Por qué Israel es la víctima y los árabes los
indefendibles agresores
1. El problema judío y su
"solución"
El sionismo es un movimiento de liberación nacional,
idéntico en la mayoría de los aspectos a los que los
izquierdistas y progresistas de todo el mundo -casi con
la única excepción de este caso- apoyan fervientemente.
Lo excepcional de este caso también puede comprobarse en
el otro extremo del espectro político. Conservadores
como Patrick Buchanan se oponen a los movimientos de
liberación nacional bajo la influencia del marxismo y
comprometidos con los métodos violentos. Pero hacen una
excepción con el de los palestinos en contra de los
judíos. La oposición simultánea a una patria judía desde
los dos extremos del espectro político identifica el
problema para cuya solución nació el sionismo.
El "problema judío" no es más que una forma de denominar
el hecho de que los judíos son el grupo étnico más
odiado y perseguido de la historia. Los fundadores
sionistas creyeron que el odio contra los judíos era una
consecuencia directa de su condición apátrida. En tanto
los judíos fueran extranjeros en toda sociedad donde se
alojaran, ellos serían vistos siempre como intrusos, su
lealtad estaría bajo sospecha y la persecución
continuaría. Fue el caso del capitán Alfred Dreyfus, a
quien los antisemitas franceses acusaron falsamente de
espionaje y que fue juzgado en Francia por traición en
el siglo XIX. Theodore Herzl un judío occidentalizado
que fue testigo del montaje contra Dreyfus en París,
pasó a liderar el movimiento sionista.
Herzl y otros fundadores sionistas creyeron que si los
judíos tuvieran una nación propia, ello bastaría para
"normalizar" su condición en la comunidad de naciones.
Los judíos habían carecido de un estado propio desde el
principio de la diáspora, cuando los romanos los
expulsaron de Judea, al oeste de río Jordán hace unos
2.000 años. Los sionistas creían que una vez que los
judíos obtuvieran una patria -la propia Judea parecía el
lugar más lógico- y fueran de nuevo como el resto de los
pueblos, la venenosa raíz del antisemitismo se
marchitaría y el problema judío acabaría por
desaparecer.
Pero he aquí lo en realidad sucedió.
2. Los comienzos
En los años 20, en sus últimas actuaciones como
vencedores de la Primera Guerra Mundial, los británicos
y los franceses crearon los estados que ahora componen
Oriente Medio a partir de las cenizas de su adversario
derrotado, el Imperio Otomano. En una región que los
turcos habían dominado durante varios siglos, Gran
Bretaña y Francia trazaron las fronteras de Siria,
Líbano e Irak. Previamente, los Británicos habían
prometido a los sionistas judíos que podrían establecer
un "hogar nacional" en la porción del área que aún
quedaba sin asignar, conocida como el Mandato de
Palestina. Pero en 1921, los británicos separaron el 80
por ciento del Mandato, al este del río Jordán, y
crearon el reino árabe de "Transjordania". Fue creado
para el rey árabe Abdulá, que había sido derrotado en
las guerras tribales de la península arábiga y carecía
de trono. La tribu de Abdulá era la Hachemita, mientras
que la inmensa mayoría de sus súbditos iban a ser árabes
palestinos.
El territorio que aún quedaba del Mandato Palestino
original -la zona entre el río Jordán y el mar
Mediterráneo- estaba habitado tanto por palestinos como
por judíos. De hecho, los judíos habían vivido en esa
zona ininterrumpidamente desde hacía 3.700 años, incluso
después de que los romanos destruyeran su estado en
Judea en el año 70 dC. Los árabes en Palestina se
convirtieron por primera vez en el grupo de población
dominante en el siglo VII dC a raíz de las invasiones
musulmanas. Eran principalmente nómadas que no tenían
una lengua o una cultura que los distinguiera del resto
de los árabes. En todo ese tiempo, nunca intentaron
crear un estado palestino independiente, bien al este o
al oeste del Jordán, y jamás llegó éste a existir.
En 1948, a petición de los judíos que vivían en
Palestina, las Naciones Unidas acordaron el reparto de
la cuarta parte que aún quedaba del mandato original
para hacer posible una patria judía. De acuerdo con el
plan de la partición, los árabes obtuvieron los antiguos
territorios judíos de Judea y Samaria. A los judíos les
correspondieron tres franjas de territorios sin conexión
entre sí, situados entre el Mediterráneo y el desierto
del Sinaí. También se les concedió parte de Jerusalén,
su ciudad santa, aunque aislada de las franjas de
territorio que les habían correspondido, rodeada de
territorios árabes y bajo control internacional. El
sesenta por ciento de las tierras asignadas a los judíos
se encontraban en el desierto del Negev. A partir de
unos territorios tan poco prometedores, los judíos
crearon un nuevo estado, Israel, en 1948. Por estas
fechas ni siquiera existía la idea de una nación
palestina o de un movimiento para crearla.
