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PORQUE SON DE ESQUERDAS, MULLER E
EUROPEA
Ser proisraelí y de izquierdas
Por Juana Salabert
Podría encabezar este breve artículo de apoyo al derecho (y si me
apuran, a la obligación moral) del joven Estado de Israel a existir,
y a existir libre de las amenazas del tipo de «echemos a todos los
judíos al mar» con que sus vecinos árabes «saludaron» su creación a
fines de 1947, tan sólo dos años después de la derrota nazi, con un
sinfín de tristes y rocambolescas anécdotas.
Aquella vez, por ejemplo, en que a mis dieciséis o diecisiete años
le escuché decir estupefacta a un joven conocido madrileño que no
pensaba acompañarme al cine a ver Manhattan, de Woody Alien, «porque
él es uno de ellos, no. Y ya sabes, están en todas partes, con su
maldita propaganda de víctimas mientras asesinan a los palestinos».
O la mañana en que, a punto de examinarme en Toulouse del BAC
(bachillerato francés, equivalente al último año del selectivo
universitario español), oí, a las puertas mismas del aula del St.
Sernin, susurrar a una chica: «Qué mala suerte, nos cae en el oral
de inglés una youpine de mierda» (youpin, youpine es el término
despectivo con el que los antisemitas franceses denominan y creen
denigrar placenteramente a sus compatriotas judíos). O las veces en
que, presentando o a punto de presentar en diversas ciudades mi
última novela, Velódromo de invierno, ambientada durante y después
de la gran redada nazi-vichysta de París en julio de 1942, hube de
soportar los ciento y un comentarios de esta índole de un público
que en su casa y en el bar seguro que no se define a sí mismo como
«racista».
Claro que alguno de ellos dirá, traicionado por el lenguaje católico
inquisitorial-caritativo de parroquia rancia y función fin de curso
de sus niños de uniforme, «qué ricos son los niños negritos»...
Vayan algunos ejemplos elegidos al azar de una memoria de hartazgo.
Una mujer de mediana edad en la feria del libro de Madrid: «Ay,
hija, ya con esa estrella amarilla en la portada, pues me pienso si
comprarlo, mira tú, entre que no aguanto tristezas, con lo dura que
está ya la vida si en vez de distraernos leyendo la pasamos mal, y a
fin de cuentas ellos le están haciendo lo mismo a los palestinos,
¿no?»
Un hombre cincuentón y bien trajeado en la Feria del Libro de
Sevilla: «¿Escribiste esto para que te hagan película? Porque como
ellos tienen tanto dinero en Hollywood y estos temas son los
suyos.... Te creía de izquierdas, sabes, pero ahora... Ahora veo que
eres como ellos. Judía. Una de ellos. Ya no te volveré a comprar,
porque estoy con Arafat.» El colmo fue ya, en Málaga y tras una
conferencia, cuando una señora, que se levantó iracunda de su
asiento, me espetó: «He vivido muchos años de emigrante católica y
franquista (a mucha honra) en Alemania...
Y allí todos sabían que los muertos judíos no pasaban de cuatro
millones... Todas esas cifras de los seis millones son exageraciones
propagandísticas de comunistas y pro comunistas como tú.» En fin.
Podría hablar de esas y de tantas otras ocasiones, pasadas,
recientes, inminentísimas y sin embargo atemporales porque están
fijadas en un imaginario que durante siglos de abyección demonizó al
«otro», al «descendiente de los asesinos del hijo de Dios», hasta
colonizar por abrumadora mayoría el inconsciente colectivo español
cuyo cobarde discurso de cristiano viejo es siempre el «aquí no
somos racistas, pero...», en que me observé y sentí en franca
minoría a la hora de analizar y comentar la cuestión judía, el drama
de Israel.
El drama de una nación de nacimiento consensuado por otras naciones,
espoleadas por el espanto y la culpa del Holocausto, en primer
lugar por la extinta URSS, que dos décadas más tarde dio un giro a
su política exterior para jalear a los peores regímenes teocráticos
(pero ya hubo el precedente del aberrante pacto germano-soviético),
del mismo modo en que hoy en día los Estados Unidos se alían con la
teocrática y pisoteadora de los más elementales derechos humanos
Arabia Saudita, cuyos códigos wahabíes religioso-feudales reducen a
las mujeres a meras pertenencias de los señores medievales y
esclavistas con ordenador portátil de ratón de oro bajo la chilaba
rezumante de petróleo.
