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De la izquierda... sin-vergüenzaPor Mario Linovesky
Ya a comienzos de 1948, año en el que gracias a la votación favorable de la ONU se establecería legítimamente en el Levante el Estado de Israel, las naciones feudales y antidemocráticas de la región, dueñas casuales de la mayor parte del petróleo que mueve el planeta, decidieron impedir su existencia; o, en todo caso, si tal objetivo no les resultaba asequible, dificultarla al extremo. Lo primero, evidentemente, no lo lograron, puesto que dicho Estado, la patria irredenta de los judíos, tras leer Ben Gurión la proclama independentista, se convirtió en una palpable realidad. Por ello, frustrados, se dieron de lleno a la segunda opción, y para conseguirlo improvisaron una población árabe palestina (huérfana de historia, lenguaje y moneda que pudiesen avalarla) formada por sus propios desarrapados, e iniciaron contra el neonato y mínimo país vecino una guerra traicionera y sin cuartel. Con todo y pese a estar en aquel tiempo mejor armados que el Estado al que atacaban, a más de ser abrumadoramente superiores en número de combatientes, en el campo de batalla las cosas no les fueron para nada bien. Motivo por el cual, para encubrir sus continuas derrotas, buscaron cambiar el escenario y la estrategia echando mano a una publicidad amañada y a todas luces chantajista, la que sin embargo, y por simple necesidad de sus demandados, acabó siendo aceptada por éstos. Y fue así como muchas naciones de esta tierra, (por suerte no todas, seamos justos) debido más que nada a sus particulares intereses o insuficiencias petroleras, agacharon la cabeza y se plegaron a la gran mentira. Una farsa que fue agrandándose cada vez más después de la consolidación definitiva del país judío y que no sólo incluyó el antisemitismo atávico de las derechas del mundo, sino que le agregó la judeofobia proveniente de las izquierdas radicalizadas y prosoviéticas. Y es este dislate (la coincidencia en un mismo objetivo de derechas e izquierdas, por definición antípoda una de la otra), fundamentalmente antijudío, el que preocupa al autor de la presente nota, ahora decidido defensor de la nación cuestionada. Porque, en tanto ex militante de la izquierda institucionalizada del siglo pasado, no alcanza a entender el desvío amoral en el que, al apoyar al fundamentalismo árabe aliándose para ello con sus propios y sempiternos enemigos, han caído sus antiguos camaradas. De cualquier modo y por más esfuerzos que hizo, no consiguió tratar tan grotesco asunto (el giro a la derecha presuntamente diestra por parte de una izquierda ahora verdaderamente siniestra) con la debida seriedad, puesto que, pese a las consecuencias funestas que tal proceder contiene, asimismo carece en absoluto de la seriedad antes mencionada. Y por eso, no le salió nada más sensato que lo que puede leerse a continuación: Los PajaronesMi tío, debido a su temperamento sanguíneo y discutidor, era uno de esos tipos que sacaba de las casillas a cualquiera. A tal punto empecinado en sus afirmaciones, que no tenía empacho en negar, con gestos ampulosos y conminatorios, incluso lo más evidente. Así por ejemplo proclamaba, cuando se daba la ocasión, “que su madre no comía carne, que jamás la había comido, que la carne a ella le daba asco”. Y en alguna cena familiar, cuando queríamos hacerle notar que su forjadora estaba comiendo carne, ahí mismo, frente a nuestros ojos, él daba un fuerte golpe en la mesa y, mirando para otro lado, nos espetaba con furia: -¿Qué insinúan,... que yo soy un mentiroso? Ustedes seguramente se preguntarán qué tendrá que ver, en un artículo que se supone debería estar dedicado a salvaguardar la imagen del judaísmo y de Israel, este cuentito doméstico. Pues tiene que ver y mucho, ya que sirve para comparar. Y por eso, puesto que de comparar se trata, les diré que cualquier similitud del comportamiento de mi tío con el de ciertos hombres de la llamada “izquierda militante”, no es una mera coincidencia. Estos sujetos, mayormente salidos de hogares burgueses, al faltarles el necesario andamiaje para sostener su ideología, buscan también como lo hacía mi tío, por medio de esa clase de actitudes intransigentes, cambiar la realidad acomodándola a lo mínimo de su entendimiento. Atosigados por una bibliografía de suyo indigesta, en la que se entremezclan planteos filosóficos y métodos de pensamiento por doquier, al faltarles la necesaria base intelectual no hesitan en desechar la razón, reemplazándola por la consigna y el grito. Y con esta actitud, gente bien intencionada, que en apariencia lo son o si no tratan de serlo, truecan su condición de sanos militantes, por la de combatientes de cualquier causa que necesite... del ruido. De modo que, sin proponérselo, dejan de ser esos sólidos idealistas que algún día se soñaron, para convertirse en lo que algunos llaman: “idiotas útiles” y a los que yo denomino, con todo respeto eso