Como cada vez que Egipto
sufre alguna catástrofe,
natural o provocada, Israel
reaccionó de inmediato:
ofreciendo médicos,
ambulancias, insumos de todo
tipo. Como en cada una de
las anteriores
oportunidades, la respuesta
de Egipto ha sido el
rechazo.
En mi
artículo acerca de Madelaine
Albright y Amos Oz, en
Libertad Digital, la
semana pasada, yo repasaba la
sed de paz de Amos Oz, que lo
llevaba, como ocurre con los
sedientos en el desierto, a ver
un espejismo de confluencia de
intereses con Arabia Saudita y
Egipto. Una sed similar encontré
hace unos cuantos años en el
libro de Amos Elon, A Blood-Dimmed
Tide, en los ensayos
referidos a su viaje a El Cairo.
En esos textos, el ensayista y
periodista israelí se lamentaba
de la falta recíproca de amistad
entre israelíes y egipcios. Sin
embargo, existía un contraste
notable entre sus descripciones
y sus conclusiones: de sus
descripciones se deducía que
existían miles de israelíes, de
todas las áreas, desde el ámbito
cultural al científico, pasando
por las actividades primarias,
ansiosos por hacer contacto con
los egipcios. Mientras que en el
mismo libro no se podía
encontrar un solo egipcio
interesado en comenzar siquiera
a conocer a los israelíes. El
dato más notable, en el que el
escritor curiosamente no
reparaba, era que mientras en
Israel existían decenas de
libros como el suyo, traducidos
al inglés y a varios idiomas,
llamando a relaciones
fraternales con los egipcios, en
Egipto no podía encontrarse un
solo libro, ni siquiera
artículo, convocando a entablar
algún tipo de relación amistosa
con los israelíes.
En este día terrible, Iom
Hashoa (el día del recuerdo
del Holocausto) en que tres
horribles atentados han segado
la vida de más de una veintena
de personas en la península del
Sinai, Egipto, el terrible odio
de las autoridades y la
población egipcia contra los
judíos vuelve a ser,
tácitamente, noticia en los
diarios.
Como cada vez que Egipto
sufre alguna catástrofe, natural
o provocada, Israel reaccionó de
inmediato: ofreciendo médicos,
ambulancias, insumos de todo
tipo. Como en cada una de las
anteriores oportunidades, hasta
ahora la respuesta de Egipto ha
sido el rechazo. Ni siquiera un
agradecimiento de compromiso.
Sólo la negativa y el silencio.
No es la primera vez, repito,
que Israel ofrece a sus hostiles
vecinos ayuda humanitaria. Es un
secreto a voces que cada vez que
alguna autoridad o celebridad de
las dictaduras árabes padece
algún tipo de mal de salud que
los israelíes pueden aliviar,
concurren a los hospitales del
Estado judío, con todos los
honores y todo el secreto. Hace
muy pocos años, cuando el
terrible terremoto que sacudió a
Irán, Israel ofreció todo tipo
de ayuda humanitaria,
rigurosamente rechazada por los
nazis iraníes. Irán no sólo no
ofrece ningún tipo de ayuda
cuando los atentados suicidas
islámicos masacran a la
población israelí: los financia.
Si alguna enfermedad se ceba en
alguna autoridad o celebridad
israelí, si algún accidente se
cobra la vida de un conjunto de
israelíes, Irán y sus secuaces
agradecen públicamente a Alá. La
utilizan como metáfora de
futuras catástrofes contra los
judíos: los egipcios ladraban
que le arrancarían el otro ojo a
Dayan; los iraníes bufan que
Israel entrará en coma, como
Sharon.
Si bien los egipcios,
mayoritariamente, odian a los
judíos, afortunadamente aún
mantienen su decisión
estratégica de no matarlos. Pero
esto no quiere decir que valoren
más sus propias vidas. En el
pasado atentado en Egipto
–también ejecutado por
fundamentalistas islámicos–,
antes que comenzar a buscar a
los culpables, los egipcios
comenzaron por culpar, con
epítetos inverosímiles, a los
israelíes. Hoy, antes que
apurarse a socorrer a sus
heridos con los insumos y las
ambulancias necesarias, sin
importar su origen, prefieren
rechazar a los judíos. El viejo
adagio de Golda Meir sigue
tristemente vigente: "Habrá paz
en Medio Oriente cuando nuestros
enemigos quieran más a sus hijos
de lo que odian a los judíos".