Siempre hay un pero, y un empero, y un sin embargo, en esa clase de
prolegómenos racistas y ahistóricos nacidos de una identidad forjada
a través del síndrome de la exclusión y del temor a la modernidad.
Hablo de la identidad española, en este caso.
En cuestión antisemita, tras las infamantes expulsiones de 1492 y,
al cabo de siglos, la atroz dictadura filo nazi del general Franco,
España no se queda atrás a la hora de la abyección (únicamente las
Cortes Republicanas, a través de Fernando de los Ríos, hablan
durante la Constituyente de una «reparación histórica» en el caso
de los sefardíes miserablemente expoliados de sus vidas y bienes y
arrojados de su tierra por la brutal orden de destierro de sus
cristianísimas majestades), por mucho que los voceros de derechas e
izquierdas sin demasiada sustancia, y sí mucha arrogancia cultural,
y escasa memoria y entendimiento históricos, que llenan columnas de
periódicos y espacios radiofónicos, diserten con la falsa autoridad
de un Américo Castro en tantas tertulias vanas o venales y verbo
insólito de analfabetos (ese «primar» en lugar de «prevalecer»,
entre otros muchos ejemplos).
No quería hablar de mí, ni de mis experiencias, en realidad. Pero es
que en pocos países he hallado un antisemitismo tan artero y a flor
de piel como en esta vieja península ibérica donde se suicidó Walter
Benjamín, y donde el periodista Julián Zugazagoitia y el presidente
Lluis Companys fueron entregados por la GESTAPO al tribunal
franquista que selló su muerte entre otras miles de muertes por boca
de fusiles, aplicando las leyes nazis retroactivas frente a la tapia
o muerte que los vio caer. No soy una entusiasta de la palabra
patria..., pero me gustaría recordarle al mundo hispano que a mi
liberal «patria de todos», la presidida por ese gran intelectual,
escritor y persona que fue Manuel Azaña (a quien también la GESTAPO
fue a buscar, por fortuna infructuosamente, muy poco antes de su
muerte desdichada en el exilio), vinieron muchos, muchísimos, judíos
del mundo entero —y de todas las tendencias— a defenderla cuando sus
libertades constitucionales se vieron amenazadas por la agresión
nazi-fascista... Porque su libertad era la suya, y la suya era la de
ellos, la nuestra. Porque hubo dos revoluciones burguesas, la
americana y la francesa, que lucharon por su emancipación y sus
derechos civiles... Porque la punta de lanza de la emancipación
judía ha estado y está con los defensores de la libertad.
Si me preguntan en España acerca del problema árabe-israelí, o
israelo-palestino, muchos de mis interlocutores siguen
sorprendiéndose cuando les respondo que soy inequívocamente pro
israelí. Y que ser pro israelí no significa otorgar cheques en
blanco de simpatía a «ningún gobierno» (obviamente, soy muy próxima
a los ideales de Barak y de Shlomo Ben Ami, y no lo soy en absoluto
a los de Netanyahu o de Sharon). Pero tengo muy claro que defender a
Israel, a ese pequeño y valiente país que lleva desde 1948
aguantando el desgaste psicológico y ético de una amenaza militar
continua cuyos ataques sufrió y no provocó, implica también hacerlo
en sus horas malas, en sus horas trágicas de ataques de mártires
terroristas suicidas palestinos que en nombre de la teocracia más
aberrante se autoinmolan asesinando a bombazos a la población civil
indefensa a la espera de una recompensa del paraíso de harenes
poblados por «huríes», o mujeres-ángeles reconvertidas en
prostitutas celestiales a mayor gloria del machismo triunfante del
integrismo islámico.
Precisamente porque soy de izquierdas, oriunda de
una tradición ilustrada, defiendo el derecho a existir de un pequeño
territorio y gran nación soñado por Herzl, el periodista que cubrió
asqueado el infame proceso antisemita al capitán Dreyfus orquestado
por la Francia reaccionaria que décadas después engendró a
personajes como el repugnante Darquier de Pellepoix (ex delincuente
financiero) o el Céline de Bagatelles pour un massacre, tan
aplaudidos en los salones colaboracionistas o en las revistas
vendidas a la nueva Literatur. Si no existiera Israel, en Europa la
población judía seguiría siendo asesinada por los pogromschicki
(perpetradores de matanzas rituales, generalmente cosacos). Norman
Cohn, historiador y autor de un ensayo tan imprescindible como lo es
El mito de la conspiración judía mundial, donde analiza la
falsificación de esos supuestos Protocolos de los sabios de Sión
(Alianza Editorial, 1983), plagiados y horrendamente tergiversados
a fines del siglo XIX por la Ojrana —la policía zarista— de un texto
sobre Maquiavelo de Maurice Joly, un olvidado y decimonónico
ensayista progresista francés que se hubiera revuelto en su tumba
ante semejante manipulación, demuestra en su ensayo cómo a partir de
la Revolución francesa y del posterior dominio napoleónico, los
partidarios del Antiguo Régimen identifican judaísmo con modernidad
urbana y cambio social, y orquestan una campaña de difamación
basada en el supuesto «gobierno mundial de los sabios de Sión».
