Conviviendo con el Terrorismo del siglo XXI
 
 
Por George Chaya para America's Daily/ Diario de America 20/12/2007 
No son muchas las voces entre intelectuales y políticos que se atreven a afirmar que el terrorismo es un problema a abordar desde el realismo y la responsabilidad.
Nos vemos abocados a una guerra contra el terrorismo que no admite espacio para la reflexión: por motivos desconocidos hemos “oprimido” a alguien, y ahora hemos de pagarlo.
La otra opción, la apuesta por una hipotética solución militar, puede ser tan estéril como la absurda “Alianza de Civilizaciones” que pregona el Gobierno de España.

A pesar de que no sea el camino más fácil ni el más atractivo, se diría que es recomendable seguir el consejo de Ernst Jünger cuando sostuvo que "antes de poder actuar sobre un proceso es preciso haberlo comprendido". El consejo de Jünger cuestiona algunos lemas tan repetidos como poco razonables acerca del fenómeno de la violencia terrorista. 

No son muchas las voces entre intelectuales y políticos que se atreven a afirmar que el terrorismo es un problema a abordar desde el realismo y la responsabilidad. Nos vemos abocados a una guerra contra el terrorismo que no admite espacio para la reflexión: por motivos desconocidos hemos “oprimido” a alguien, y ahora hemos de pagarlo.

 La otra opción, la apuesta por una hipotética solución militar, puede ser tan estéril como la absurda “Alianza de Civilizaciones” que pregona el Gobierno de España, cuyo Ministro de Exteriores parece haber sido presa del desequilibrio mental definitivo cuando afirmaba hace escasas horas que ha habido importantes avances en esta materia; la realidad es que la lucha contra el terrorismo desde el apaciguamiento ha avanzado tanto como los derechos humanos en Cuba. 

Obligado a actuar en función de una serie de valores y principios, hay medidas contra el terrorismo que Occidente no puede aplicar. Resulta indudable por tanto, que el terrorismo disfruta de una ventaja tácita en materia de derechos y las libertades, que deja para las democracias liberales para cuya estabilidad constituye la amenaza.

 Pero además de esta novedad, que no existía antes, parte del fenómeno terrorista en los últimos tiempos viene siendo además la búsqueda de una reacción estatal desmesurada que vender al mundo para confirmar la noción de la opresión, consciente de que en un mundo informativamente globalizado, la guerra de los medios es tan importante o más como la guerra militar. Es la dimensión victimista del terrorismo.

 Aquellos que duden de la importancia de este novedoso rasgo harían bien en revisar las imágenes de niños palestinos lanzando piedras contra tanques israelíes, incluso a escasas horas de los muertos víctimas del suicida de turno. 

Otro rasgo novedoso del fenómeno terrorista en el siglo XXI es la imposibilidad de hablar de él. Mientras que a comienzos del siglo XX no había ningún problema en hablar del fenómeno del marxismo leninista, en el siglo XXI se impone una lógica maniquea que sólo permite razonar libremente con el enemigo. Son muchos los filósofos que racionalizan el tema en términos de rechazo generalizado a cualquier planteamiento del problema en términos de “choque de valores contrapuestos en el seno de una sociedad multicultural”, pero vemos que muy al contrario, el relativismo hueco al que reducimos el debate se aplica únicamente a un lado de la ecuación. El colectivo norteamericano de expertos en medios de comunicación acaba de difundir un informe muy útil a estos efectos: comparando la guerra del verano del año pasado entre Israel y Hezbolá con la guerra de este verano entre el Líbano y los palestinos, las agencias de prensa occidentales publicaron 317 circulares acerca del primer conflicto por cada circular de prensa del segundo. Curiosamente, el 97% de los primeros y el 85 % de los segundos se pueden clasificar de “propalestinos”. 

El alejamiento de la realidad que supone tratar el fenómeno terrorista en función del terrorista expone además que el Estado, con cimientos rechazados de modo obstinado por sectores progresistas-anárquicos, es sometido a una suerte de ilegitimidad que favorece a las acciones y la proliferación misma del terrorismo: pedimos leyes y contención a las democracias y sólo a las democracias, y queremos someter a tribunales de crímenes de guerras a los líderes democráticos y sólo a los líderes democráticos. Las recientes declaraciones del actor Javier Bardem, desde Cuba nada menos, ilustran la idea.

La violencia terrorista, en sus diversas formas, constituye una de las manifestaciones más extremas del conflicto por el poder político de una región, ya sea para adquirirlo, para ampliarlo o bien para conservarlo. En el terrorismo confluyen política y violencia con la perspectiva de conseguir el poder: poder para dominar y someter, para intimidar y controlar, para forzar cambios políticos y religiosos. Por tanto, la violencia es la condición sine qua non de los terroristas, firmemente convencidos de que sólo a través de la violencia podrá triunfar su causa y de que sus fines políticos a largo plazo podrán cumplirse así. No son pocos los colectivos en todo el mundo que tratan de lograr con bombas lo que no pudieron obtener en las urnas. Aquí aparece el tercer rasgo del terrorismo del siglo XXI, relacionado de nuevo con su dimensión mediática: los terroristas del siglo XXI quieren el poder como sus primos del XX, pero tienden cada vez más a planear sus operaciones con el fin de impresionar, asegurándose de que sus actos son lo bastante arriesgados y violentos como para captar la atención de los medios y, a través de ellos, del público y de los gobiernos. El terrorismo que consideramos indiscriminado y sin sentido tiene pues todo el sentido del mundo. 

