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LAS GUERRAS DE ISRAEL
El derrotismo occidental
Por Marcelo Birmajer11 de septiembre de 2006
Recién estaba menguando el horrible sonido de los misiles cuando ya
buena parte de la prensa occidental, incluyendo una porción de la
prensa israelí, decretaba que la segunda guerra del Líbano había
sido ganada por Hezbolá. Comencemos por decir que esta guerra no ha
sido ganada por ninguno de los dos bandos, y clarifiquemos a qué nos
referimos con "dos bandos".
El primer bando está conformado por Irán, Siria, Líbano y Hezbolá, y
su objetivo es la destrucción del Estado judío. El segundo bando
está constituido por Israel, y su objetivo es su supervivencia. La
guerra la inició el primer bando, y no logró su cometido. No podemos
hablar de ganadores ni perdedores, apenas de una batalla en la que
Israel, como siempre hasta hoy, salió fortalecido.
Es cierto que en cada guerra Israel paga costos dispares: la de
Independencia le costó el 1% de su población judía, pero a cambio
consiguió la primera expresión de soberanía nacional judía en 2.000
años. Entre el 48 y el 56, aunque no existió ninguna guerra con el
nombre de tal, el terrorismo árabe y palestino se cobró la vida de
mil civiles judíos dentro de las fronteras del Estado de Israel. La
represalia a gran escala por parte de Israel llegó con el operativo
Kadesh, en el mismo 1956, con muy pocas bajas por parte del Ejército
(Tzahal), pero a un costo político sin precedentes: el rechazo a la
maniobra por parte tanto de EEUU como de la URSS, los dos países a
cuyas manos levantadas debían los judíos la aprobación en la ONU de
su moderno Estado, en 1947. En el 67 el mundo todo habló de un
definitorio triunfo militar, pero desde ya deberíamos relativizarlo:
los judíos de Israel no lograron imponerle la paz a sus enemigos
jurados, y además "compraron" el conflicto aún irresuelto de un
millón y medio de palestinos "administrados".
A lo que quiero llegar con este mínimo recuento es a que Israel no
ganó ninguna de esas guerras en el mismo sentido en que ganaron los
Aliados a Hitler, y no se ha retirado en ningún momento como EEUU de
Vietnam o los franceses de Argelia. Nunca los enemigos de Israel
aceptaron una derrota incondicional como lo hicieron los nazis, ni
Israel pudo retirarse del modo en que lo hizo EEUU de Vietnam o
Francia de Argelia.
Respecto a su incapacidad para imponer a sus enemigos la aceptación
de la paz, el motivo es que, a diferencia de lo ocurrido durante la
Segunda Guerra Mundial, Israel no cuenta con aliados
incondicionales. En el 73, por ejemplo, cuando, luego del
traicionero ataque de Egipto y Siria, los judíos del Medio Oriente
recuperaron el resuello y se lanzaron hasta los bordes de Damasco y
El Cairo, fue precisamente la mano del aliado norteamericano, y el
amenazante abrazo del por entonces oso nuclear soviético, lo que
impidió al Tzahal destruir el Tercer Ejército egipcio.
El doctor Kissinger, a contrapelo de buena parte de sus teorías
acerca de la contención, siempre ha sostenido que fue la
recuperación del orgullo lo que permitió a Sadat viajar al
Parlamento israelí (Knesset) en el 77, y que la conservación del
Tercer Ejército fue clave en esta curiosa caricia al ego egipcio.
Sin embargo, ¿qué habría ocurrido si el aliado americano hubiera
permitido a Israel destruir el Tercer Ejército? Simplemente, habría
sido un escenario mucho más parecido al del búnker berlinés bajo la
bandera de la hoz y el martillo en abril del 45.
En cuanto a retiradas como las protagonizadas por EEUU y Francia en
Vietnam y Argelia –como falsamente se ha querido comparar la
situación de Israel en el Líbano y los territorios palestinos–, es
imposible, por la sencilla razón de que Israel nunca colonizó el
Líbano ni los Territorios, ni se sitúa a miles de kilómetros de uno
y otro: son sus vecinos y amenazan su existencia.
Líbano fue uno de los seis países que atacó al Estado judío el día
de su creación, y lo ha hostigado desde entonces con toda clase de
ataques terroristas: de fedayines, de la OLP y más tarde de Hezbolá.
¿Acaso no se retiró Israel en el 2000? ¿A dónde más podría
retirarse? ¿Y cómo? En cuanto a los Territorios, ¿no se retiró
Israel de Gaza?
¿Cuál hubiera sido la respuesta de Washington si, luego de aquella
patética retirada del 75, con civiles y soldados colgados de las
patas de un helicóptero, los vietnamitas no hubieran tenido mejor
idea que asesinar a ocho soldados norteamericanos en la frontera
soberana de EEUU, secuestrar a otros dos, llevarlos a Vietnam y
bombardear con misiles poblaciones norteamericanas? ¿Cuál hubiera
sido la respuesta de De Gaulle si, al día siguiente de su
dificultosa salida de Argelia –casi le cuesta la vida a manos de un
fanático francés–, los independentistas argelinos hubieran atacado
Francia del mismo modo? Las respectivas victorias militares, en
ambos hipotéticos casos, habrían sido fulminantes y definitivas, sin
reparar en civiles ni reglas. El mundo las hubiera convalidado, con
enunciaciones oficiales y silencio.
