| Totalmente ajeno
al simpático lagarto, pero en
consonancia con sus características para
mimetizarse, “el camaleón siniestro”
sobrevive en los sitios más insólitos e
insospechados, aun en nuestro entorno
más cercano. Y, a diferencia también con
el conocido y colorido bicho, usa tales
dotes de transformación no para
resguardar su integridad, sino, por el
contrario, para acechar y/o atacar a su
víctima. Así, se ha vuelto un peligroso
depredador que se mueve en las tinieblas
y sus acometidas, siempre sorpresivas e
hirientes, entrañan extraordinarios
riesgos para aquellos que las padecen.
Además, y aunque prefiere actuar en las
sombras, no pocas veces se ha salido de
su escondrijo para agredirnos
abiertamente, razón más que valedera
como para estar avisados ante su
sigiloso y constante merodeo, ya que sus
embates resultan ser, a más de
traicioneros, con frecuencia
indefendibles. Más conocido como:
“antisemitismo”, puesto que a él me
refiero, y cuya comparación con el
astuto saurio no constituye más que una
simple alegoría, su presencia en el
planeta viene de muy antigua data. Los
estudiosos del tema le asignan los más
disímiles orígenes. La culpabilidad de
su aparición, según a que tendencia de
pensamiento o interés responda quien lo
asevera, recae en diferentes actores y
situaciones a través de los siglos.
Desde luego, cada vez que parece haberse
llegado al génesis mismo del monstruoso
engendro, siempre emerge algo anterior
que hace desechar la hipótesis.
Ante panorama tan confuso, no sería
por ello aventurado arriesgar nuestras
propias presunciones al respecto. Por
caso, tengo para mí que el nacimiento
del antisemitismo, al que llamo
“camaleón siniestro”, (camaleón por su
ubicuidad y capacidad de permanecer
escondido, y siniestro por su
predilección para atacar solapadamente),
obra en el mismo momento en que aparece
el judaísmo. Aunque esta afirmación
carecerá de sustento, en tanto no sitúe
al energúmeno de marras en un escenario
que le permita desenvolverse; escenario
éste construido sobre un sí que complejo
entramado, pero en el cual sobresalen
dos elementos clave, a saber: 1) el
económico y 2) el religioso. Deberé
entonces indagar (por mi cuenta y
riesgo), en el pasado remoto del hombre,
inquisición que seguramente me llevará a
internarme en aguas procelosas de las
que habitualmente se sale maltrecho y de
la que es posible que reciba más
desengaños que certezas, cuando no burla
o escarnio. Con todo los humanos,
acometan lo que sea, gustan embarcarse
en el ridículo y no veo la razón por la
que yo deba comportarme (valga el
efugio) de manera diferente.
DE TIEMPOS PERDIDOS
Aunque hoy suene disparatado, hubo un
momento de la historia en el que el
hombre fue enteramente feliz,
discurriendo sus días entre sobrevivir y
gozar. No tenía entonces mayores
necesidades que alimentarse y vestirse
y, una vez logrado ésto, dedicarse a la
contemplación hasta que lo despertase un
nuevo hambre. Ese envidiable transcurrir
sin embargo terminó abruptamente, y las
religiones, de uno u otro modo, nos lo
explican refiriéndose a un incierto
paraíso y a una pareja de macho y hembra
no menos inciertos, quienes gracias a un
pecado de insubordinación al Creador
perdieron la condescendencia de Éste y
fueron expulsados de tan cómoda forma de
vida. Por supuesto que muchos filósofos
e historiadores, algo más realistas,
opinan de diferente manera y aseguran
que los males de la humanidad
comienzan... en el momento en que un
primer hombre abandona el colectivismo
circundante, el de compartir lo que se
posee, y declara: “ésto es... solamente
mío”. Si bien pasarán milenios hasta
llegar a la moderna concepción de la
economía, con ese aislado acto comienza
a tomar forma lo que hoy denominamos
interés, egoísmo y especulación en
beneficio propio, sin importar a quien
se desplace o el mal que a ese quien se
le haga.
