligrosísimos", anuncia
ser el único judío. Tan insuperables son su devoción
judaica y su humildad que el joven descalifica la
judeidad de aquellos a quienes no (nos) considera tan
buenos judíos como él.
Aun en el único artículo dedicado "a la sombra del
terror" –que podría haber constituido el único amistoso
para compensar a seis hostiles– termina por prevalecer
la palabra comprensiva para quien se mata para gozar
matando a otros.
Se las ingenió incluso para entrevistar víctimas judías
del terrorismo que afirmen que "se han cometido
injusticias contra los palestinos". En el mundo
vargasllosiano, los únicos contra los que no se cometen
injusticias (sino actos de desesperación) son los
judíos.
No despierta su curiosidad que se haya topado con muchos
israelíes que se compadecen de la pesadumbre de
palestinos pero ni un palestino que entienda a los
israelíes. Más aún: en sus notas tampoco aparecen
siquiera judíos que se identifiquen con sus hermanos
agredidos. Qué solitario fue y es el dolor judío.
No condena que la Autoridad Palestina difunda desde su
televisión a párvulos comprometidos a asesinar
suicidalmente. A los terroristas antijudíos Vargas Llosa
los clasifica en dos categorías: o bien se trata de
islamistas locos (y en este caso los dibuja tan absurdos
que también aquí se desentiende de la realidad) o bien
son legítimos desesperados. Nótese que no debe de haber
en la Tierra más pueblo desesperado que el palestino, ya
que ningún otro ha caído en la feroz orgía de sangre que
Vargas Llosa comprende.
Para confundir más, cita a palestinos que reprueban el
terrorismo suicida, aunque cuidadosamente omite que no
hay reprobaciones morales: los pocos que denuestan
públicamente a los "sahids" se limitan a reconocer que
el asesinato de niños judíos "no responde a los
intereses palestinos". Para Vargas Llosa eso es
suficiente, porque recordemos que los peligrosísimos
somos los sionistas cuando nos defendemos.
Sobre los miles de judíos que han perdido hijos y padres
en actos de terror, la mera conclusión de las notas es
que "el mundo está loco" y que "la tierra vuelve
fanáticos", probablemente "en ambos bandos de la espiral
de violencia".
Y en el resto de los artículos, a tergiversar los
hechos, difamar a Israel e inventar judíos
estereotípicos inspirados por el numen para matar.
Parecen no haber sido los líderes palestinos (y sus
secuaces en Europa) quienes envenenaron el alma de su
pueblo, azuzado una y otra vez a una guerra imposible
para destruir a Israel, adoctrinados sus niños en el
odio desde las escuelas, en las que se les enseñó que no
sean ni médicos ni agricultores sino que, cuando lleguen
a la pubertad, se maten a fin de asesinar a muchos
judíos, cuanto más jóvenes y más numerosos los muertos,
mejor.
Porque el problema es Israel, y el resto debe
silenciarse porque socavaría los ilustres prejuicios que
traía Vargas Llosa antes de llegar aquí, y que fueron
objetivamente "corroborados" por anfitriones perfectos:
israelíes que odian a Israel, como Amira Hass y Guideón
Levy, que no representan ni al medio por ciento de la
población hebrea.
Los que para Vargas Llosa son modelos y hebreos por
antonomasia fueron así definidos ya en 1936 por el
pionero del sionismo laborista, Berl Katznelson:
"Retorcidos emocional y mentalmente, consideran
despreciable y odioso todo lo que hace su nación,
mientras que el asesinato, violación y asalto cometido
por sus enemigos llena sus corazones de admiración y
reverencia".
El problema es "la ocupación" y no el impulso destructor
del mundo árabe-musulmán, esa mezcla de fascismo,
misoginia, medioevo y esclavitud que ha declarado la
guerra a Occidente, con Israel como blanco predilecto.
No importa que los gobiernos israelíes estuvieran y
estén abocados a terminar con "la ocupación" en la mesa
de negociaciones, ni tampoco que ante la falta de
respuesta seria a sus ofertas hayan procedido –en
patente mentís al cacareo de nuestra vocación
"ocupadora"– a desarraigar a sus propios ciudadanos, un
gesto de sacrificio que ninguna democracia ha realizado
jamás.