Entroncándolo con el viejo mito antisemita «creado» por el
cristianismo, religión de «hijos» de un «hijo» que jamás se declaró
otra cosa que judío y se erigió en cualquier caso más jefe político
que Mesías, en rebeldía contra los padres fundadores. Creado. Pues
fueron los cristianos, en buena parte descendientes de judíos,
quienes buscaron la separación y, para ahondar la falla, sembraron
la simiente de la animosidad. Recordemos que en la época, entre los
siglos III y IV d. C, en que la iglesia y la sinagoga competían
para obtener el favor de nuevos fieles en el mundo helénico, san
Juan Crisóstomo tildó, en la Antioquia donde tantos oscilaban entre
la religión primigenia y la nueva, a la sinagoga de «el templo de
los demonios... sima y abismo de perdición».
Recordemos (mi admirado y querido científico, ensayista y ex
resistente Claude Lévy, cuyo ensayo, confirmado por el difunto Paul
Tillard, La grande rafle du veldliiv -éditions Roben Laffont, París,
1967 et 1992- me fue básico e insustituible a la hora de escribir mi
novela Velódromo de invierno, lo cita con cariño y emoción
indudables) el ensayo del historiador francés Jules Isaac,
L'enseignement du mépris... Tres o cuatro generaciones de escolares
franceses han crecido estudiando en las aulas la historia de su país
en el manual Mallet et Isaac... La historia escrita de un país cuyo
régimen vichyista, tan favorable a una ocupación alemana que casi
aplaudió en los términos mismos del deshonroso armisticio, entregó,
por medio de sus gendarmes republicanos, a la esposa e hija
refugiadas en Clermont-Ferrrand del intelectual francés a sus
asesinos alemanes.
Murieron en los campos. Wurden Wergast. Gaseadas. Como tantos otros,
centenares, miles, millones. Y Jules Isaac, el ferviente patriota
que le había explicado en sus libros de texto a los niños de la
«dulce Francia» y la escolarización republicana, laica, gratuita y
obligatoria, los entresijos de la historia y los vaivenes de las
memorias colectivas a través de los actos fechados, buscó
inútilmente durante un tiempo sus nombres en las escasísimas listas
de supervivientes chincheteadas por las estancias del hotel Lutétia
que antes acogió a los torturadores de la GESTAPO y a partir de la
Liberación fue sede de los pocos y esqueléticos supervivientes del
infierno nazi... En L'enseignement du mépris («La enseñanza del
desprecio»), Jules Isaac escribe: «Cierta educación cristiana,
profesada de siglo en siglo, generación tras generación, ha
terminado por incrustarse, a través de millares y millares de voces,
en la mentalidad cristiana..., ha forjado su subconsciente [...] La
responsabilidad alemana ha venido a añadirse, por terrible que ésta
sea —como el más repugnante de los parásitos — a una tradición
secular, que no es otra que la de la tradición cristiana [...] Sí,
incluso después de Auschwitz, Maidanek, Dubno, Treblinka, ese
antisemitismo cristiano existe. Y no ve, no advierte el nexo
subterráneo que lo une al antisemitismo nazi, a ese antisemitismo de
corte anticristiano que recientemente arrasó.» Recordemos (recorté
para guardarla la fotografía, publicada por varios diarios españoles
el 12 de noviembre del 2001, como argumento contra quienes me acusan
de ¿fílosemita? o directamente de «imperialista», absurdo para
quien se movilizó, y mucho, contra las criminales agresiones de
Reagan a la Nicaragua sandinista que supo perder sus elecciones,
esas que, por ejemplo, no convoca Castro) esa imagen de saludo
fascista, tomada en Beirut, «brazo en alto» y ante clérigos chiíes,
de los más de mil nuevos reclutas de la guerrilla Hezbolá
formalizando su promesa de lanzar ataques terroristas suicidas
contra Israel...