Antes todavía, en el transcurso de un
período de tiempo bastante impreciso,
habían aparecido nuestros remotos
antepasados. Lapso que las creencias
acomodan en un solo día, pero que le
llevó a la naturaleza millones de años
diseñar. Fue cuando algunos cuadrumanos,
descendientes de simios, comenzaron a
erguirse y a asemejarse a nuestra actual
conformación física. Muy lentamente,
fueron desarrollando su cerebro, el que
les permitiría pensar, discernir y
sentir. Recién entonces, cuando dicho
cerebro alcanzó el tamaño requerido,
adquirieron la autonomía suficiente como
para situarse en la geografía y evaluar
sus necesidades. Pero también se
encontraron en un mundo nuevo, de suyo
imprevisible, que les produjo un
entendible temor, puesto que las
tormentas, los rayos que caían, los
truenos que les seguían, terremotos e
inundaciones, eran fenómenos que su
corta experiencia no se podía explicar.
Un motivo bastante lógico como para que
simultáneamente aparecieran los magos,
hechiceros, curadores y sacerdotes,
quienes, no teniendo más conocimientos
que el común de esos pos-primates, no
obstante concibieron las necesarias
panaceas para superar el pánico de
aquellos. Pero, al mismo tiempo que
calmaban las ansiedades y los miedos de
los que por supuesto se habían
convertido en sus subordinados, estos
incipientes clérigos advirtieron que su
arte podía usarse también como una
poderosa herramienta de poder y presión;
y por ello acabaron
institucionalizándolo, para convertirlo
en lo que hoy día conocemos como:
religión.
Claro que en principio eran muchos
los dioses y también muchos los cultos,
dentro de un marco caótico de actos de
fe personalizados y enfrentados entre
sí; hasta la aparición del patriarca
urita Abraham, con su revolucionaria
tesis del Dios único.
ABRAM-SARAY
Abraham, el primer hebreo, con su
ingenio, consiguió concentrar alrededor
de un Dios ético y solitario la cantidad
de mini credos que cada tribu,
nacionalidad o etnia, iban creando de
acuerdo a sus necesidades. Aún así, y
pese a que con ello producía un sensible
avance en el pensamiento humano,
obteniendo de tal modo la organización
de las muchas creencias que andaban por
allí desperdigadas, al mismo tiempo
dejaba sin sustento a quienes se
aprovechaban de ellas. Éste fue,
decididamente, el primer caldo de
cultivo del encono secular que
despertarían los judíos. Además,
Abraham, aunque ésto toque la fibra
íntima de los hombres de fe (fe =
creencia sin pruebas), fue un dudoso
ejemplo de moralidad. Cuenta la Biblia
que el patriarca, con la anuencia de su
esposa Sara y puesto que ellos dos no
podían procrear, se salió del límite
matrimonial y mantuvo relaciones íntimas
con su sirvienta Agar. Y resultado de
ese acto carnal nació Ismael y de él
derivó la nación árabe; con lo cual,
siglos más tarde y hasta el presente,
después de haber abrazado los árabes el
Islam, se formaría en el ámbito
religioso, por competencia con Isaac (el
hijo legítimo fecundado más tarde por
Abraham y Sara), un antijudaísmo
fanático y de suyo intolerante.
De cualquier manera la inquina contra
los judíos, durante largos siglos,
permaneció en estado de latencia. En
aquellos tiempos unos grupos y otros
estaban ocupados en guerras de conquista
y expansión territorial y cuantas
acometidas sufrieron los hebreos
entonces estuvieron enmarcadas en ese
tipo de beligerancia. El antisemitismo,
en su expresión virulenta, recién
tomaría sus características camaleónicas
y siniestras centenares de años después
y no fueron sino los propios judíos
quienes le dieron asidero.
EL UNGIDO
Creencia o falta de paciencia,
algunos judíos que entonces militaban en
sectas, se llamasen éstas de los
fariseos, esenios o zelotas, denunciaron
los negociados y turbios manejos que
realizaban los saduceos, unos pocos
aristócratas que hacían buenas
transacciones en provecho propio y
habían recibido el manejo del Templo de
Jerusalén por parte de los romanos que
conquistaran la “tierra santa” y que
gobernaban tiránicamente la región. Y
por tal razón fueron detrás de un rabino
que tuvo la osadía de enfrentarse tanto
al invasor como a los traidores locales
y que según registra la tradición se
llamaba Ieshu o Ioshúa (castellanizado:
Jesús). Este hombre, se cuenta, tuvo el
suficiente predicamento sobre una parte
importante del pueblo judío como para
que esas gentes lo siguieran
devotamente; pero al mismo tiempo
enfrentó a la casta sacerdotal y al
poder romano. Y quien enfrentaba a los
sacerdotes acomodados y a Roma, era un
seguro condenado a muerte. Fue entonces
cuando se produjo el quiebre más
sensible de la historia del hombre,
siendo el rabino Jesús crucificado, una
pena que aplicaban exclusivamente los
romanos y cuyo objetivo era amedrentar a
los revoltosos y mantener dócil al
pueblo. Además, cansados muchos de
aquellos judíos de la corrupción
reinante por parte de su clero, se
convencieron que había llegado la hora
del advenimiento del “Mesías”, un
“ungido” por el Dios único que vendría a
gobernarlos y guiarlos y cuya llegada
anticipaba la religión judía desde sus
mismos orígenes. Justamente la palabra
hebrea “Mashiaj” (Mesías), así como la
griega “Christós” (Cristo), nombre que
se le adosó más tarde al rabino Jesús,
significan: “ungido” y se las usa por:
elegido.
