Las bombas que fueron detonadas en las sinagogas
de Estambul no son la mera acción de vándalos que quisieron expresar un
sentimiento de violencia. Fueron acciones que corresponden
indudablemente a una ideología que fue abonada por años con cientos de
sutiles argumentos de odio y malicia. Son el resultado de una labor en
la que las palabras que sustentan la muerte sirven de vehículo para
grabar en la mente y en los corazones de jóvenes una satanización del
prójimo que consiente, aprueba y aclama su aniquilamiento, su
destrucción. No queda lugar para la reflexión, matar es la orden, aun a
costa de la propia inmolación.
La prédica de Hitler comenzó en la década del
veinte, mucho antes de haber alcanzado el poder y de la construcción de
los campos de concentración. La destrucción de los valores que
sustentaba la sociedad alemana se cimentó mediante una incesante labor
desarrollada durante años, con infinidad de discursos y palabras,
mientras el aparato represor hacía lo suyo y la humanidad permanecía
impasible. Junto a la opresión se fue erigiendo una filosofía de odio
sustentada en mentiras y falsedades que, como explicó oportunamente el
ministro de propaganda nazi, al ser repetidas infinidad de veces se
transformaron en verdad para sus oyentes. La shoa en la que se
exterminó a un tercio de la población judía del mundo tuvo como gran
acto de presentación a la destrucción de las sinagogas e instituciones
judías de Alemania y Austria en la noche del 9 al 10 de noviembre de
1938, hoy conocida como noche de cristal . Fue el principio de la
pragmatización de ideologías grabadas mediante millones de palabras
emitidas por los verborrágicos líderes del espanto.
En la realidad de nuestros días comenzó
a florecer en el mundo y especialmente en Europa una nueva ola de odio
hacia el pueblo judío. Los viejos fantasmas que fueron ocultados, parece
ser que nunca destruidos, vuelven a aparecer después de 60 años de la
masacre más horrenda que la historia humana registra. Miles de palabras
revisten el odio con un nuevo nombre: antisionismo, se lo expresa
mediante la vieja forma: la destrucción de cualquier institución judía
donde se hallare en el mundo.
En tiempos de crisis se suele buscar un
chivo expiatorio para proyectar en él frustraciones y desengaños,
es siempre más fácil que la autocrítica sincera y la desarticulación de
todo aquello que impide la resolución de los problemas que aquejan a la
sociedad. Si es un chivo expiatorio que sirvió de tal en el
pasado y que se halla como tal en el subconsciente colectivo sustentado
por odios gratuitos y culpas infundadas que se generaron en un alejado
(y sin embargo, tan cercano) tiempo pretérito, mejor.
Los poetas poseen un algo de los
profetas, su sensibilidad les permite observar más allá del presente. En
1938, el bardo polaco Mordejai Gebirtig (1877-1942), escribió en la
ciudad de Przytyk, bajo el impacto del pogrom (vocablo ruso que
designa a un ataque acompañado por la destrucción, robo y violación,
perpetrado por una parte de la población contra otra, generalmente usado
para denominar este tipo de persecuciones contra los judíos): "¡Arde!
Hermanos ¡arde! / ¡Ay! ¡Nuestro pobre pueblecillo arde! / Vientos de ira
y furia / rompen, destruyen y azuzan / aún más las salvajes flamas /
todo en derredor ya esta ardiendo/ Y os estáis así, mirando / con
vuestros brazos cruzados /cómo nuestro pueblecillo arde . . . ¡Ay! Puede
aún llegar el momento / en el que nuestro pueblo junto a nosotros / se
transforme en cenizas con las llamas . . . La ayuda sólo depende de
ustedes / si el pueblecillo les es caro / tomad los utensilios, apagad
el fuego . . . No estéis hermanos parados, inermes / con vuestros brazos
cruzados / No estéis parados, hermanos, apagad el fuego / nuestro pueblo
se halla en llamas.
Gebirtig, que presagió en este poema la
masacre, fue asesinado por los nazis en junio de 1942, junto a su mujer
y sus dos hijas, mientras Europa era una gran hoguera y de los campos de
la muerte no cesaban de salir las flamas alimentadas por millones de
cadáveres torturados.
Algunos de los poetas y célebres
escritores de nuestro tiempo, con José Saramago a la cabeza, no sólo que
no traen los utensilios de su intelecto para apagar al fuego sino que
azuzan con sus palabras las llamas del odio embriagados de prejuicios y
con una sorprendente incapacidad de discernimiento y análisis al
respecto, que reafirma una vez más las enormes incongruencias que son
dadas de hallar en la esencia y en el comportamiento humano.
Las sinagogas estan nuevamente en
llamas, ¿acaso esta vez los hermanos no permanecerán más con los brazos
cruzados?
El autor es rector del Seminario Rabínico Latinoamericano M. T.
Meyer y rabino de la comunidad Benei Tikva.