Pero Israel no cuenta con la legitimidad internacional necesaria
para infligir a sus enemigos una derrota incondicional; por otra
parte, en una batalla defensiva como la que acaba de librar contra
Hezbolá, la propia ética judía impide al Estado derrotar a sus
enemigos al costo que lo hicieron los Aliados con los nazis o del
modo en que los norteamericanos mantuvieron durante años la guerra
de Vietnam.
Recordemos que cuando las falanges libanesas masacraron a centenares
de palestinos en el Líbano (1982), la primera y más numerosa
protesta del mundo surgió en el propio pueblo de Israel: más de
400.000 personas (el 10% de la población de judía de Israel en aquel
entonces) marcharon en defensa del pueblo palestino. De modo que, en
los conflictos que involucran a civiles –involucrados por Hamás y
Hezbolá, en los respectivos casos–, una victoria militar decisiva es
imposible, en primer lugar porque los propios judíos de Israel
soportan el peso del conflicto con tal de no comportarse igual que
sus enemigos. Y, por supuesto, buena parte de los judíos de la
Diáspora destacamos el comportamiento excepcional de Israel en este
aspecto: si en algo hay consenso, desde las explícitas declaraciones
del primer ministro Olmert hasta la mayoría de los judíos de la
Diáspora, es que siempre consideramos la muerte de los civiles como
una derrota, sean del bando que sean.
Hay una minoría de periodistas, no obstante, entre los que hay
judíos, que secundan como justificada la decisión de Hezbolá de
utilizar civiles como escudos humanos y que consideran civiles a los
terroristas de Hezbolá, pero combatientes a los civiles israelíes.
Fue curiosa, en estos días de saturación mediática del conflicto, la
dificultad para individualizar a los combatientes de Hezbolá.
Hemos visto fotos de soldados israelíes en todas las posiciones
imaginables: rezando, sonriendo, comiendo, conversando, disparando,
siendo heridos, muriendo… Pero, excepto por Nasralá y sus payasescos
discursos (semejantes a los de los líderes iraquíes de la era Sadam),
¿dónde estaban los terroristas de Hezbolá? Personalmente, no creo
haber individualizado a uno solo en las decenas, quizás centenas, de
horas que pasé frente al televisor observando este horripilante
desfile de muerte. ¿Es que los periodistas les tienen miedo? ¿O es
que pretenden confundirse con los civiles hasta el punto de que no
se los pueda distinguir como combatientes? Lo ignoro: lo cierto es
que Israel presentó con toda claridad quiénes eran sus soldados y
quiénes sus civiles.
La imagen de los jovencitos dando su vida para que todos los judíos
del mundo vivamos en libertad no se me olvidará jamás. Como tampoco
la terrible muerte del hijo del escritor israelí David Grossman,
cuyo dolor no podemos ni siquiera comenzar a imaginar.
La prensa antisionista comenzó su visión del conflicto acusando a
Israel de expansionista y genocida, para pasar inmediatamente a
tildarlo de Estado débil, en retirada y vencido por Hezbolá. Cuando
Israel se defendió lo acusaron de agresor, y vertieron lágrimas de
cocodrilo por los civiles a los que Hezbolá obligaba a servir como
escudos humanos, en lugar de reclamar el desarme de Hezbolá y la
intervención del Estado libanés en defensa de sus civiles. En cuanto
Israel acató el alto el fuego para que no murieran más civiles, las
mismas voces hablaron de una derrota israelí. Cuando se defienden,
son genocidas. Cuando aceptan una tregua para proteger a los civiles
del otro bando, son los derrotados.
Ya en el 2000, cuando el ejército de Israel abandonó hasta el último
milímetro de tierra libanesa, circuló la versión de que el estallido
de violencia palestina se debía a que los terroristas de Hamás se
sentían envalentonados por los "resultados" obtenidos por Hezbolá.
En la televisión argentina hemos visto a un jeque islámico sostener
al mismo tiempo que Israel era un Moloch sediento de sangre humana y
que había sido "corrido" del Líbano por Hezbolá. Igual a los
argumentos nazis: los judíos son los dueños del mundo y una raza
inferior, al mismo tiempo.
No cabe ninguna duda de que el poderío militar israelí podría haber
arrasado con el Líbano todo y destruir por completo a Hezbolá. La
imposibilidad no es objetiva sino subjetiva: los israelíes no están
dispuestos a cargar en su conciencia con las pérdidas de vidas
civiles que una victoria de esta naturaleza implicaría. Y creo que
esta limitación debe ser rescatada como una de las mayores fuerzas
del Estado judío, la fuerza ética que lo alzó de entre las cenizas y
la arena y, mucho más que sus armas, le ha permitido supervivir a lo
largo de tantos ataques y contratiempos.