Puestas así las cosas, los judíos que
seguían al ahora llamado Jesucristo se
separaron de las creencias primigenias
de su pueblo y fundaron una nueva
religión. La misma se basaba, si bien
nunca renegaron del Antiguo Testamento,
esencialmente en la muerte violenta y la
posterior resurrección del que ellos
creían era el auténtico Mesías. Motivo
por el cual necesitaban un culpable de
su crucifixión. Endilgarle la culpa a
los verdaderos asesinos, los romanos,
quienes con sus poderosos ejércitos
mantenían en sumisión al total de los
judíos, seguramente que les reportaría
tormento o muerte; por lo que,
precavidos y astutos, optaron por acusar
a sus propios correligionarios. Además,
pasados unos 60 años de esta flagrante
traición fraterna y pese a que todavía
se consideraban judíos, ciertos adeptos
a la neonata creencia escribieron Los
Evangelios, y con ellos se separaron ya
definitivamente de su tradición
milenaria. Como derivación lógica, la
acusación de “deicidio” que le hicieran
a sus antepasados, devendría en
violencia hacia éstos y sus
descendientes, cosa que ocurrió y
seguiría ocurriendo cada vez con mayor
asiduidad, en tanto el cristianismo
siguiese esparciéndose entre las
naciones. Tampoco los romanos en aquella
época dejaron de acosar a los judíos,
puesto que no admitían que ellos se
mantuviesen fieles a sus creencias y no
aceptasen las del imperio invasor.
Viniese de uno u otro lado, la
inquina hacia los judíos, tanto por
parte de Roma como de los cristianos,
les significó a los primeros persecución
y muerte, de las que no se librarían en
más de 2000 años. Y así el antisemitismo
quedaba instaurado y habría de volverse
cada vez más siniestro con el paso del
tiempo. Pero hubo más.
ENTRE BOSTA DE CAMELLO
En el siglo VII Mahoma, un camellero
nacido en Meca y residente en Medina,
ambas ciudades de la actual Arabía
Saudita, se autoproclamó profeta,
aseguró haber tenido una revelación de
Dios, al que llamó Alá, e inventó el
Islam. Así como el cristianismo, la
flamante creencia, aunque en sus
empieces tuvo escaso predicamento entre
la gente eligió la expansión,
contrariamente a lo que hizo el
judaísmo, que no buscó ni tampoco aceptó
nuevos acólitos. Y acabó imponiéndose en
una vasta zona del Asia Menor y del
Oriente Próximo, un poco por su
capacidad guerrera y otro poco porque
representaba una explicación entendible,
aunque fatalística y fanática, para los
hombres desesperanzados del desierto.
Pero no se detuvo en ello, además, en su
proselitismo desbocado, tanto Mahoma
como sus seguidores pretendieron hacer
desaparecer al judaísmo llamando a los
seguidores del Pentateuco a unírseles en
el Islam, cosa que éstos, desde luego,
no aceptaron. Provenientes además los
mahometanos de los cultos paganos de la
antigüedad y no teniendo mayores
elementos para conformar una religión
moderna, hicieron una trapisonda
histórica y basaron gran parte del nuevo
credo en la tradición judía,
apropiándose también de los personajes
que daban vida humana al “Viejo
Testamento”. A Abraham lo transformaron
entonces en Ibrahim, a Moisés en Musa, e
inclusive, para no entrar en reyertas
con el ya impuesto cristianismo, al
propio Jesús, aunque no le reconocieron
la categoría de Mesías o Hijo de Dios,
lo proclamaron profeta del Islam. Y fue
así como el pueblo judío, resuelto a
mantenerse fiel a sus creencias pese a
amenazas y conminaciones, terminó
ganándose un nuevo y definitivo enemigo.