Para Vargas Llosa ningún esfuerzo vale: el problema es y
será Israel. La piedad del peruano no ve a las familias
de centenares de adolescentes judíos asesinados o
mutilados en fiestas de cumpleaños y ómnibus escolares;
ve exclusivamente la demolición de las casas de
terroristas, y ve con alarma toda medida que Israel tome
para protegerse. Nuestra mera autodefensa parece ser la
agresión, y por ello nunca explica que no se explique
que no haya explicación de por qué la OLP de Arafat nos
mataba mucho antes de la ocupación, y el terrorismo
árabe mucho antes de la creación del Estado hebreo.
Vargas Llosa hace hablar a "la minoría de los moderados
entre los israelíes" (obviamente, entre los palestinos
la moderación es la norma) que se declara dispuesta a la
renuncia territorial en aras de la paz. Se olvida del
detalle menor de que eso es precisamente lo que Israel
en su conjunto viene proponiendo desde siempre, y es lo
que ofreció Ehud Barak a Arafat en presencia de Clinton
en julio de 2000, gesto que fue respondido con cuatro
años de sangrientos atentados sin contrapropuestas.
Pero los vargasllosas se las ingenian para encontrar en
los defectos de Israel la causa de las desgracias. Como
dijera su par Mikis Teodorakis, somos "la raíz del mal".
Fútiles son los esfuerzos israelíes en aras de la paz,
porque, aun en el momento en que los palestinos
finalmente depongan su odio y se asocien a nosotros para
civilizar el desierto, siempre reaccionará algún Vargas
Llosa –europeo o israelí– incitándolos a la guerra,
porque nuestra vitalidad le resulta imperdonable.
Gustavo D. Perednik es autor, entre otras obras, de La
Judeofobia (Flor del Viento), España descarrilada
(Inédita Ediciones) y Grandes pensadores judíos
(Universidad ORT de Uruguay).
© Copyright Libertad Digital SA. Conde de Aranda 8,
28001 Madrid.
Tel: 917 812 241 - Fax: 914 357 497
te envia el
club_de_amigos@telecentro.com.ar
Este es el breve pero sustancioso comentario que
David Mandel (desde Israel) hace al artículo de
Mario Vargas Llosa, que "El Comercio" de hoy
publica bajo el título de "Los Creyentes". Saludos,
Ari
Los creyentes
El
tenor de este artículo, el más moderado e imparcial de
los ocho, es el que yo habría esperado encontrar también
en los otros. Vargas Llosa relata sus entrevistas a dos
creyentes fanáticos, uno judío y otro musulmán, y
encuentra similitudes entre ellos. Menciona que los
movimientos islámicos terroristas cuenta con alrededor
de un 40% de apoyo entre los palestinos, mientras que
los ultra derechistas israelíes son algunas decenas de
miles, tal vez cientos de miles, es decir los
extremistas son un porcentaje mucho menor de la
población israelí que entre los árabes.
Vargas
Llosa tiene el coraje y la franqueza en este artículo de
reconocer que Gush Katif, asentamiento en Gaza evacuado
hace semanas por Israel, era, antes de que los judíos lo
habiten, "un desierto pedregoso y ardiente, lleno de
serpientes y alimañas" que "los colonos trabajaron con
diligencia y heroísmo, en condiciones muy difíciles,
llevando agua a desiertos estériles e introduciendo
técnicas gracias a las cuales aquellos paramos donde se
establecieron las colonias se convirtieron en
comunidades modernas y prósperas".
Pero
tampoco en este artículo Vargas Llosa puede evitar
disparar dardos contra Israel. Su tierno corazón, al
despedirse de uno de los líderes del Jihad Islámico, le
hace decir, "no puedo dejar de sentir cierta lástima
pues tengo la certeza absoluta de que más pronto que
tarde será una de las víctimas de los asesinatos
selectivos con que Sharon se ha propuesto rendir a los
extremistas islamistas".
A
continuación explica que "los bombardeos que Israel
descarga a veces sobre las ciudades palestinas", los
cuales, según Israel, son para destruir las fábrica de
armamentos y explosivos, en realidad son "para penalizar
a la población civil por las acciones terroristas de los
fanáticos islamistas".
Luego
de terminar de leer el artículo lo volví a revisar para
ver si no me había saltado algún párrafo donde Vargas
Llosa condena a los palestinos por disparar sus cohetes
Kassam a la ciudad de Shderot y a otros centros civiles
cercanos, donde a veces han caído decenas en un día. No
lo encontré porque no había tal párrafo.