¿Están ciegos quienes en España llaman desde la izquierda «juguete
de los USA» (que hasta la guerra del 67 no ayudó militarmente a
Israel) al país que vio nacer al extraordinario movimiento «Paz
Ahora», al país de los kibutzim y los grandes escritores críticos,
al país que, tras la matanza, consentida por tropas israelíes y
perpetrada en su territorio por las falanges libanesas, de los
desdichados palestinos de Sabrá y Chatila, vio en sus calles la
mayor de las manifestaciones de protesta —más de quinientas mil
personas reunidas en Tel Aviv en un país de cinco millones, de los
cuales un 20 por ciento es árabe israelí— y repulsa por el crimen
presenciado? ¿Están ciegos o no saben?
¿No saben acaso en España quién empezó la guerra del 48 y se negó a
la creación de los dos Estados, judío y palestino, preconizados por
la ONU muy poco después de la hecatombe nazi y del imborrable horror
del Holocausto? Fueron los países árabes limítrofes y agresores
quienes iniciaron la guerra interminable, porque querían «todo o
nada». Y el lema que unió a sus dictadores gerifaltes — ¿es
necesario recordar la matanza de comunistas kurdos e iraquíes que
organizó en la década de los sesenta un Sadam Hussein, luego muy
apoyado por las hipócritas administraciones republicanas
estadounidenses que veían en él a un «amigo de occidente?» — no fue
otro que el viejo de «echemos los judíos al mar».
¿Saben los españoles nacidos en este país de difusa memoria judía e
identidad nacional construida a partir de la culpa conversa, la
vergüenza y el rechazo de todo lo judío, así como del elemento
morisco, incorporado a nuestra cultura, a diferencia del primero, de
resultas de una serie de invasiones que la tradicional «amistad
hispano-árabe» del franquismo tiene unos antecedentes netamente
hitlerianos? ¿Conocen los jóvenes manifestantes españoles
propalestinos de buena, buenísima voluntad en la mayoría de los
casos y generoso dolor por la población civil de Gaza y Cisjordania
avasallada en la actual situación de guerra, los antecedentes del
gran muftí palestino Al Husseini, durante los años treinta? ¿Saben
acaso que fue íntimo amigo de Hitler — tenía inmensos ojos azules,
eso ayuda-, espía suyo a favor de su repugnante «Reich de los mil
años»?
¿Saben que era recibido como un héroe en los salones nazis?
¿Saben que sus partidarios perpetraron atroces matanzas de
refugiados judíos del terror nazi antes de la creación del Estado
israelí, en plena guerra mundial entre los aliados y el Eje que
arrasó Varsovia, Coventry, Rotterdam, Babi Yar, Salónica?
¿Saben mis conciudadanos que hoy llaman, colmo de los colmos,
«nazis» a los ciudadanos israelíes, que Gaza y Cisjordania
pertenecieron, tras la primera guerra árabe-israelí, a Egipto y
Jordania (que organizó en su famoso Septiembre Negro de hace treinta
años, la mayor matanza conocida de refugiados palestinos de la
historia) y que ninguno de esos dos Estados, cuyos dirigentes llevan
perpetuamente en los labios «el problema palestino», se ocupó jamás
de la «creación del Estado palestino» por ellos rechazado en la ONU
al término de la guerra perdida por sus aliados alemanes?
¿Saben los jóvenes españoles que utilizan a modo de enseña el
pañuelito palestino que la ANP tiene establecida la pena de muerte
en su territorio autónomo, que los derechos humanos —especialmente
en lo tocante a las mujeres, tan sojuzgadas por un mundo musulmán
que en sus casos más extremos acepta la esclavitud, la poligamia
marital y la muerte por «asuntos de honor»— no existen en el feudo
de Arafat, como no existen en su territorio ocupado desde el 67, de
acuerdo, organizaciones pacifistas y críticas al sistema similares
a las muy activas y operantes en suelo israelí?
