No son muchas
las voces entre intelectuales y políticos que se atreven
a afirmar que el terrorismo es un problema a abordar
desde el realismo y la responsabilidad.
Nos vemos
abocados a una guerra contra el terrorismo que no admite
espacio para la reflexión: por motivos desconocidos
hemos “oprimido” a alguien, y ahora hemos de pagarlo.
La otra
opción, la apuesta por una hipotética solución militar,
puede ser tan estéril como la absurda “Alianza de
Civilizaciones” que pregona el Gobierno de España.
A pesar de que no sea el
camino más fácil ni el más atractivo, se diría que es
recomendable seguir el consejo de Ernst Jünger cuando
sostuvo que "antes de poder actuar sobre un proceso es
preciso haberlo comprendido". El consejo de Jünger cuestiona
algunos lemas tan repetidos como poco razonables acerca del
fenómeno de la violencia terrorista.
No son muchas las voces
entre intelectuales y políticos que se atreven a afirmar que
el terrorismo es un problema a abordar desde el realismo y
la responsabilidad. Nos vemos abocados a una guerra contra
el terrorismo que no admite espacio para la reflexión: por
motivos desconocidos hemos “oprimido” a alguien, y ahora
hemos de pagarlo.
La
otra opción, la apuesta por una hipotética solución militar,
puede ser tan estéril como la absurda “Alianza de
Civilizaciones” que pregona el Gobierno de España, cuyo
Ministro de Exteriores parece haber sido presa del
desequilibrio mental definitivo cuando afirmaba hace escasas
horas que ha habido importantes avances en esta materia; la
realidad es que la lucha contra el terrorismo desde el
apaciguamiento ha avanzado tanto como los derechos humanos
en Cuba.
Obligado a actuar en
función de una serie de valores y principios, hay medidas
contra el terrorismo que Occidente no puede aplicar.
Resulta indudable por tanto, que el
terrorismo disfruta de una ventaja tácita en materia de
derechos y las libertades, que deja para las democracias
liberales para cuya estabilidad constituye la amenaza.
Pero además de esta
novedad, que no existía antes, parte del fenómeno terrorista
en los últimos tiempos viene siendo además la búsqueda de
una reacción estatal desmesurada que vender al mundo para
confirmar la noción de la opresión, consciente de que en un
mundo informativamente globalizado, la guerra de los medios
es tan importante o más como la guerra militar. Es la
dimensión victimista del terrorismo.
Aquellos
que duden de la importancia de este novedoso rasgo harían
bien en revisar las imágenes de niños palestinos lanzando
piedras contra tanques israelíes, incluso a escasas horas de
los muertos víctimas del suicida de turno.
Otro rasgo novedoso del
fenómeno terrorista en el siglo XXI es la imposibilidad de
hablar de él. Mientras que a comienzos del siglo XX no había
ningún problema en hablar del fenómeno del marxismo
leninista, en el siglo XXI se impone una lógica maniquea que
sólo permite razonar libremente con el enemigo. Son muchos
los filósofos que racionalizan el tema en términos de
rechazo generalizado a cualquier planteamiento del problema
en términos de “choque de valores contrapuestos en el seno
de una sociedad multicultural”, pero vemos que muy al
contrario, el relativismo hueco al que reducimos el debate
se aplica únicamente a un lado de la ecuación. El colectivo
norteamericano de expertos en medios de comunicación acaba
de difundir un informe muy útil a estos efectos: comparando
la guerra del verano del año pasado entre Israel y Hezbolá
con la guerra de este verano entre el Líbano y los
palestinos, las agencias de prensa occidentales publicaron
317 circulares acerca del primer conflicto por cada circular
de prensa del segundo. Curiosamente, el 97% de los primeros
y el 85 % de los segundos se pueden clasificar de
“propalestinos”.
El alejamiento de la
realidad que supone tratar el fenómeno terrorista en función
del terrorista expone además que el Estado, con cimientos
rechazados de modo obstinado por sectores
progresistas-anárquicos, es sometido a una suerte de
ilegitimidad que favorece a las acciones y la proliferación
misma del terrorismo: pedimos leyes y contención a las
democracias y sólo a las democracias, y queremos someter a
tribunales de crímenes de guerras a los líderes democráticos
y sólo a los líderes democráticos. Las recientes
declaraciones del actor Javier Bardem, desde Cuba nada
menos, ilustran la idea.