Comenzó tras ésto una historia de
persecuciones, tormentos, muertes y
expulsiones, de la que el pueblo de
Abraham no ha conseguido librarse hasta
el presente, aun cuando “el camaleón
siniestro” (el antisemitismo o
judeofobia) haya tomado entonces una
nueva forma.
MEDIOEVO Y EDAD MODERNA
El registro de hechos fatales
ocurridos contra los judíos es
apabullante y por lo tanto habré de
mencionarlos en forma sucinta, porque
llevaría libros detenerse o tan sólo
nombrar a cada uno de ellos. Si bien los
hubo anteriores, como el caso de las
Cruzadas, cuando los nobles cristianos
medievales, con el pretexto de liberar a
Jerusalem de manos de los turcos
otomanos transitaron Europa y en el
camino fueron, lúdicamente, matando a
cuanto judío encontraron a mano, un
hecho resultó paradigmático para
reflejar la violencia que le esperaba a
los israelitas en el futuro. Fue la
quema del Talmud, al que se acusó de
brujería, en una plaza de Grève
(Francia) en 1242, quizá el primer acto
público teniendo por protagonista al
antisemitismo y que preanunciaba lo que
vendría en adelante. Y adelante vino la
Inquisición de Torquemada y la posterior
expulsión de los hebreos de España y
Portugal; y luego de que Lutero clavara
sus 95 famosas tesis en el pórtico de la
iglesia de Wittemberg dando inicio a la
Edad Moderna y al protestantismo,
comenzaron los progromos antijudíos
(alentados por ese clérigo y sus
seguidores) en la convulsionada Europa;
a un mismo tiempo, en el ámbito de la
letra escrita, se proclamó el
antisemitismo explícito y
seudocientífico por parte del francés
Joseph Arthur, Conde de Gobineau y del
alemán Dühring; hubo paralelamente la
falsa acusación de traición a la patria
al oficial judío francés Dreyfus;
ocurrieron más tarde las persecuciones
en la Rusia zarista; y todo ello derivó
en el genocidio alemán, donde la mitad
del “pueblo del libro” fue exterminada.
Y como consecuencia de ésto último, vino
la pretendida indemnización a los
sobrevivientes de la nación masacrada
por parte de un mundo que había
permanecido callado mientras contemplaba
la matanza y que en realidad e
irónicamente no constituyó ningún
regalo, sino una devolución de lo que
les pertenecía desde siempre: la
milenaria, bíblica,... y judía, Tierra
de Israel.
ERETZ ISRAEL Y EL NUEVO
ANTISEMITISMO
El 14 de mayo de 1948, cuando David
Ben Gurión lee en Tel Aviv la proclama
por la que el Estado de Israel se
declara independiente, de nuevo el
antisemitismo entra en acción, esta vez
de la mano de las naciones árabes
vecinas y con un ropaje diferente.
Aunque aquí habría que separar, puesto
que el susodicho antisemitismo no es uno
sólo sino que son varios, dos en
especial. Por un lado está el
antisemitismo atávico, el de las gentes.
Tan incrustado en ciertas culturas, que
supondrá muchas dificultades erradicar.
Este antisemitismo tiene raíces
múltiples y conlleva tanto la acusación
de deicidio que hicieran unos judíos a
otros judíos ya comentada anteriormente,
así como todas las demás falsas
imputaciones posteriores que incluyen
las difamaciones del Islam, los “libelos
de la sangre” inventados por los
“nobles” canallas del medioevo y los
malhadados Protocolos de los Sabios de
Sión, cuya elaboración corresponde a la
Ojrana (la policía secreta del Zar). Tal
antisemitismo hereditario, que viene de
muchas generaciones, es individual y
está basado en el odio a algo que
evidentemente se desconoce. Por lo tanto
es irracional y en apariencia
indestructible, ya que los que odian
porque sí, no precisan ni atienden
razones. Pero en su esencia no es el más
peligroso, o por lo menos no tanto como
el antisemitismo institucionalizado, que
responde a motivos de índole económica y
religiosa.
He pretendido resaltar estos dos
últimos conceptos, puesto que para mi
modesto entender ambos son cómplices en
la sumisión de los pueblos. Uno se
complementa con el otro y los dos son la
forma más acabada de ejercer el poder. Y
a los dos han molestado siempre los
judíos y por tal los eligieron como
chivo expiatorio, tanto los
beneficiarios de las fortunas personales
y generalmente malhabidas, así como los
prelados de todo signo que los sirven
devotamente a cambio de sabrosas
tajadas.
