Y es que
corearon proclamas como "Bombardeemos Israel con
armas nucleares" y exhibieron pancartas en las
que se acusaba a Israel de perpetrar una
"limpieza étnica" y se podían leer cosas como
ésta: "¿Tomó nota Israel del Holocausto? Feliz
Janucá". En un momento dado, uno de ellos
espetó a la decena de partidarios de Israel que
se concentraron en la acera de enfrente:
"¡Asesinos! ¡Volved a los hornos! ¡Necesitáis
uno bien grande!".
El
conflicto árabe-israelí levanta fuertes
pasiones, y la frontera que separa la
desaprobación legítima de Israel del
antisemitismo puede que no siempre se distinga
con nitidez. Ahora, cuando alguien urge a los
judíos a "volver a los hornos", está claro que
la raya ha quedado muy muy atrás.
La página
web danesa Snaphanen
reprodujo recientemente un
pasquín repartido en la plaza donde tiene su
sede el ayuntamiento de Copenhague. "Paz con
Israel, ¡nunca! ¡Matemos al pueblo de Israel!",
decía en una cara; y, en la otra, lo que sigue:
"¡Hay que matar a los judíos en cualquier parte
del mundo! Paz con los judíos, jamás.
Simplemente, hay que matarlos estén donde
estén". La ortografía del panfleto dejaba mucho
que desear, pero su exaltación del antisemitismo
genocida no podría ser más diáfana.
Lo
mismo cabe decir de lo que se pudo escuchar en
Ámsterdam en Año Nuevo, durante una
manifestación antiisraelí:
"¡Hamás! ¡Hamás! ¡Los judíos al gas!". En
Bélgica, simpatizantes de la referida
organización terrorista quemaron banderas
israelíes y
menorás y pintaron esvásticas en tiendas
propiedad de judíos. La consigna aireada en las
manifestaciones de
Boston,
Los Ángeles y
Vancouver fue sólo un poco menos vil:
"Palestina será libre desde el río [Jordán]
hasta el mar", que es lo mismo que dice
Mahmud Ahmadineyad con otras palabras: hay
que borrar a Israel del mapa.
Digámoslo
por centesimoprimera vez: los comentarios
negativos sobre Israel no tienen por qué ser
expresión de prejuicios raciales. Israel no es
más inmune a las críticas que los demás países.
Pero se necesita padecer de ceguera voluntaria
para no ver que el antisionismo de hoy, el
rechazo a la existencia de Israel, a la idea de
que el pueblo judío tiene derecho a dotarse de
un Estado, no es más que el collar nuevo del
viejo antisemitismo.
El odio a
los judíos siempre ha sido proteico, se ha
adaptado a las circunstancias de cada momento.
Ha habido épocas en que a los judíos se les ha
puesto en la diana por motivos religiosos: se
les ha acusado –hasta el punto de la
satanización– de asesinar a Cristo y de ser
enemigos de la fe verdadera. Otras veces se les
ha visto como desleal quinta columna que había
de ser reprimida o expulsada, o como una raza
degenerada que debía ser exterminada. En
nuestros días, el odio a los judíos se expresa
de manera aplastante en términos nacionales: es
el Estado judío lo que obsesiona a los racistas.
Como ha
escrito la columnista británica Melanie
Phillips, el antisemitismo primero fue a por la
religión de los judíos, luego a por
los individuos judíos y ahora a por el Estado de
los judíos.
La afirmación de que el antisionismo no tiene
nada que ver con la intolerancia no se sostiene.
¿Se imagina a alguien proclamar con vehemencia
que Irlanda no tiene derecho a existir, que el
nacionalismo irlandés es una variedad del
racismo y que quienes asesinan a irlandeses son
en realidad víctimas dignas de la simpatía del
mundo? ¿Quién entendería esas filípicas como
algo distinto al odio a lo irlandés? ¿Quién
diría que sus propaladores no albergan
prejuicios antiirlandeses?
Por eso,
quienes demonizan y deslegitiman a Israel,
quienes proclaman que el mundo sería mejor si
ese Estado no existiera, quienes ensalzan o
simpatizan con sus enemigos mortales, quienes lo
equiparan con la Alemania nazi y la Sudáfrica
del apartheid o le atribuyen crímenes que no
sólo no ha cometido sino que sufre, esa gente,
sí, es antisemita, tanto si lo reconoce como si
no.
¿Se puede
criticar a Israel? Que sí, claro que sí. Pero
quienes lo critican con estridencia por la
guerra que libra contra Hamás se están alineando
con los más virulentos fanáticos antijudíos.
Pueden decirse a sí mismos que eso no les
convierte en antisemitas, pero se equivocan.
"Cuando la gente critica a los sionistas –decía
Martin Luther King en 1968–, en realidad
están pensando en los judíos. Son antisemitas".