sí, simples “pajarones”. Dejémoslos un rato tranquilos, luego volveremos por ellos. El señor embajadorEn la ciudad de Buenos Aires, capital de la República Argentina, está acreditado el embajador de un Estado que, por determinación o ineptitud de sus propios dirigentes, no existe. Es el embajador de la conflictuada y también inventada Nación Palestina. Claro que por tratarse el suyo de un “plácet” atípico, el hombre, y su cometido, también lo son. Este señor tiene sus peculiaridades; al punto que su misión no condice para nada con la de los demás diplomáticos acreditados en el país, quienes guardan un necesario bajo perfil y no se muestran prácticamente nunca ante el público. Él, al contrario de sus colegas, es un personaje mediático, más ocupado en demostrar en TV y radios las “atrocidades” que su odiado Israel comete contra el pueblo palestino, que en dedicarse a sus tareas específicas. Dotado de una habilidad histriónica poco común, derrama lágrimas y más lágrimas por su nación pisoteada, mientras que, aprovechando la oportunidad, justifica los ataques terroristas que los suyos hacen a los “judíos” (no usa el término israelíes, sino judíos) para vengarse de los muchos males a los que están sometidos por cuenta de aquellos. Desde luego, no se detiene ahí, acabadas sus diatribas antiisraelíes y judeofóbicas en los medios organiza manifestaciones públicas en apoyo a su causa, y para ello y como necesita de gente que le haga coro y mucho alboroto echa mano a los “pajarones” de la izquierda argentina, que siempre se encuentran predispuestos a gritar lo que se les indique, siempre que sea a voz de cuello. Traigamos entonces de vuelta con nosotros a esos “pajarones”, que habíamos dejado descansando. Para ser puta y no cobrar nada,... más vale ser mujer honradaNo suelen ser más de 100 los que marchan en las dichas manifestaciones, lo que en medio de una población de 36.000.000 de almas, resulta poco significativo. Casi, si constase la objetividad, podría catalogárselos de inexistentes. Sin embargo, cuentan con unos aliados muy poderosos (la TV y algunos diarios argentinos), quienes, con imágenes rústicamente elaboradas y embusteras muestran grupos vociferantes y densamente apiñados, manifestando contra ese tremendo “Imperio” de Oriente Medio llamado Israel. Y allí pues van nuestros “pajarones” portando gigantescas pancartas (podríamos decir, en una comparación matemática, que el tamaño de esas pancartas es inversamente proporcional al de su endeblez ideológica), la keffiyah (el pañuelo árabe que usa ¡¡¡usaba!!! el egipcio devenido en palestino Arafat ¿R.I.P.?) enroscada en el cuello, los puños en alto y las carótidas hinchadas, inmiscuyéndose en un asunto en el que ni siquiera tocan de oído. Ellos, que todo lo que saben sobre el Levante es aquello que leen en la prensa, ellos, que en su vida han visto un palestino de cerca (el propio Señor Embajador es nacido en Rosario, Pcia.de Santa Fe, República Argentina), acceden sin embargo a enrolarse en algo que les resulta totalmente ajeno, y ésto, sin ningún beneficio de inventario. O sea que, por simples metiches, se prostituyen gratis. Sólo, si se quiere, porque los enemigos son Israel y el judaísmo y las órdenes que antaño venían de Moscú, indicaban que había que combatirlos. Y a tal punto llega la estupidez de estos componentes de la izquierda argentina, mayormente estudiantes universitarios, a los que yo denomino “pajarones”, que aún no se han enterado que la Unión Soviética se ha desintegrado hace ya años y que tales órdenes prescribieron por vetustas. Y pensar que hay padres que, ignorantes de que sus hijos andan metidos en tales menesteres, entornarán ensoñadoramente sus ojos e imaginarán decirle a su interlocutor del futuro: Mi hijo, el Doctor...... o el ingeniero, o el sicólogo, o con cualquier otro título de igual valía, lo mismo da. ¡¡¡Ah... profesionales!!!, viejo sueño de la clase pobre sin medios, de la clase media pero con menos medios que la media y también del inmigrante y de todos aquellos que desean para sus descendientes una vida mejor que la que ellos tuvieron. Claro que para cumplir ese sueño, es preciso que nuestros todavía indolentes jóvenes, esos que mañana tendrán una chapa en la puerta, entren a la Universidad. Y ahí es donde comienzan los problemas (grandes problemas), salvo que los mencionados chicos concurran a esos sacrosantos recintos... a estudiar. Lamentablemente, no siempre ocurre así. Vista esta problemática, yo, que en la sociedad soy poco más que nada y que solamente puedo exhibir ante los demás el coraje de expresarme públicamente sobre diversos temas, yo, repito, basado en ciertas cosillas que luego expondré, pongo en duda la tan mentada excelencia de los claustros universitarios. Desde luego que me limito a esos claustros donde se habla mi mismo idioma, aunque me llegan noticias de que en “casas de altos estudios” que se entienden en lenguas que yo no entiendo, ocurre exactamente