¿Saben
los jóvenes soliviantados —como tantos judíos de la diáspora, hay
tantísimos israelíes de buena voluntad, que a la par que lloran a
sus muertos de los últimos atentados suicidas llevados a cabo, no
por milicianos de una causa, sino por «fascistas» de los del
«paraíso en el cielo», suspiran por una paz justa, de fronteras
seguras y armonía vecinal— cuántos criminales de guerra nazis, de
extradiciones una y otra vez requeridas por Estados como Francia,
viven o vivieron una vejez de oro con cargo de asesores estatales de
los países limítrofes? Alois Brunner, responsable directo de la
deportación a los campos nazis de más de tres mil niños judíos
parisienses durante la ocupación, fue alto cargo del Ministerio del
Interior y la policía Siria... En el 2001 se celebró su juicio in
absentia... Y como él, tantos otros. Otros, como el nazi Johann von
Leers, que después de la guerra se convirtió a la religión
musulmana, adoptó el nombre de Ornar Amin y halló refugio, cobijo y
molicie en el Egipto de Nasser, de quien fue asesor de propaganda.
Von Leers murió en 1965. Pero en 1942, Johann von Leers escribió,
como prefacio al libro Die Verbrechnatur der Juden («La naturaleza
criminal de los judíos»), lo siguiente: «Si se puede demostrar la
naturaleza hereditariamente criminal del judaísmo, entonces no sólo
está cada pueblo justificado moralmente para exterminar a los
criminales hereditarios, sino que todo pueblo que siga teniendo y
protegiendo a judíos es exactamente tan culpable de un delito contra
la seguridad pública como quien cultiva gérmenes del cólera sin
observar las precauciones adecuadas.»
Criminal y propagandista nazi, y al cabo de la derrota de los suyos
afiliado a una causa ajena que se hermana con la propia a través de
la obsesión «patógena». O más sencillamente, del «otro» entendido
como «no-otro», como virus. Como deformación. Escribió Sartre, en un
controvertido pero brillante ensayo, Reflexiones sobre la cuestión
judía, que a veces o casi siempre basta con mirar al «otro» como
distinto para convertirlo en un «judío» a ojos de los gentiles más
agresivos. Si tildas de «judío» incluso a quien no lo es, termina
siéndolo. Posible, si atendemos a los mecanismos más primarios del
grupo (ya sea éste gentil-laico-progresista) y a sus derivaciones
perversas y arquetípicas que dieron lugar, por ejemplo, al
antisemitismo estalinista, que frente a figuras como Trostky o Rosa
Luxemburg, se limitó a recuperar el viejo nacionalismo panruso-eslavista,
reaccionario y temeroso de modernidades «burguesas» y de
reivindicaciones territoriales, al precio de la sangre derramada en
un GULAG de altísimo porcentaje de víctimas revolucionarias judías.
¿No
saben que cuando el intelectual Ben Ami, ex ministro del progresista
gobierno Barak —cuyo plan de paz rechazó de forma absurda y suicida
el dictatorial Arafat, por una cuestión de un tres por ciento del
territorio que desbarató la casi inminente creación del Estado
palestino y sentó las bases de esa Segunda Intifada que se ha
convertido, al contrario que la primera, en sinrazón de guerra
abierta y cumbre de odio— se refiere a intelectuales como Edward
Said, gran pensador palestino, lo hace siempre en términos de
elogio y admiración?
No me
gusta, por lo general, la retórica abusiva de la pregunta que se
auto responde... Pero acá tenía que hacerlo. Tenía que hacerlo
porque llevo años sintiéndome en minoría, sin que eso me perturbe en
exceso, respecto a la «cuestión judía». No me inquieta no gozar del
beneplácito general en una mesa de restaurante, es un decir, no.
Pero sí me inquieta la consiguiente pregunta, generalmente
articulada con excitadas sonrisas: «Pero ¿cuál es tu religión?» Al
principio, cometía el error de explicarles la firme promesa (que a
la familia de mi madre le representó muchos problemas durante el
franquismo), heredada por generaciones, de no acatar el bautismo
católico, en ninguna circunstancia, salvo la muerte, circunstancias
ultímisimas o causas mayores... Luego entendí que explicar «eso»,
ese detalle nimio, pintoresco y literario, provocaba en mis
interlocutores de todo tipo una vaga mueca de suficiencia. «Es que
seguramente viene de conversos, por eso piensa así»...