El terrorismo del siglo XXI es el lenguaje para llamar la atención hasta tal punto que me atrevería a afirmar que sin este elemento, el terrorismo no existiría hoy. Lo que convierte en tal a un acto de terrorismo hoy “es que aterroriza”. Los actos a los que asignamos este concepto son explosiones y ataques llevados a cabo en lugares y momentos calculados precisamente para ser advertidos. El terrorismo sin testigos horrorizados es tan inútil como una obra de teatro sin público. 

Es a este respecto que aparece el cuarto rasgo definitorio del fenómeno del Nuevo Terrorismo o terrorismo del siglo XXI: en el debate del problema terrorista, se recurre abusivamente, con más frecuencia que nunca, a argumentaciones absolutistas del tipo "la vida es sagrada" o "toda violencia es perversa". Este tipo de lemas parecen ser la respuesta al rasgo anterior: un grupo terrorista perpetra un acto de terror para llamar la atención y la víctima, si es occidental sobre todo, difunde una serie de lemas que sólo sirven para eludir el incómodo deber ilustrado del razonamiento. En una hipotética situación en la que la violencia aún no hubiera estallado pudiera ser de alguna utilidad, en la medida que consiguiera frenarla, un argumento tipo "toda violencia es perversa"; pero cuando ya formamos parte de la tragedia, no tiene ningún sentido. Es en esta categoría que encaja la conocida frase “el terrorismo no funciona”, leída por un Occidente que no para de hacer concesiones apaciguadoras al fenómeno islamista. Pregunte si el terrorismo funciona o no a todas esas organizaciones palestinas que sin renunciar a destruir a Israel, son de pronto “socios de paz”.

Aunque vemos que los medios de comunicación son la piedra angular de cada uno de estos rasgos novedosos ‐ han aparecido en las cuatro descripciones ‐ no es correcto culparles de ello. En una atmósfera de competencia extrema entre los medios por ser el primero en informar, es difícil anticiparse a ver si se está informando o si se está sirviendo de títere para el autor material de los hechos. ¿Quién será el primero en recoger el reciente guante de Osama bin Laden y entrevistar a Al Qaeda? ¿Lo hará alguien más si no lo hago yo? ¿Tiene algún sentido entrevistar a una organización terrorista dada a la mentira y empeñada en un califato global? 

El terrorismo del siglo XXI es un problema sin solución obvia, pero presenta un rasgo crucial: mientras las relaciones de poder siguen sin alterarse, la violencia aparece de manera puntual, aquí y allá, recordando al concepto pre-11 de Septiembre de los Demócratas norteamericanos del terrorismo como “pequeña molestia” (Bill Clinton). Esto lo comparte con el terrorismo del XX.

Pero esto no: en el momento en que estas relaciones cambian, todo cambia. Lo hemos visto en Argelia, en la victoria del Hamas palestino y hasta cierto punto en Turquía. Sucederá de nuevo: si el siglo XXI comenzó un 11 de Septiembre, la nueva década comenzará al calor del fogonazo verdoso de la bomba iraní.

Con frecuencia mis alumnos me preguntan si Occidente sobrevivirá a la innegable confrontación entre democracia e islamismo. Mi respuesta es simple: depende de lo que usted llame “Occidente”. No tengo ninguna duda de que alguna forma de mundo civilizado prevalecerá. ¿Pero incluirá España? ¿Gran Bretaña? ¿Seguirán formando parte de Occidente ciertos barrios parisinos? La forma que tendrá este Occidente depende de la cantidad de tiempo que nos cueste comprender el nuevo paisaje de este conflicto en el que vivimos y viviremos aún muchos años, tanto si lo queremos seguir ignorando como si no. Europa, más que cualquier otra región, es la clave misma de esta guerra postmoderna. Sus incomprensibles posiciones tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial, sus políticas erráticas en muchos casos y la connivencia de alguno de sus gobiernos con los regímenes involucrados en el terror costarán miles, puede que millones de vidas inocentes. Será la primera letra de la hipoteca de seguir simulando que hay paz en la que vivimos.


George Chaya Copyright 2007/American's Daily US.

Prohibida su reproduccion y/o publicacion total o parcial sin mencionar la Fuente

                                                                                                    

-To subscribe to (or unsubscribe from) George Chaya mailing list, please contact chaya@diariodeamerica.com
-To see a month's worth of his recent columns, go to http://www.diariodeamerica.com/front_notas_list.php?id_autor=188 
-George Chaya welcomes comments and reads all his mail. Unfortunately, he receives so many letters that he cannot answer each one personally.