lo mismo. Obtener un título cualquiera, es una ansiada meta que todos nos proponemos en algún momento de la vida. Para nuestros hijos desde luego, porque para nosotros, los que peinamos canas o nada, ya pasó la hora. A ese efecto, se impone, deberemos anotarlos en la facultad de lo que les apetezca, siempre y cuando estén dispuestos ellos a invertir muchas horas de insomnio y estrujamiento cerebral para, finalmente, conseguir ese título que les dé futuro, lustre y un buen pasar económico. En ningún lado está escrito que, paralelamente, quienes alguna de las carreras terciarias acometen, deban “comprometerse” y “militar” en movimientos a favor de lo que sea. Porque si esas fueran sus verdaderas inquietudes, no hubiesen esperado a ingresar a las “elevadas aulas” para manifestarlas. La gente militante y comprometida, normalmente no descubre en la Facultad ese compromiso, sino que lo digita y asume a más temprana edad. Tenemos por ello dos clases de estudiantes: los que con mayor o menor capacidad van en pos del título y de la chapa y esos otros que ingresan a la facultad porque, vaya a saber con que ignotas maniobras, consiguieron sortear el secundario. Un hecho sumamente fresco, ocurrido ayer nomás, nos ilustra sobre estos últimos: solamente el 7% de los postulantes a la carrera de Economía en una Universidad argentina, supieron que era el FMI, el BCRA (Banco Central de la República Argentina) y el apellido del Ministro de Economía del país. Pues bien (o muy mal), serán estos “desinformados” los que, en vez de estudiar, habrán de convertirse en “militantes comprometidos”. Y como en realidad se anotan en una carrera terciaria sin tener en claro para qué, suplirán esta falencia con su combatividad innata a favor de las mejores causas. Hay algo, sin embargo, que ellos ignoran. Y es que los están esperando. En las mismas escalinatas que conducen al futuro (toda Facultad que se precie debe tener largas escalinatas) ya son seleccionados. Los que los eligen suelen adoptar distintas formas, puede ser un profesor, alguna bella damita o un futuro compañero, quienes, empleando invitaciones irresistibles, sumergirán a nuestro “desde el primer día” frustrado estudiante, en el participacionismo antes mencionado. Y este joven, verdaderamente confundido, evitará en adelante todo acercamiento a libros y apuntes y comenzará a participar en reuniones y asambleas. Y a falta de ideas, optará por las consignas. No sabrá desde luego por qué y para quien lucha, pero ésto carecerá de importancia, lo fundamental, sobre todo para quienes lo mandan, es que grite y cuanto más fuerte mejor. Y de esta militancia comprometida y participacionista, saldrá algo parecido a lo que se detalla a continuación:
FUBA: “Denunciamos al Ejército “Denunciamos la invasión Anglo-Yanqui en Irak y la matanza indiscriminada del pueblo palestino por el Ejército fascista-sionista de Israel. Por eso, apoyamos a los jóvenes Irakies y Palestinos, que enfrentan a los ejércitos más asesinos del mundo”.Lo que antecede no es nuevo ni único entre estos estudiantes zurdo derechistas. Revisando el sitio que la FUBA mantiene en Internet, puede leerse el programa político que la misma ha realizado en setiembre de 2002: Apoyo al pueblo palestino y a la Intifada. ¡Abajo el Estado Sionista de Israel!. Esta cháchara, insuflada de ideología usada en épocas de la guerra fría, multipliquémosla por cuantos Centros o Federaciones Universitarias haya desparramados por ahí. Sean de donde sean y se llamen como se llamen. Porque, sin haber superado después de tantos años el duelo por la defunción de la Unión Soviética, estos “estudiantes antiimperialistas”, que visten vaqueros Levis made in USA y calzan zapatillas Nike de idéntico origen, encausan su frustración aliándose a los peores enemigos que hoy tiene la humanidad. Y ésto, es verdaderamente preocupante. No por la proclama en sí que, viniendo de quien viene, es irrelevante, sino por su proyección a futuro. Porque quienes votaron esta fantochada, algunos de ellos por lo menos, quizá algún día dejen tales boberías de lado y terminen su carrera. Pero, y ésto sí es de temer, el haber firmado algo tan incoherente, tendencioso e injusto deja secuelas. Y seremos nosotros los que, sin saberlo y confiando en su presunta y sí que inestimable formación académica, les encargaremos alguna construcción importante, o los contrataremos para que nos representen como abogados, o pondremos en sus manos nuestra propia vida si acaso se reciben de médicos. Recién entonces, seguramente descorazonados, descubriremos cuan dudoso es el nivel de excelencia... de los claustros universitarios. Y es por eso que, quienes son por ellos abordados u hostigados, teniendo un mínimo de resguardo por su propia integridad ética y moral (autorespeto que le llaman), evitan discutirles y dicen: ...jamás confrontes con imbéciles, indefectiblemente te arrastrarán a su nivel y allí te ganarán por experiencia. ¿Carne como postre?