No sé de
dónde vengo, aunque por un lado familiar sé que vengo de no
católicos. Eso no es para mí lo importante. Lo importante es que mi
madre me habló de bien niña del drama del Holocausto. Me rogó que no
olvidase jamás que una serie de gentes muy normales habían «votado»
un programa electoral que excluía a muchos de sus compatriotas de la
condición normal de ciudadanos. Lo importante es que a los ocho años
ella me regaló el diario de Ana Frank, y aunque a esa edad no
entendía todavía por qué esa niñita de trece años y ojos chispeantes
que me miraban desde la portada de la edición francesa de bolsillo
(dejé de ser amiga de una chica porque al echarle una ojeada dijo «merde,
pero fíjate qué cara tiene de judía, cómo se le nota») arrancaba su
diario, iniciado poco antes de que se refugiara en el escondite de
Ámsterdam, hablando tanto de chicos —a mí a esa edad los chicos me
parecían medio idiotas de tan parados—, supe que era mi amiga para
siempre. Sigue siéndolo. Me sonríe, al lado de Marcel Proust, en mi
estante favorito. Antes fue mi hermana mayor, luego mi hermana
pequeña, y ahora es mi hermana atemporal. La que me dio mi madre,
que no tuvo más hijos que yo, y a veces suspiraba y decía: «Qué
escritora hubiera sido si ya lo era, con su capacidad de observación
entre Gógol y Chéjov, qué pedazo de escritora es ya para siempre, y
tan pequeñita.»
La hermana de Ana, Margot, quería ser comadrona en Palestina..., al
revés que su benjamina, que soñaba con un futuro de periodista y
escritora en Europa..., un futuro invalidado para ambas por el tifus
concentracionario en Bergen-Belsen, 1945.
En 1963, y según relata la biógrafa de la diarista adolescente
Carol Ann Lee, el hombre que detuvo a las familias escondidas en un
desván de Ámsterdam hoy famoso en todo el mundo, Karl Josef
Silberbauer, respondió a la pregunta de su entrevistador, el
periodista holandés Jules Huf, acerca de si «lamentaba lo que había
hecho», que «por supuesto que lo lamentaba». Porque se había vuelto
un auténtico «marginado». El problema no era otro que «cada vez que
quiero tomar el tranvía tengo que comprar un billete como cualquier
otro, ya no puedo mostrar mi tarjeta de policía».
Curiosa manera de sentirse marginado, luego de haber perdido una
guerra... Los bebés gaseados y tiroteados por las SS y la Wermacht
(sí, también ellos, y los nuevos documentos que salen a la luz
muestran la connivencia de todo un Estado, de todos sus estamentos,
a la hora de la aniquilación) no eran, según su visión del mundo,
los «marginados». Su muerte era «justicia», y el auténtico
«marginado» era él, que ya no disponía, en nombre de los servicios
policiales realizados, del billete de transporte gratuito concedido
a los «héroes».
¿Cómo explicarles a muchos de los jóvenes españoles que centenares
de nazis hallaron cobijo en la España de Franco? ¿Cómo explicarle a
tanta gente que sólo quiere saber de blanco y negro, buenos y malos
que en la Palestina «judía» — de la que por cierto ya escribió
Chateaubriand, y muy bellamente, sobre sus misérrimos cien mil
judíos súbditos del Imperio otomano en su libro de viajes De París a
Jerusalén— de los años treinta, protectorado británico, únicamente
la población judía, tanto la autóctona como la refugiada del
nazismo, aunó esfuerzos y armas, además de sus brigadistas
voluntarios, en defensa de una República española que los árabes de
entonces aborrecían, en virtud de su transparente pacto de amistad
germano-italiano?
Estoy escribiendo este artículo porque aún circula por mis venas la
sangre y la savia de la indignación ante un ejercicio perenne de
propaganda cuyas primeras víctimas son la población civil de uno y
otro bando. La población civil Palestina, esos niños tiroteados,
esas gentes de casas derrumbadas en la franja de Gaza y en la
Cisjordania hermosa y trágica, me despiertan en mitad de la noche
con su mirada implorante de víctimas. Arafat, con su cerrazón
lamentable, les negó la paz que proponía el gobierno progresista
Barak, y los arrojó a una nueva Intífada condenada al mayor de los
fracasos. (¿Saben los jóvenes propales tinos españoles que ya antes
de la creación del primer gobierno israelí los artífices de la
construcción del Estado hebreo se enzarzaron en una lucha a muerte
con las organizaciones terroristas judías, tipo Stern, que tenían en
su haber muertes ignominiosas como las de los residentes en el hotel
Rey David, de Jerusalén? ¿Saben que desarmaron sus enclaves y
detuvieron, e incluso se enfrentaron a tiro limpio con sus
dirigentes? ¿Por qué Arafat no hace lo mismo con el terrorismo
integrista de sus filas? ¿Por qué los alienta?)
