LA TRIVIALIDAD DEL MAL: UN NUEVO INFORME

                                                                                                               Por Pedro J. RAMIREZ

 

DE HANNAH ARENDT A NIETZSCHE

Si la publicación en la primavera de 1963 del libro EICHMANN en Jerusalén hizo mundialmente célebre a la filósofa judeogermana Hannah ARENDT, fue ante todo por la reacción escandalizada de diversas asociaciones judías y de gran parte del establishment intelectual del momento. Basta releer la crítica que The New York Times encargó al prestigioso juez MUSMANNO, miembro de uno de los tribunales de Nürenberg y testigo de cargo en la vista contra el propio EICHMANN tras su apresamiento en Argentina. La indignación del magistrado por el beneficio de la duda, la credulidad y hasta la simpatía que ARENDT parecía otorgar al lugarteniente de HIMMLER, es el mejor exponente de cómo tuvo que pasar el tiempo antes de que estallara la bomba de relojería que, con su delicado guante de seda, ella estaba colocando en el corazón mismo del totalitarismo.

 

Hannah ARENDT había asistido dos años antes al juicio orquestado por David BEN GURIÓN, fundador, arquitecto y primer ministro del Estado de Israel, y a base de observar al reo intensamente, jornada tras jornada, hasta el mismo día de su ejecución, había ido anotando que el artífice de la “Solución Final”, responsable directo de la muerte de millones de personas, «no era Yago ni era Macbeth», tampoco era «ni un pervertido ni un sádico» y, además, ni siquiera «odiaba a los judíos». Detrás de aquel «bloque de hielo», de aquella estatua de «mármol» exhibida al relente del cristal antibalas, sólo había un «consumado burócrata», un funcionario «extraordinariamente diligente a la hora de esmerarse en su propio ascenso», cuyo problema fue «que no había voces que desde el exterior despertaran su conciencia».

 

Lo peor de EICHMANN es que era «terrible y aterradoramente normal». Por eso el juez reconvertido en crítico literario clamaba escandalizado que del retrato de ARENDT, aquel que para él era un monstruo abominable, emergía «sin una sola mancha en su inmaculado uniforme, ni un solo remordimiento en su memoria». Por eso ella a la hora de culminar su enrevesado relato, lleno de avances y retrocesos temporales, de generalizaciones y concreciones, se había centrado en la boba grandilocuencia de sus últimas palabras al borde de la horca tras engullir media botella de vino, en la retórica vacía de quien, después de asegurar que no cree en la vida eterna, lanza vivas a sus tres patrias —Alemania, Austria, Argentina— y añade: «Yo nunca las olvidaré», como si fueran ellas las que estuvieran a punto de dejar de existir y su gaznate el que tuviera visos de quedar en condiciones de repetir muchos más elogios funerarios.

 

Es entonces cuando ARENDT, doctora por Heidelberg, discípula de JASPERS, profesora en Princeton, mete su estocada hasta la bola con una última memorable frase que está en todas las antologías de la literatura ensayística: «Era como si en esos últimos minutos él estuviera resumiendo la lección que este largo recorrido por la perversidad humana nos había enseñado a todos, la lección de la espantosa, desafiante en la palabra y en el pensamiento, trivialidad del mal».

¡La trivialidad del mal! La obra de ARENDT que se editó precisamente con ese concepto como subtítulo —Un informe sobre la trivialidad del mal— se ha convertido en los 40 años transcurridos desde entonces en el mejor canon y el más eficaz cañón para destruir las coartadas filosóficas con que los grandes genocidas y los pequeños gestores de la razón de Estado han tratado de seguir la estela del relativismo moral tenebrosamente predicado por NIETZSCHE.