Mientras ésto sucede en aulas y otros lugares de uso privado o público para sustentar una lucha pretendidamente liberadora, sus beneficiarios, los “resistentes” (palabreja utilizada por la prensa en reemplazo de “terroristas”) islámicos, siguen matando a diestra y siniestra a cuanto civil desarmado deambule por sus cercanías. Visto lo cual las personas independientes, y que afortunadamente abundan en nuestro bendito planeta, deberán replantearse a quien le asiste la razón y a quien habrán de apoyar en cualquier instancia, de ser ello necesario, porque, aunque hoy no lo tengan muy en claro, es su propia vida la que en el futuro estará en juego: al “ofensor” (en este caso el Islam fundamentalista con centenares de millones de potenciales cómplices desparramados por todo el orbe) o al desde su nacimiento “ofendido” (en este segundo caso Israel, con su mínima población y extensión territorial). Habrá que elegir, y sin tapujos supuestamente ideológicos. Como remate, ya que seguir analizando este caso no tiene mayor sentido, apunto: luego de repasar tamaños disparates como los ya comentados en apoyo a un pretendido e improvisado pueblo con tan grande cantidad de genocidas en su integración ¿queda algo por agregar?. ¿Se puede pensar en cosa más surrealista que la militancia seudorevolucionaria de esos jóvenes izquierdosos obscurecidos por el fanatismo?. Frente a semejante barbaridad, ¿no sería más saludable para todos dar una vuelta de página e ignorarlos? Previo, desde luego, de compadecerse con la sociedad que los alberga y tolera democráticamente. Porque encima, ni siquiera son ellos los culpables de su propia incoherencia, ya que, pobrecitos, solamente se han tragado la gran mentira. Los verdaderos artífices, esos que llevan a dicha juventud a jugarse por presuntos y equivocados ideales, como siempre están escondidos en ignotas covachas, escabulléndose del peligro. Y a cuya caza, le moleste a quien le moleste, se ha dado de lleno el Ejército democrático y sionista del Estado de Israel. Ahora bien y refiriéndonos específicamente a los indiscutibles autores de tamaño despropósito: si alguna conclusión se puede sacar de todo lo antedicho, la única conclusión mejor expresado, es que a este mundo injusto, donde la mayoría de sus pobladores viven sumidos en la peor miseria material, “los sufridos” radicales islámicos (esos que montaron el colosal fraude que comentamos) y sus ad láteres, vinieron a agregarle su propia dosis de miseria moral, que empalidece totalmente a aquella. Además, valiéndose de sus consabidas artimañas y siendo como son alumnos aventajados de Moliere, usaron y usan su capacidad dramática únicamente para arrimar agua a su molino; y, ayudados por gobiernos, prensa y ciertas ONG, buscan de paso convencer a algunos despistados, sobre la legitimidad de sus demandas. Lo execrable es que, en muchos casos, lo consiguieron y siguen consiguiendo. Además, aplicando la conocida ley física que proclama la atracción de los opuestos, también lograron, aunque parezca imposible a priori, unir en un mismo frente a los nazis con la extrema izquierda. Y ese frente conjunto, que debiera ser por propia naturaleza ridículo e inviable, representa, junto al Islam expansionista, el mayor peligro que enfrentan hoy no sólo los judíos, sino toda la humanidad. Cosa que ya han comprobado algunas naciones de Europa, a las que con unas pocas bombas (España) y sin bombas aun... pero ésto sólo será cuestión de tiempo (Francia) han puesto, lamentablemente, de su lado. Y ésto no es todo, porque además del comportamiento pusilánime de dichas naciones, y del accionar perverso del Islam expansionista, también se manifiesta como extremadamente peligrosa la obcecación de los individuos particulares, encerrados en convicciones que no son de su cosecha, sino elaboradas por ajenos. Ya que, cuando algo es demasiado evidente y uno siempre creyó en lo contrario, para reconocer que se está equivocado se necesita de un espíritu especial y de una gran solidez moral y ética. Carecientes de ellas, los hombres simples (fundamentalmente y porque los amerita su tortuosa trayectoria, los militantes de la izquierda sin-vergüenza), por supinas razones, prefieren creer en lo que alguna vez se -o los- convencieron, aunque ante sus ojos esté toda la verdad al descubierto. Como la carne que frente a todos nosotros, comía la madre de mi tío.
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