Estoy escribiendo este artículo a favor de Israel porque soy
europea, hija del continente del crimen mayúsculo de la Shoa, los
conflictos, la crueldad, la miseria y la belleza. Hija de Víctor
Hugo, Franz Kafka, Emil Zola, madame Curie, Chagall, André Bretón,
Picasso, Saint-John Perse, Louis Aragón, Marcel Proust, Natalia
Goronchova, Karl Marx, Matisse. Judíos y no judíos en una Europa que
no sería, no habría sido Europa, sin su raíz primera de religión
madre y protectora del verbo, atenta incluso en sus descreimientos.
Porque me siento espiritualmente laica, hija y hermana del judaísmo
que de lejos o de cerca los forjó y los atemperó a todos ellos y a
su herencia, que es la nuestra, cabalística y racionalista,
fantasiosa y realista.
Porque aborrezco la mentira.
Esa misma que leo a diario en ciertos columnistas que alaban al
sistema occidental como si éste naciese de una col, y no de las
luchas sindicales saldadas con muertes que han conquistado derechos
civiles y democracia y semanas de cuarenta y de treinta siete horas.
Esa clase de columnistas, portavoces del ¿liberalismo? dan gracias a
una memoria que una y otra vez entierra a los Franklin Delano
Roosevelt, a los Olof Palme y a los Rosa Luxemburg asesinados de
este mundo de mentiras mediáticas y monumentos a los ignorantes que
llevan en la frente el tatuaje petrolero (¿en nombre de la
«libertad» no somos acaso aliados de dictaduras como todas aquéllas
regidas por una sharia heredada de brutales pastores medievales que
condenan perversamente a las mujeres al papel de paridoras sin
placer —ablación del clítoris, «entendida» por tantas neo y viejo
feministas en nombre de una «diferencia cultural» que no es sino
monstruoso ejercicio de tortura—, en nombre de la libertad no
condenamos a unos pueblos al bombardeo y a otros, idénticos, al
papel de «amigos» productores?). Contra esa clase de mentirosos, y
de conversos a lo peor de un sistema que ya no es Manchester ni su
esclavitud laboral de niños gracias a los movimientos sociales y
contra sus detractores de «izquierda» sin imaginación ni más
programas que el de las sustituciones burocráticas en el poder,
defenderé al Israel de mis sueños de niña y al de las realidades
conquistadas. Cuando escucho decir que ahora a Israel «sólo» la
defiende la derecha, me pongo enferma... Porque ¿en qué piensa esa
supuesta izquierda española que no lee, no estudia los orígenes de
un Estado nacido de la mayor de las desgracias, no entiende que sin
Israel la escasa población judía del continente se vería de nuevo
hoy amenazada por la extrema derecha haideriana y lepenista, entre
otras?
Días atrás, leí en el dominical de El Mundo un avance del libro del
periodista Alfonso Torres, titulado El lobby judío. Poder y mitos de
los actuales hebreos españoles, publicado por la «Esfera de los
libros»... La entradilla comenzaba así: «ESTÁN en la banca, la
Justicia, la hostelería, la construcción, el textil... Los judíos
españoles se mueven en los círculos más poderosos y mantienen
contacto con la élite económica y política. Contar con el respaldo
del "lobby" hebreo incluso puede librarles de la cárcel.» El libro,
bastante anodino y muy periodístico, del reportero en cuestión, no
es ni a priori ni a posteriori aparentemente antisemita... Pero
dicha entradilla sí lo es.
Así como lo es la mera idea de un libro que no busca ofrecer
información sobre las comunidades judías, ortodoxas o de la reforma,
laicas o religiosas, existentes en nuestra vieja Sefarad, sino un
cúmulo de «datos» sobre el «poderío» de los hijos de Sión en la
península. «Están en todas partes», y el artículo (y el libro)
vienen acompañados de una serie de fotos de ciudadanos de origen
judío, triunfadores en sus profesiones de empresarios, cantantes,
actrices, diseñadoras de moda... Y yo me pregunto, y les pregunto:
¿Y los leoneses...están en todas partes? ¿Y los andaluces... están
en todas partes? Hagan la clásica lista antisemita con nombres no
judíos...,con leoneses, andaluces, gallegos, catalanes, da igual. Se
lo garantizo. Sus elegidos estarán siempre en todas partes. Porque
siempre habrá una diseñadora, un escritor, una actriz... Elegidos
del momento o de la historia, es igual. Ustedes, los redactores de
la lista, también los olvidarán al cabo de una, dos, tres semanas.
Pero si fuesen, si son judíos, no los olvidarán.
