Columna de
Opinión
La paz,
implicará la autodestrucción de Israel?
Una
significativa cantidad de gobiernos y medios de
comunicación a lo largo y ancho del mundo (aseguran unos
y sospechan otros que incentivados o extorsionados por
los grandes capitales petroleros provenientes de las
tierras del Islam), implantaron pública e
intencionalmente una imagen demoníaca de Israel y de los
judíos
Una significativa cantidad de gobiernos y medios de
comunicación a lo largo y ancho del mundo (aseguran unos
y sospechan otros que incentivados o extorsionados por
los grandes capitales petroleros provenientes de las
tierras del Islam), implantaron pública e
intencionalmente una imagen demoníaca de Israel y de los
judíos, que ni siquiera los nazis alemanes o el
estalinismo canalla merecieron en sus momentos de mayor
virulencia. En contrapartida, la prensa escrita,
hablada, televisual y cibernética del lado contrario,
impuso una "angelinidad" inmaculada del judaísmo y su
Estado, sin reconocerles ni sospecharles las fallas y
malos procederes que (algunos por supuesto tienen) los
nombrados en primer término constantemente les endilgan.
Existiendo también, aunque en mínima cuantía, ciertas
publicaciones imparciales (es justo reconocer que
inclusive de éstas las hay), pero que por su escaso
predicamento no alteran el dudoso cuadro que con
respecto al mínimo paisito de Oriente Medio aquellos
iniciales dos bandos han instaurado. De cualquier modo,
siendo para los unos demonios y para los otros ángeles,
todo cuanto huela a hebreos, judíos, israelitas o como
gusten ser llamados está tratado de manera limitada,
según a que ideología o interés responda quien sobre
dicho asunto escribe o dice. En pocos medios, por no
señalar que en ninguno, se habla de cuan malos pueden
ser ciertos judíos para con los demás judíos, y para con
Israel y su porvenir como país libre e independiente.
Cuando hace poquísimo tiempo, gracias (muchas gracias) a
una enfermedad presuntamente inventada por el hombre (el
Sida), se esfumó definitivamente de este mundo uno de
los más grandes malandrines, terroristas, ladrones,
corruptos, asesinos y otras muchas lindezas por el
estilo llamado Yasser Arafat, pareció que con ello se
allanaba el camino a la convivencia pacífica entre dos
pueblos que llevan más de medio siglo de enfrentamientos
bélicos. Cierto, había partido para ya no volver el
hombre ruin y totalitario, ese que sistemáticamente se
oponía a la paz entre israelíes y árabes (estos últimos
devenidos "de facto" en palestinos, ocupando de manera
furtiva territorios que cuanto menos merecían ser
negociados por ambas partes) y con su muerte,
paradójicamente, nacía la esperanza de una convivencia
que debió existir ya en 1948, cuando por mandato de la
Liga de las Naciones se estableció el Estado de Israel.
De cualquier manera había llegado el momento en que
desaparecido el principal obstáculo para conseguir la
paz, y dado que las guerras desgastan y cansan se las
gane o se las pierda, en lugar de enfrentamientos, están
en sus comienzos las ineludibles conversaciones previas
a cualquier arreglo territorial y con visos o esperanzas
de ser las definitivas. Lo que muchos no tomaron en
cuenta es que semejantes tratativas, que deberán
terminar en un acuerdo de paz sólido que permita
cohabitar en territorios linderos a dos estados
legítimos y reconocidos entre sí y por el mundo, después
de tantos años de beligerancia, no se finiquitan de un
día para el otro. Cosa que no entienden, o no quieren
entender, aquellos cuyos intereses espurios van mucho
más allá del valor de las vidas humanas, sean éstas de
civiles indefensos o de soldados de cualquier rango y
condición.
Decíamos antes que había muerto el "mal bicho" llamado
Arafat y que su desaparición física abría el camino a
los diálogos de paz entre Israel y el futuro Estado de
Palestina. Pero no podemos por ello soslayar el hecho
cierto de que todo "insecto" deja el terreno donde anidó
sembrado con sus larvas, cargadas éstas con los mismos
genes criminales que tenía aquel que las procreó. Por
tal seguiremos sufriendo, hasta que se consiga
eliminarlos definitivamente, la presencia y acción de
esos enloquecidos animalejos que pululan en Gaza, Judea
y Samaria, a los que las personas de bien llaman
terroristas y los medios sumisos al Islam expansionista
mencionan como resistentes, liberadores o militantes de
una "causa" que reputan como épica y justa.
Precisamente, el reciente atentado en Tel Aviv así lo
demuestra; pero con todo, y pese al dolor que este
irracional acto y los que presuntamente vendrán nos
provoca, no por ello debemos cerrar las puertas a la
ilusión de una futura era de paz, que de ninguna manera
constituye una utopía.