La violencia terrorista,
en sus diversas formas, constituye una de las
manifestaciones más extremas del conflicto por el poder
político de una región, ya sea para adquirirlo, para
ampliarlo o bien para conservarlo. En el terrorismo
confluyen política y violencia con la perspectiva de
conseguir el poder: poder para dominar y someter, para
intimidar y controlar, para forzar cambios políticos y
religiosos. Por tanto, la violencia es la condición sine qua
non de los terroristas, firmemente convencidos de que sólo a
través de la violencia podrá triunfar su causa y de que sus
fines políticos a largo plazo podrán cumplirse así. No son
pocos los colectivos en todo el mundo que tratan de lograr
con bombas lo que no pudieron obtener en las urnas. Aquí
aparece el tercer rasgo del terrorismo del siglo XXI,
relacionado de nuevo con su dimensión mediática: los
terroristas del siglo XXI quieren el poder como sus primos
del XX, pero tienden cada vez más a planear sus operaciones
con el fin de impresionar, asegurándose de que sus actos son
lo bastante arriesgados y violentos como para captar la
atención de los medios y, a través de ellos, del público y
de los gobiernos. El terrorismo que consideramos
indiscriminado y sin sentido tiene pues todo el sentido del
mundo.
El terrorismo del siglo
XXI es el lenguaje para llamar la atención hasta tal punto
que me atrevería a afirmar que sin este elemento, el
terrorismo no existiría hoy. Lo que convierte en tal a un
acto de terrorismo hoy “es que aterroriza”. Los actos a los
que asignamos este concepto son explosiones y ataques
llevados a cabo en lugares y momentos calculados
precisamente para ser advertidos. El terrorismo sin testigos
horrorizados es tan inútil como una obra de teatro sin
público.
Es a este respecto que
aparece el cuarto rasgo definitorio del fenómeno del Nuevo
Terrorismo o terrorismo del siglo XXI: en el debate del
problema terrorista, se recurre abusivamente, con más
frecuencia que nunca, a argumentaciones absolutistas del
tipo "la vida es sagrada" o "toda violencia es perversa".
Este tipo de lemas parecen ser la respuesta al rasgo
anterior: un grupo terrorista perpetra un acto de terror
para llamar la atención y la víctima, si es occidental sobre
todo, difunde una serie de lemas que sólo sirven para eludir
el incómodo deber ilustrado del razonamiento. En una
hipotética situación en la que la violencia aún no hubiera
estallado pudiera ser de alguna utilidad, en la medida que
consiguiera frenarla, un argumento tipo "toda violencia es
perversa"; pero cuando ya formamos parte de la tragedia, no
tiene ningún sentido. Es en esta categoría que encaja la
conocida frase “el terrorismo no funciona”, leída por un
Occidente que no para de hacer concesiones apaciguadoras al
fenómeno islamista. Pregunte
si el terrorismo funciona o no a todas esas organizaciones
palestinas que sin renunciar a destruir a Israel, son de
pronto “socios de paz”.
Aunque vemos que los medios de comunicación son la piedra
angular de cada uno de estos rasgos novedosos ‐ han
aparecido en las cuatro descripciones ‐ no es correcto
culparles de ello. En una atmósfera de competencia extrema
entre los medios por ser el primero en informar, es difícil
anticiparse a ver si se está informando o si se está
sirviendo de títere para el autor material de los hechos.
¿Quién será el primero en recoger el reciente guante de
Osama bin Laden y entrevistar a Al Qaeda? ¿Lo hará alguien
más si no lo hago yo? ¿Tiene algún sentido entrevistar a una
organización terrorista dada a la mentira y empeñada en un
califato global?
El terrorismo del siglo
XXI es un problema sin solución obvia, pero presenta un
rasgo crucial: mientras las relaciones de poder siguen sin
alterarse, la violencia aparece de manera puntual, aquí y
allá, recordando al concepto pre-11 de Septiembre de los
Demócratas norteamericanos del terrorismo como “pequeña
molestia” (Bill Clinton). Esto lo comparte con el terrorismo
del XX.
Pero esto no: en el
momento en que estas relaciones cambian, todo cambia. Lo
hemos visto en Argelia, en la victoria del Hamas palestino y
hasta cierto punto en Turquía. Sucederá de nuevo: si el
siglo XXI comenzó un 11 de Septiembre, la nueva década
comenzará al calor del fogonazo verdoso de la bomba iraní.
Con frecuencia mis alumnos me
preguntan si Occidente sobrevivirá a la innegable
confrontación entre democracia e islamismo. Mi respuesta es
simple: depende de lo que usted llame “Occidente”.
No tengo ninguna duda de que alguna forma de mundo
civilizado prevalecerá. ¿Pero
incluirá España? ¿Gran Bretaña? ¿Seguirán formando parte de
Occidente ciertos barrios parisinos?
La forma que tendrá este Occidente depende de la cantidad de
tiempo que nos cueste comprender el nuevo paisaje de este
conflicto en el que vivimos y viviremos aún muchos años,
tanto si lo queremos seguir ignorando como si no. Europa,
más que cualquier otra región, es la clave misma de esta
guerra postmoderna. Sus incomprensibles
posiciones tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial,
sus políticas erráticas en
muchos casos y la connivencia de alguno de sus gobiernos con
los regímenes involucrados en el terror costarán miles,
puede que millones de vidas inocentes. Será la primera letra
de la hipoteca de seguir simulando que hay paz en la que
vivimos.