Uruguay, 25 de junio del 2004

El elogio al tigre
Por Ricardo Ayestarán


Tali estaba contenta, después de cuatro hijas mujeres al fin estaba
embarazada de un varón. Su gestación de ocho meses había sido normal y la
alegría de su marido por el primer varón después de tantas niñas aumentaba
su felicidad. Con 34 años cumplidos, Talí pensaba que este varón seguramente
sería definitivamente el benjamín de la familia Hatuel. Tali trabajaba como
asistente social en el Servicio de Educación y Asistencia de la Central
Regional, y estaba acostumbrada a salir a hacer diligencias sola o con sus
hijas, como pretendía hacerlo ese domingo de mayo de 2004. Después de hacer
las compras para la semana pensaba ir a votar con las niñas antes de volver
a su casa. La carretera estaba tranquila y vacía. Y aunque le había parecido
escuchar algo familiarmente inquietante minutos antes, espantó los malos
pensamientos con un gesto singular de su hermosa cabeza morena, y apretó un
poco más el acelerador del automóvil.
Súbitamente oyó el sonido desagradable y ominoso de una Kalashnikov. No era
la primera vez que las oía ni que sentía las balas cerca, pero esta vez
ocurrió lo que nunca antes había pasado. Un agudo dolor primero en el brazo
y luego en el pecho la dejaron casi sin conciencia. Tali se dio cuenta que
estaba malherida. A pesar del dolor,  la sorpresa, y la angustia del momento
que la impulsaba a escapar, se dio cuenta que no iba a poder seguir
conduciendo y corría gran riesgo de estrellar el auto y dañar a sus hijas.
Hizo un esfuerzo y detuvo el coche al borde de la carretera. Respiraba con
dificultad y su vista comenzó a nublarse. Pensó en su marido....
Fue entonces cuando los vio. Dos sombras masculinas se acercaban velozmente
a pie por la carretera hasta donde estaba el coche detenido con Tali y sus
cuatro hijas. Pensó que tal vez podría negociar con ellos, después de todo
no era mas que una mujer embarazada y unas niñitas desarmadas. Comenzó a
perder la conciencia. Quiso abrir la puerta pero no pudo.
Los hombres se detuvieron en silencio al lado de su ventanilla. Talí abrió
la boca pero no llegó a emitir ni un sonido. El disparo a quemarropa le
partió el parietal izquierdo y un segundo balazo le deshizo lo que quedaba
del hueso, por lo que su cerebro y sus meninges se desparramaron encima de
su hija mayor, Hila de 11 años, que estaba a su lado en el asiento delantero
del coche. La niña comenzó a gritar enloquecida de pánico y dolor, junto con
su hermana Hadar de 9 años,  al ver la cabeza de su madre destrozada en su
regazo.
Uno de los hombres disparó una corta ráfaga de ametralladora y ambas chicas
se desplomaron como marionetas con los hilos cortados. El silencio reinó por
un instante en medio del polvo de la carretera desierta.
Roni tenía siete años aunque aparentaba un poco más. La niña estaba en la
parte de atrás del coche e intuitivamente trató desesperadamente de evadirse
de la realidad y pensó que podía salvarse pegándose al piso del coche boca
abajo para no ver nada de lo que ocurría.
La acribillaron por la espalda.
Al menos queda, infinitesimal consuelo, la esperanza de que no haya sentido
el horror indescriptible del instante previo a una muerte inexorable y
cruel. El anhelo de que, infinitesimal lenitivo, quizás en su tierna
cabecita haya brillado hasta el final, una mínima luz de esperanza, de que
su vida no acabaría para siempre en ese instante fatídico y ominoso.
Meirav tenía apenas dos añitos. Sentadita en su sillón de seguridad y con el
cinturón ajustado, mantuvo todo el tiempo los ojos cerrados y las manitos en
los oídos. No hubo un gesto de duda, un atisbo piedad en el rostro de ambos
hombres. Sin mayores ceremonias, como quién quiere acabar de una vez un
trabajo duro pero rutinario para volver al descanso hogareño, el que parecía
el jefe colocó el caño de la ametralladora ligera en el oí­do de la niñita y
apretó el gatillo.
Una vez que se aseguraron que todas estaban muertas, se fueron. En el
vientre de Talí aún se podían observar los últimos movimientos de su hijo
que agonizaba sin haber llegado a nacer.
Minutos después todo estaba mortalmente inmóvil dentro del auto.
Hay millones de historias como esta, espantosamente verídicas en los anales
de la violencia política del planeta tierra. Pero más allá del horror
intrínseco que provoca un acto tan inhumano y cruel como el relatado, queda
la perplejidad de sentir que semejante canallada sea reivindicada por
alguien como un acto de valor y heroísmo. Decía Jorge Luis Borges que hay
algo peor que ser devorado por un tigre; y es ser un tigre. Pero este genio
de la literatura universal pudo haber agregado sin violentar un ápice el
espíritu de su aforismo, que hay algo peor que ser un tigre, y es elogiar a
un tigre.
Los asesinos pertenecían a la organización Brigadas de los Mártires de Al
Aqsa, dependientes de Al Fatah la organización fundada por Yasser Arafat.
Para el señor Arafat, presidente de la Autoridad Palestina, estos dos
asesinos son mártires y  héroes de la causa palestina, y auguró que
descansarán por la eternidad en el paraí­so. Sin temor a equivocarme estoy
seguro el resto de las organizaciones fundamentalistas islámicas opinan lo
mismo. Porque para los integristas musulmanes matar judíos es un mandato
divino incluido en su libro sagrado. Y según ellos, el Corán no hace
distingos de edad o de sexo. Como decía Himmler un judío es un judío, y
todos los judíos son iguales.
Así que Faisal Abu Ngera y su cómplice no hicieron más que cumplir la ley de
Alá al fusilar cuatro niñas y su madre embarazada, inermes y desarmadas el 2
de mayo de 2004 en la Franja de Gaza.
Seis sionistas muertos. Misión cumplida.
Alá es grande.
Será grande, pero a veces se distrae.
Porque poco después matar a Tali y sus hijas, Alá puso en el camino de estos
tigres del Islam más judíos para matar. Una oportunidad más de gloria y
mérito ante sus líderes políticos y religiosos. El problema fue que estos
sionistas no eran mujeres ni niñitas desarmadas. Eran hombres, eran
soldados, que venían armados y muy enojados con Faisal Abu Ngera y su
cómplice. Sabían lo que ambos habían hecho con Tali y los estaban buscando
para discutir de la validez teológica de la jihad como instrumento
dialéctico para dirimir diferencias entre musulmanes y judíos.
Parece que no se pusieron de acuerdo.
Así que los fedayines descubrieron que es más fácil matar una niñita de dos
años que a un integrante de las IDF.
Según Arafat, Faisal Abu Ngera y su amigo hoy están en el paraíso.
Según la moral judeocristiana, los asesinos de niñas no van al paraíso.
Alguien está muy equivocado en Medio Oriente.