Pues bien, de acuerdo a lo antedicho
y por más teorías que anden por ahí
sueltas, podemos ahora poner todas
juntas en una coctelera y, de su mezcla,
sacar una sencilla conclusión: el
“antisemitismo”, es “sólo” un
instrumento de autodefensa... de los
aprovechadores del esfuerzo de las
gentes. No constituye novedad que a los
pueblos, o mejor dicho a la plebe, si es
que se la mantiene convenientemente
hambreada e inculta, se le puede
fácilmente hacer creer cualquier cosa. Y
esa cualquier cosa, debido a los motivos
explicados, recayó en acusaciones
mendaces al judaísmo, base de la cultura
desarrollada por la humanidad a través
de los siglos y de la moral y la ética
que rigen, aunque sin mencionar a su
verdadero progenitor, la organización y
las leyes de la sociedad moderna.
LOS PERROS
Un dicho que algunos atribuyen al
hombre de campo argentino y otros al
gracejo español, habla de: “soltar los
perros”, frase que implica, en este caso
particular, que el hombre acorralado y
solitario, que vive única y
exclusivamente para su beneficio
personal aprovechándose del ajetreo
ajeno, usa tales animales como
instrumento de resguardo a su propia
integridad si es que algo legítimamente
sus siervos le reclaman. En nuestro caso
los poderosos, cuando presienten
peligrar sus privilegios y/o
faltriqueras, sueltan los perros (el
populacho) contra quien eligieron por
víctima. Y esa víctima, que fue
preparada ante el vulgo a través de los
siglos, es, lamentablemente para
nosotros, el judaísmo. Porque a
diferencia de otras minorías a las que
también se podría atacar, los judíos,
pese a todos los golpes recibidos a lo
largo de la historia, permanecen
tozudamente aferrados a sus tradiciones
y a su cultura. Vale decir que su forma
de ser y de pensar representa esa cosa a
la que llamamos “libertad” y a la que ni
con palos, espadas o cañones, han podido
hacerlos renunciar. Y con ésto hay
suficientemente dicho, porque el que
manda no acepta, por ningún motivo, al
que se manifiesta “libre” sin su
especial venia. Y si no fijémonos en la
historia de la shoá. Desde Hitler para
abajo, todos los ejecutores materiales
de la matanza sistemática de judíos (los
perros de la ultra derecha) han sido, de
una manera u otra, castigados o raleados
de la sociedad. No así los verdaderos
beneficiarios de aquel genocidio, los
genuinos autores intelectuales del
mismo, que siguieron gozando de sus
privilegios y negocios, llámense Krupp,
Messerschmit y tantos otros como ellos,
que mantienen su condición de señores
muy poderosos, aun en la actualidad.
Llegados a este punto y por un error
que hoy seguramente lamentan los muy
pudientes, permitieron, en un momento de
relajo, el establecimiento del Estado de
Israel. Habrán pensado entonces que con
ello lavaban su conciencia y que dicho
país desaparecería en menos de lo que
canta un gallo. Se equivocaron y mucho.
Porque Israel y los judíos, poniendo en
funcionamiento sus cerebros y músculos,
se transformaron en una potencia. En un
gigante moral lamentablemente con cuerpo
de enano, pero al que países
colosalmente grandes, ricos,
superpoblados y armados hasta los
dientes, temen hasta más allá de lo
lógico y honorable.
De cualquier manera sería ilusorio
pensar que quienes gobiernan la economía
del mundo, sean del signo que sean,
habrán de quedarse quietos si algo los
incomoda, o presienten una posible
pérdida de poder o de dinero. En ese
momento no titubearán y soltarán los
perros, tal como lo han hecho a través
de miles de años. Y esos perros, nos
guste o no, sienten una especial
predilección por nuestra carne judía.
¿Vale entonces dejarse ganar por el
pesimismo y bajar los brazos?. De ningún
modo. Hoy, mal que les pese a quienes
nos vilipendian, los judíos tenemos
nuestro propio Estado, encima potencia
nuclear, en el que podemos ampararnos y
también defendernos. Por lo cual debemos
centrar nuestros esfuerzos en
consolidarlo y vigorizarlo hasta donde
podamos y más allá aún, porque es
nuestro único bastión de sobrevida. Y,
que de ésto no quepa ninguna duda,
cuando haya que pelear porque nos
atacan, aunque algunos nos critiquen,
pelearemos. Lo que ocurra después,
solamente el futuro podrá dilucidarlo. |