Sin embargo, muchos israelíes y judíos del mundo piensan
lo contrario y obran en consecuencia. Ésto porque tiempo
atrás, Ariel Sharón, un militar de máxima pureza
trasformado, por esos avatares inexplicables de la
política, en genuino estadista, planeó la desconexión
unilateral de Gaza y el desmantelamiento de los
asentamientos de colonos (de allí proviene en parte el
odiado término "colonialismo"), que si bien en su
momento fueron alentados por los gobiernos israelíes de
turno tras la Guerra de los 6 Días, no por ello dejan de
ser notos e invasivos en una tierra a la que en aras de
la paz es preciso renunciar. Y aquí es donde se produce
un punto de quiebre en esta malhadada historia de
reyertas mencionada y hace temer, no al enemigo como
sería lógico presumir, sino a la autodestrucción de la
nación judía por obra de las desinteligencias entre sus
propios componentes. Porque esta acción concesiva del
gobierno de Sharón, que es una demostración unilateral
de buena voluntad, no obstante ha creado una división en
la sociedad israelí y entre los judíos de todo el orbe.
Y ésto es así porque ciertos israelíes y judíos, se
creen dueños absolutos del Estado, al punto de hacer
"multitudinarias manifestaciones" (150.000 alterados
vociferantes contra el plan de desconexión, guarismo
éste que constituye apenas el 2 y ½% de la población del
país, siendo que más del 60% del resto lo apoya),
amenazar con la guerra civil y fomentar el asesinato del
actual premier (como oportunamente hicieron con Rabín) y
el de los ministros que lo acompañen en dicha empresa.
Pues bien, si a este despropósito queremos buscarle una
explicación, forzosamente deberemos hacer comparaciones
entre el ayer y el hoy regresando en el tiempo, y allí,
luego de hurgar en ese pasado que no es tan lejano,
sorprendentemente nos encontraremos con que en el
presente tanto israelíes como judíos diaspóricos ya no
son lo que eran, o necesitaban ser. Porque, diluida ya
en el tiempo aunque recordada con ampulosos y muy
elaborados discursos cuando arriba la fecha, yace la
Shoá. Y nadie duda que esta carnicería que tuvo por
víctima principal al pueblo hebreo, fue la razón
determinante para que las más poderosas naciones de la
tierra admitiesen, y diesen el visto bueno, para la
creación del moderno Estado de Israel. Un Estado que
desde su mismo nacimiento (y sus pioneros desde antes
aun), debió (debieron) luchar denodadamente por
sobrevivir contra ejércitos muy superiores en número y
armamento, que lo atacaron y siguieron atacando por
todas sus fronteras o flancos. Sin embargo y he aquí
donde lo actuado por aquellos denodados hombres se
transforma en epopeya, los primeros pobladores del nuevo
país, pese al fuego enemigo, se dieron el tiempo y la
maña para simultáneamente guerrear, trabajar
construyendo y también, con ese espíritu especial que
entonces los distinguía, salir a bailar y cantar por las
calles para expresar su alegría de ser independientes.
De igual modo que ningún historiador podrá ignorar que
desde su misma partida la sociedad israelí fue
básicamente igualitaria y con fuerte tendencia al
socialismo humanista, donde kibutzim, moshavim y también
ciudades y pueblos, maravillaron al mundo de la
posguerra con sus logros en las más disímiles
disciplinas y todos los habitantes del flamante país
demostraron que se podía compartir y al mismo tiempo
crecer, poniendo a un lado el egoísmo y los intereses
particulares. E Israel por ello avanzó de una manera
impensada, pese a haber sido el pergeño malévolo de
ciertas potencias confabuladoras, que lo habían situado
en ese sitio del Levante apostando (no nos engañemos al
respecto) a su rápida desaparición.
Entretanto en la diáspora, también se sintieron los
remezones de la Shoá, cuya cercanía en el tiempo sirvió
para amalgamar a todos los judíos allí donde estuviesen
y a brindarse mutua protección en todos los campos. Lo
normal en la época de finales de los 40 y también en los
50 y 60, era la solidaridad de los judíos para con los
demás judíos en el galut. Por aquellos años no había
comerciante o industrial judío que no priorizase a sus
connacionales (ya que el judaísmo "es" una nación, aun
estando inserto en el seno de otras naciones) en el
momento de tomar empleados o colaboradores, así como las
reuniones en las sinagogas y otros sitios comunitarios
solían reunir a todos los judíos sin excepción y de la
condición que fuesen. Así era en esos tiempos y parecía
que, vista la lección recibida y presuntamente aprendida
de la última y letal persecución ocurrida durante la II
Guerra Mundial, no dejaría nunca de serlo. Pero, por
razones que merecen un meticuloso análisis, vino una
posterior dispersión de sus correligionarios y, aunque
comenzó en forma lenta, con el transcurrir del tiempo se
aceleró y se volvió indetenible. Motivo por el cual
muchos judíos desconocieron su ligazón con Israel y no
pocos renegaron directamente de su existencia.
