Entre la palabra y la acción
 
Por Abraham Skorka
Para LA NACION
 
Las bombas que fueron detonadas en las sinagogas de Estambul no son la mera acción de vándalos que quisieron expresar un sentimiento de violencia. Fueron acciones que corresponden indudablemente a una ideología que fue abonada por años con cientos de sutiles argumentos de odio y malicia. Son el resultado de una labor en la que las palabras que sustentan la muerte sirven de vehículo para grabar en la mente y en los corazones de jóvenes una satanización del prójimo que consiente, aprueba y aclama su aniquilamiento, su destrucción. No queda lugar para la reflexión, matar es la orden, aun a costa de la propia inmolación.

La prédica de Hitler comenzó en la década del veinte, mucho antes de haber alcanzado el poder y de la construcción de los campos de concentración. La destrucción de los valores que sustentaba la sociedad alemana se cimentó mediante una incesante labor desarrollada durante años, con infinidad de discursos y palabras, mientras el aparato represor hacía lo suyo y la humanidad permanecía impasible. Junto a la opresión se fue erigiendo una filosofía de odio sustentada en mentiras y falsedades que, como explicó oportunamente el ministro de propaganda nazi, al ser repetidas infinidad de veces se transformaron en verdad para sus oyentes. La shoa en la que se exterminó a un tercio de la población judía del mundo tuvo como gran acto de presentación a la destrucción de las sinagogas e instituciones judías de Alemania y Austria en la noche del 9 al 10 de noviembre de 1938, hoy conocida como noche de cristal . Fue el principio de la pragmatización de ideologías grabadas mediante millones de palabras emitidas por los verborrágicos líderes del espanto.

En la realidad de nuestros días comenzó a florecer en el mundo y especialmente en Europa una nueva ola de odio hacia el pueblo judío. Los viejos fantasmas que fueron ocultados, parece ser que nunca destruidos, vuelven a aparecer después de 60 años de la masacre más horrenda que la historia humana registra. Miles de palabras revisten el odio con un nuevo nombre: antisionismo, se lo expresa mediante la vieja forma: la destrucción de cualquier institución judía donde se hallare en el mundo.

En tiempos de crisis se suele buscar un chivo expiatorio para proyectar en él frustraciones y desengaños, es siempre más fácil que la autocrítica sincera y la desarticulación de todo aquello que impide la resolución de los problemas que aquejan a la sociedad. Si es un chivo expiatorio que sirvió de tal en el pasado y que se halla como tal en el subconsciente colectivo sustentado por odios gratuitos y culpas infundadas que se generaron en un alejado (y sin embargo, tan cercano) tiempo pretérito, mejor.

Los poetas poseen un algo de los profetas, su sensibilidad les permite observar más allá del presente. En 1938, el bardo polaco Mordejai Gebirtig (1877-1942), escribió en la ciudad de Przytyk, bajo el impacto del pogrom (vocablo ruso que designa a un ataque acompañado por la destrucción, robo y violación, perpetrado por una parte de la población contra otra, generalmente usado para denominar este tipo de persecuciones contra los judíos): "¡Arde! Hermanos ¡arde! / ¡Ay! ¡Nuestro pobre pueblecillo arde! / Vientos de ira y furia / rompen, destruyen y azuzan / aún más las salvajes flamas / todo en derredor ya esta ardiendo/ Y os estáis así, mirando / con vuestros brazos cruzados /cómo nuestro pueblecillo arde . . . ¡Ay! Puede aún llegar el momento / en el que nuestro pueblo junto a nosotros / se transforme en cenizas con las llamas . . . La ayuda sólo depende de ustedes / si el pueblecillo les es caro / tomad los utensilios, apagad el fuego . . . No estéis hermanos parados, inermes / con vuestros brazos cruzados / No estéis parados, hermanos, apagad el fuego / nuestro pueblo se halla en llamas.

Gebirtig, que presagió en este poema la masacre, fue asesinado por los nazis en junio de 1942, junto a su mujer y sus dos hijas, mientras Europa era una gran hoguera y de los campos de la muerte no cesaban de salir las flamas alimentadas por millones de cadáveres torturados.

Algunos de los poetas y célebres escritores de nuestro tiempo, con José Saramago a la cabeza, no sólo que no traen los utensilios de su intelecto para apagar al fuego sino que azuzan con sus palabras las llamas del odio embriagados de prejuicios y con una sorprendente incapacidad de discernimiento y análisis al respecto, que reafirma una vez más las enormes incongruencias que son dadas de hallar en la esencia y en el comportamiento humano.

Las sinagogas estan nuevamente en llamas, ¿acaso esta vez los hermanos no permanecerán más con los brazos cruzados?

El autor es rector del Seminario Rabínico Latinoamericano M. T. Meyer y rabino de la comunidad Benei Tikva.

 

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