Los iraníes y los iraquíes se mataron por cantidad de un millón a lo
largo de diez años; Asad padre mató entre veinte y treinta mil
sirios en el 82, y luego los asfaltó, construyendo una carretera
sobre sus cadáveres; en ninguno de estos casos los países en
conflicto se jugaban su supervivencia. Los judíos del Medio Oriente,
en cambio, prefieren vivir a la expectativa antes que renunciar a
sus principios éticos. Y esa es la causa principal por la cual hoy
Hezbolá sigue existiendo.
Dentro del propio Israel, por supuesto, no han faltado las
discusiones, pero ¿cuándo han faltado? Ben Gurion sufrió el ataque
de los intelectuales judíos a lo largo de toda su vida: lo acusaron
de autoritario, incluso de totalitario, desde luminarias como Martin
Buber hasta profetas del autoodio como Hanna Arendt. Hoy nos
encontramos con periodistas judíos argentinos que nos informan de
que, para la prensa israelí, "Israel perdió por knock out". Lo dicen
con alegría, con el orgullo de hablar en contra de Israel siendo
judíos; se solazan con la muerte de sus hermanos.
Pero, volviendo a la racionalidad, ¿a qué prensa israelí se
refieren? El Jerusalem Post no opina lo mismo que el Haaretz, y el
Yediot Ajaronot no coincide con ninguno de los dos primeros. Para
colmo, en cada uno de esos periódicos, independientemente de la
línea editorial, conviven plumas de ideologías simétricamente
opuestas.
No es que en la democracia israelí haya una crisis política y del
lado de Hezbolá y el Líbano reine la armonía. Es que Israel,
precisamente, es una democracia, y la gente se queja y protesta sin
temor. Y del lado libanés existe un totalitarismo sui géneris cuyos
regentes son Hezbolá, Siria e Irán, y al que habla lo matan. No es
una metáfora ni un subterfugio: si algún dirigente libanés se atreve
a sugerir, por ejemplo, firmar la paz con Israel, lo matan.
Literalmente.
¿Alguien se imagina, por ejemplo, algún funcionario sirio
sugiriendo, por fuera del conocimiento de Asad Jr., firmar la paz
con Israel, como lo ha sugerido, en estos días pasados de agosto, el
ministro de Seguridad Interior de Israel, Avi Ditcher? Lo que la
prensa que resalta la propuesta de Ditcher como opuesta al
"belicismo" de Olmert (al que la mitad de los israelíes acusan de
"demasiado flojo con Hezbolá" y la otra mitad de "demasiado duro" o
improvisado) olvida señalar es que la misma propuesta la hicieron,
como primeros ministros de Israel, Isaac Rabin, Simón Peres,
Benjamín Netanyahu y Ehud Barak. Los cuatro ofrecieron a Asad la
retirada del Golán a cambio de una paz completa entre los dos
países. Asad padre respondió con la negativa en los cuatros casos.
Lo de Ditcher, entonces, no es ninguna novedad: la novedad sería que
Asad hijo aceptara la propuesta. Que viajara a la Knesset, como
Sadat. Que dijera, como Sadat: les damos la bienvenida al Medio
Oriente.
A diferencia del triunfo contra la bestia parda nazi, la
intelectualidad occidental está hoy más preocupada en defenestrar a
sus líderes democráticos que en defenderse contra la bestia negra:
el fundamentalismo islámico.
Los israelíes se han quejado de todas y cada una de sus guerras:
desde la de Independencia hasta la última del Líbano. Se han quejado
cuando el mundo ha dicho que han ganado y se han quejado cuando el
mundo ha dicho que han perdido. Ben Gurión amonestó severamente a
Rabin en la víspera de la guerra del 67: lo sacudió de un modo
brutal, acusándolo de poner en riesgo la existencia del Estado
judío. Todavía siguen saliendo libros israelíes contra el
establishment que sacó victorioso a Israel de la horrible guerra del
73. Todas las guerras son horribles para los judíos. No nos gusta la
muerte. No nos gusta matar, ni que nos maten. Vivimos cada guerra
como un fracaso, sea cual sea su resultado, porque nuestras
verdaderas ansias son por un mundo sin guerras.
Pero las discusiones más altisonantes que sustanciales de los
israelíes no significan que hayan perdido, piensen lo que piensen
incluso ellos mismos. Los enemigos a los que hoy se enfrentan son
geográficamente vecinos e irracionalmente judeófobos: su principal
función en el mundo es matar judíos, y eso hace muy difícil el
pensar hoy una solución. Pero mucho peor estábamos antes de que se
creara Israel, y sin embargo se logró.
MARCELO BIRMAJER, escritor argentino. Coautor de En defensa de
Israel.
fuente:
http://exteriores.libertaddigital.com/articulo.php/1276232269
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