Por su lado, y sistemáticamente, Israel era atacado por
ejércitos árabes en períodos casi regulares, pero ganaba
cada guerra. Aún así, y mientras que por necesidad de
sobrevivencia se fortalecía militarmente, al mismo
tiempo crecía como país y sus ciudadanos accedían a
niveles superiores de vida. Y al mejorar dichas
condiciones, cuando ya muchos tenían casa propia y
también automóvil, cuando los trabajos se volvieron
fijos y las remuneraciones más sustanciosas, se produjo
un desplazamiento de aquel igualitarismo fundacional
hacia la derecha ideológica y la separación del pueblo
en dos bandos políticos con parecida cantidad de
adherentes y en no pocos casos con ideas y acciones
irreconciliables entre sí. Se dio por ende una
alternancia en el poder de ambas fuerzas, aunque con tan
estrecho margen de maniobra del vencedor dada la
manifiesta paridad de sufragantes que tenían uno y otro,
que, para poder prevalecer en sus posturas, debieron
recurrir a terceros partidos muy minoritarios pero que
servían para inclinar la balanza, por supuesto hacia el
lado donde les ofrecían las mejores tajadas. Y esas
agrupaciones minoritarias, que responden generalmente a
congregaciones religiosas, de por sí acomodaticias,
terminaron finalmente por decidir, casi siempre por
medio del chantaje, las políticas israelíes. Y son ellas
las que por conveniencia hoy día se oponen a la política
de paz encabezada por Sharón, una paz que está al
alcance de la mano en tanto Israel y los palestinos se
pongan "simplemente" de acuerdo. Así tenemos, por
ejemplo, que una de las últimas manifestaciones
realizadas contra el plan de desconexión, fue organizada
por el Jabad Lubavitch, una secta jasídica cuyo Rebe
(quizá la única pieza pensante de todos ellos) reside en
Nueva York y desde allá decide como habrán de conducirse
los gobernantes israelíes y, porqué no, el destino todo
de Israel.
Resumiendo: tenemos un galut con comunidades totalmente
desperdigadas, aunque unos pocos de sus componentes
hagan denodados esfuerzos por aparentar unidad.
Sinagogas semi vacías en los Cabalat Shabat y apenas con
alguna concurrencia significativa para las grandes
ocasiones festivas o conmemorativas. Sectas religiosas
(aunque pregonen que somos todos judíos) cada una con
sus intereses particulares, algunas de ellas con las
ínfulas de decidir quien es judío y quien no; las que
dada la proliferación de matrimonios mixtos (que son una
palpable realidad en el presente) no aceptan las
conversiones hechas en los rabinatos más populares y con
esa acción alejan a la parte judía del seno de su
colectividad. Y también Organizaciones presuntamente
representativas de las kehilot, donde lo único que
importa es el poder y por tal ocurre el constante
enfrentamiento entre cabecillas, cosa que disgrega la
comunidad y no tiene ningún fin útil como no sea
alimentar el egocentrismo de quienes se autoconceptúan
como preclaros dirigentes.
Mientras que allá lejos y al mismo tiempo, en el Levante
levantisco, tenemos a un Israel en sus principios modelo
de unidad y destino preciso, pero hoy totalmente
dividido por obra de intereses y pertenencias parciales
y con amenazas de guerra civil y de magnicidios. En
tanto que la economía del país, otrora floreciente y hoy
ganada por un neoliberalismo que contradice la tradición
y moral judías, ya ha dejado de pertenecernos, puesto
que dependemos de inversores extranjeros que marcan su
rumbo enancados en una globalización que hemos aceptado
sin chistar (ej.: dineros provenientes hasta de iglesias
evangélicas de USA y compra de parte del paquete
accionario del Bank Leumí por el Deutche Bank, entre
otros). Asimismo, nos sobrepasan aquellos grupos de
fanáticos aferrados al sueño mesiánico del Gran Israel,
ignorantes que se viven otros tiempos y hay diferentes
prioridades y obligaciones con respecto al mundo todo. Y
está, por último, el individualismo en que ha caído la
sociedad israelí, que hoy antepone exclusivamente lo
suyo particular, a las necesidades del conjunto. Modelo
de ello son los kibutzim donde sus fundadores emigraron
y se han transformado en hoteles, también los moshavim y
la descarnada lucha diaria que se da en las ciudades y
pueblos sólo para sobrevivir económicamente.
Y este panorama preocupa y mucho y hace temer por el
futuro, porque la razón de tamaño pesimismo está a la
vista de quien, honestamente, la quiera ver. Una
diáspora enfrascada en sus propios problemas y desligada
de su patria ancestral y los habitantes de esa heredad
bíblica, que la están descuidando en extremo
confrontando entre sí, llevan a sospechar sobre la
carencia de un porvenir venturoso y vivible. Para
plácemenes de quienes, desde siempre, han apostado a la
destrucción de Israel y del sionismo, sean ellos
gentiles o "judíos"
Salvo que lo antedicho sea sólo una pesadilla o delirio
del autor de esta nota y a su despertar vea todo muy
diferente a cuanto ha escrito. Alevai, Amén
Mario Linovesky