 

Para el autor de Más allá del bien y del mal no existen los hechos, sólo sus interpretaciones. Un crimen sólo es un crimen, un secuestro sólo es un secuestro, un robo sólo es un robo si quienes los perpetran pertenecen a esa masa amorfa que componen «los torpes y los chapuceros». Si sus autores forman en cambio parte de la «noble aristocracia» de «artistas tiranos» que ejercen su «voluntad de poder» y su ansia de conquista al servicio de ideales superiores, entonces esos actos horribles no son sino parte de las imprescindibles dosis de luminosa «crueldad» e inteligente «engaño» que alfombran siempre la epopeya de un camino hacia la gloria, en el que el fin justifica los medios. Por eso el héroe de NIETZSCHE es Napoleón, paradigma del «artista tirano» que subyuga a sus inferiores; y el cristianismo y la Revolución Francesa —a quienes culpa de la democracia y del socialismo—, los blancos recurrentes de sus diatribas.

Ahí lo vemos, en el pináculo de la ira, cuando arremete contra «el mentecato de John STUART MILL» cuyas resonancias evangélicas simplemente le producen arcadas: «Aborrezco la vulgaridad de ese hombre cuando dice: 'Lo que está bien para un ser humano, está bien para el otro' o 'No les hagas a los otros, lo que no quisieras que los otros te hicieran a ti' Esta hipótesis es innoble hasta el grado máximo, pues da por hecho que existe algún tipo de equivalencia entre el valor de mis acciones y el de las tuyas».

 

DE NIETZSCHE A BERTRAND RUSSELL

Frente a NIETZSCHE es difícil no perder la calma, pero nada como el racionalismo y la serenidad para desmontar su mitología, al margen incluso de las razones morales. Esa es la técnica que sigue Bertrand RUSSELL cuando se pregunta cómo se determina quién forma parte de esa élite de «hombres nobles» y «artistas tiranos» que en ocasiones debe incurrir «en lo que vulgarmente se considera delictivo». Su respuesta es concluyente: una vez superado el anacronismo de la nobleza de la sangre, «la única forma práctica de aristocracia es una organización como el Partido Fascista o el Partido Nazi». Si añadimos la variante de la Nomenklatura Comunista, habremos identificado ya el foco purulento de todas las delirantes infecciones que han desembocado en las mayores tragedias contemporáneas.

 

De ahí la trascendencia, el decisivo servicio a la causa de la libertad, que supone bajar convincentemente al superhombre nietzscheano del pedestal. Una polémica equivalente a la que envolvió al libro de Hannah ARENDT rodea estos días la película El Hundimiento, a cuyos autores se les zarandea por humanizar nada menos que a HÍTLER. Rompo mi lanza en su defensa porque también lo peor de HÍTLER es que era ramplonamente humano. Es, de hecho, una lástima que, además de mostrarnos sus gestos de cariño hacia los hijos de GOEBBELS —a quienes su madre despacharía al encuentro de Sigfrido con la ayuda de unas cápsulas de cianuro— y sus caricias hacia su perro Biondi, en el entorno desmadejado y grasiento del búnker de los días finales, ni ésta ni ninguna otra película pueda hacernos sentir el nauseabundo olor que habitualmente impregnaba su aliento.

 

Qué fácil es la conclusión iconoclasta sobre MAO, Gran Timonel de la sanguinaria revolución china, si nos fijamos en él como un hombre permanentemente amargado por el estreñimiento que le ocasionaban sus problemas intestinales y obsesionado por tirarse al mayor número posible de jóvenes bailarinas que amenizaban las tardes de sus sábados. Qué sencillo resulta poner a STALIN en el cubo de la basura de la Historia si contemplamos a través del ojo de la cerradura de su dacha las borracheras plagadas de ventosidades y regüeldos cuarteleros, de bromas toscas y crueles hacia sus atemorizados cuates. El superhombre con resaca, eructando en camiseta: eso es la trivialidad del mal.