Porque el antisemitismo cristiano de siglos, apoyado por el anden
régime del mundo tenebroso que intuyó la caída de sus privilegios
rurales a manos de una burguesía naciente y de una aristocracia
financiera, dispuesto a ceder terreno a costa de que «cambiase mucho
para que no cambiase todo», ese mismo mundo al borde del abismo que
en la década de los veinte del siglo que se fue popularizó la
superchería infame de los Protocolos de los sabios de Sión,
introdujo siglos atrás el temor de los hijos a los padres. De los
conversos a los padres. Y ese mismo temor primigenio ha legado odio
a los actúales terroristas islámicos. Se suicidan no a favor de
algo (la patria que nunca existió, la Palestina mítica y sagrada
para los tres monoteísmos), sino contra algo. Se suicidan contra el
«Padre» fundador, pero ni siquiera lo saben.
Como no lo sabe la izquierda vana y derechosa que no busca
«entender», sino condenar, como sí lo sabe la derecha que busca
utilizar y aprovechar...
Cuando me preguntan por qué soy pro israelí, siempre respondo lo
mismo: «Por justicia, porque odio los pogromos, el antisemitismo
que engendró el nazismo, porque soy demócrata y de izquierdas,
porque soy hija de la Europa que asesinó a uno de sus mejores y más
pacíficos pueblos (y el último pogromo tuvo lugar en la Polonia
liberada de los nazis en 1947), a los hijos del verbo que nos dio
los diez mandamientos, entre ellos el "no matarás", que hago mío,
salvo en aquellos casos en que esté en juego mi propia supervivencia
y la de los míos, la de quienes creen en la vida civil no regida por
dioses que nada saben de los hombres y las mujeres.»
Cuando me preguntan por qué me gustaba el gobierno Barak y me
inquieta y me disgusta el gobierno Sharon, respondo: «porque son
distintas maneras de resolver problemas, y esta última entraña más
sufrimiento cosechado en muertes de inocentes. Pero la raíz del
problema es la misma que en 1948, porque fue Arafat quien rechazó el
plan de paz, quien no dio la oportunidad a su pueblo de construir un
modus vi-vendi civil y no religioso». Y añado, asimismo, que porque
soy una mujer.
Y todos sabemos lo poco, poquísimo, que valemos las mujeres en un
mundo musulmán que no ha hecho su revolución civil, su reforma
religiosa (¿saben los jóvenes españoles que hay, en Israel y en la
diáspora, mujeres rabino en la interpretación judaica de la
reforma, que las niñas hacen hoy su Bat Mitzvá, o del judaísmo sólo
conocen a esa minoría hasídica y ortodoxa que fotografían siempre
los antiisraelíes?).
No he querido ser sentimental en este artículo. Podría haberlo sido,
amé Tel Aviv y Jerusalén desde mucho antes de conocerlas, de la mano
de Juan Carlos Vidal, de Alicia Ramírez, de José Benarroch, de
tantos otros seres con quienes me crucé en una estancia tan breve
como fulgurante. Ahora las amo para siempre y, como antaño, desde
siempre.
Pero si me preguntan por qué soy pro israelí, trato, una vez más, de
separar corazón y cabeza.
Digo que me gustaría pasar como visitante de un Estado hebreo a otro
palestino con una sonrisa en los labios. Y que en el segundo no se
soñase con paraísos detrás de la muerte, sino con simples
purgatorios a este lado de la vida.
Porque soy demócrata, porque soy de izquierdas y porque soy mujer,
sueño con una Palestina libre, independiente y sin muertos civiles
de guerras fratricidas, donde pueda sentirme en casa, lejos de
clérigos e imanes furibundos que prometen huríes y aconsejan Goma.
Del mismo modo que me siento en casa en un museo, un aula, un salón
familiar o un kibutz en Israel, freno antisemita y utopía del verbo
hecho carne. Carne asediada, pero carne viva y libre.
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Juana Salabert
(París, 1962) nació y se educó en Francia, donde sus padres vivían
el exilio franquista. Sin embargo, ha escrito siempre en español y
ya desde sus primeros libros 'Varadero' y 'Arde lo que será'
(finalista del Premio Nadal), publicados ambos en 1996, se ganó un
lugar entre la crítica y los lectores españoles. Posición que se vio
confirmada con la concesión del Premio Biblioteca Breve por su
novela 'Velódromo de invierno' (Seix Barral, 2001), que desnudaba el
horror nazi a través de los asustados ojos de una niña.
Agosto 23, 2007
http://galiza-israel.blogspot.com/search/label/xudeofobia
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