 

Una vez constatado que EICHMANN podría haber seguido siendo toda su vida el oscuro viajante de comercio que fue antes de la ascensión al poder del nazismo, que la guerrera de HÍTLER estaba llena de lamparones y que ni MAO ni STALIN la tenían más larga que los demás, no queda sino volver a la ética de la realidad y proclamar que un crimen siempre es un crimen, un secuestro siempre es un secuestro y un robo siempre es un robo, los cometan quienes los cometan. No ya porque todos los hombres seamos iguales, declaración retórica donde las haya, sino porque nunca las víctimas de los «artistas tiranos» han encontrado el menor consuelo en la supuesta pericia u honda inspiración del trazo de sus verdugos. Y esto es ya susceptible de demostración empírica. Pese a la magnitud de la herencia de crueldad, destrucción y sufrimiento que nos ha legado ese relativismo moral que alcanzó su apogeo en los totalitarismos del siglo XX, no parece que iniciemos el XXI con muchas posibilidades de que se instaure entre nosotros ese «amor universal» que, al modo de Buda o Jesucristo, preconizaba Bertrand RUSSELL. Todavía no se le ha quitado al Director General de Al Yazira el rictus de estupor, sorpresa y estupefacción que afloró en su rostro cuando este verano, durante un debate celebrado en Rímini, le pregunté si, en el caso de que un terrorista israelí rodeara su cuerpo de explosivos y fuera al encuentro de un grupo de árabes para suicidarse matando al mayor número posible de ellos, utilizaría su cadena la misma denominación —nada derogatoria por cierto— que emplea para describir los criminales atentados de los suicidas palestinos. No, naturalmente, que no, admitió enseguida, ni siquiera se le había pasado por la cabeza esa ... «hipótesis imposible».

 

En los países democráticos nos queda al menos el Estado de Derecho. Es decir, la seguridad jurídica. Es un consuelo vivir en una sociedad dispuesta a admitir que la verdad sea la verdad, la diga Agamenón o su porquero, pero mucho más decisivo todavía es que las leyes se apliquen por igual al rey de Micenas y al encargado de la piara. Que no exista un derecho civil o penal de autor sino un escenario de tutela judicial efectiva que sirva de cielo protector a todos y cada uno de los ciudadanos.

DE BERTRAND RUSSELL A HANNAH ARENDT

Puesto que ORWELL nos enseñó que no hay mayor consumación del ejercicio del poder que la capacidad de transformar la Mentira en la Verdad, la Paz en la Guerra, y los «10 minutos del Odio» en genuina expresión de Amor, no es de extrañar que, con tales antecedentes, en el mundo actual continuemos padeciendo las secuelas de la pretensión de grupos de presión política, mediática y económica de apoderarse primero de la capacidad de ponerles nombres a las cosas, para determinar después su contenido. Esta élite de autodenominados progresistas nos tiene ya acostumbrados a demostraciones de fuerza tales como cargar de dignidades académicas a personas clamorosamente carentes de los méritos requeridos o envolver las conductas más generalizadamente reprobadas con el desafiante oropel de los galardones que ellos mismos se guisan y se comen. Pero ahora pretenden privarnos de todo vestigio de ética de la realidad, aun a costa de derribar esos pilares del templo constitucional que son la seguridad jurídica y la tutela judicial efectiva. Y esto ya es ir demasiado lejos.

 

He ahí la tosca, la estúpida, la garbancera trivialidad del mal, imposible de camuflar por muchos liftings de respetabilidad editorial que continúen haciéndole quienes han convertido su disimulo en oro. «Puesto que el conjunto de la sociedad respetable había sucumbido ante HÍTLER de una manera o de otra, las máximas morales que determinan nuestro comportamiento social y los mandamientos religiosos —'No matarás'— que guían nuestra conciencia, se habían virtualmente desvanecido», podría haber alegado EICHMANN en los planteamientos exculpatorios recogidos por Hannah ARENDT. La propia ARENDT advierte —tomando, por cierto, como ejemplo el dilema que se le plantea a quien ve un cajón abierto lleno de dinero— que no hay mayor trampa que confundir «la tentación con la coacción», transformando la oportunidad para delinquir en una especie de determinismo que exime de responsabilidad al delincuente.

«Si eso fuera verdad —concluye ella— nunca sería posible ni administrar Justicia ni escribir la Historia». Ni tampoco —agrego yo— ejercer un periodismo digno de tal nombre.

 

FUENTE: EL MUNDO [ESPAÑA]

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