Cuando nació el estado de Israel, los árabes palestinos
ocupaban aproximadamente el 90 por ciento del mandato
original de Palestina no sólo en Transjordania y en la
zona de partición de las Naciones Unidas, sino también
dentro del nuevo estado de Israel. Había 800.000 árabes
viviendo en Israel junto a 1,2 millones de judíos.
Además, los judíos tenían prohibido instalarse en las
35.000 millas cuadradas de la Transjordania palestina,
que recibió en adelante el nombre de "Jordania".

La población árabe que habitaba en las franjas
correspondientes a Israel se había triplicado con creces
desde que los sionistas comenzaron a asentarse en la
región en la década de 1880. La razón de este incremento
era que los colonos judíos habían traído con ellos el
desarrollo industrial y agrícola, lo que atrajo a los
inmigrantes árabes hacia lo que antes había sido una
zona deprimida y escasamente poblada.
Si los árabes palestinos hubieran estado dispuestos a
aceptar este arreglo, en virtud del cual recibían el 90
por ciento de la tierra del Mandato de Palestina y por
el que se beneficiaban la industria, de la iniciativa y
de la democracia política que los judíos trajeron a la
región, no habría existido ningún conflicto en Oriente
Medio. Pero no fue así.
En lugar de ello, la liga árabe -que representaba a
cinco estados árabes vecinos- declaró la guerra a Israel
el mismo día de su creación, y cinco ejércitos árabes
invadieron las franjas de territorio asignadas a Israel
con el objeto de destruir el naciente estado judío.
Durante la lucha, según el mediador de la ONU en la
zona, unos 472.000 árabes abandonaron sus hogares
huyendo del peligro. Planeaban volver después de una
victoria árabe y la destrucción del estado judío.
Pero los judíos -muchos de ellos supervivientes del
reciente Holocausto- se negaron a ser derrotados. En
lugar de ello, rechazaron a los cinco ejércitos árabes
que habían invadido sus territorios. Pero, con todo, eso
no trajo la paz. Aunque sus ejércitos fueron vencidos,
los estados árabes estaban decididos a continuar su
campaña de destrucción permaneciendo formalmente en
guerra con el estado israelí. Después de la derrota de
los ejércitos árabes, los palestinos que vivían en la
zona árabe de la partición de la ONU no intentaron crear
un estado propio. En lugar de ello, Jordania se anexionó
en 1950 los territorios árabes al oeste del Jordán.
3. Refugiados: judíos y árabes
Como resultado de la anexión y de la continuación del
estado de guerra, los refugiados árabes que habían huido
de los territorios israelíes no volvieron. Había un
flujo de refugiados hacia Israel, pero era de judíos que
habían sido expulsados de los países árabes. En todo
Oriente Medio, los judíos fueron forzados a abandonar
las tierras donde habían vivido durante siglos. Aunque
Israel era un área geográfica minúscula y un estado
balbuciente, su gobierno acogió y instaló a los 600.000
refugiados judíos procedentes de los países árabes.
Al mismo tiempo, los judíos retomaron su tarea de crear
una nueva nación en lo que ahora era una sola franja de
tierra. Israel había anexado una pequeña de territorio
para hacer su estado defendible, incluyendo un corredor
de acceso a Jerusalén.
En los años que siguieron, los israelíes hicieron
florecer el desierto. Construyeron la única economía
industrializada en todo Oriente Medio. Forjaron la única
democracia liberal de la zona. Trataron bien a los
árabes que permanecían en el territorio de Israel. A día
de hoy, la gran minoría árabe del estado de Israel tiene
más derechos y privilegios que cualquier otra población
árabe en Oriente Medio.
Esto es especialmente cierto respecto de los árabes que
viven bajo la corrupta dictadura de Yasser Arafat, la
Autoridad Nacional Palestina que administra hoy
Cisjordania y la franja de Gaza, la cual no reconoce a
sus súbditos derechos humanos elementales. En 1997, en
un arranque de resentimiento contra los acuerdos de
Oslo, el portavoz palestino Edward Said confesó esto
mismo, llamando a Arafat "nuestro papa Doc"
-por el sádico dictador de Haití- y quejándose de que
había "una ausencia total de justicia y Estado de
derecho en las zonas bajo control palestino".
Se dice que la causa del actual conflicto de Oriente
Medio son los "territorios ocupados" -Cisjordania y la
franja de Gaza- y la negativa de Israel a "devolverlos".
Pero durante los primeros veinte años del conflicto
árabe-israelí, Israel no controlaba Cisjordania. En
1950, cuando Jordania se anexionó este territorio, no
hubo ultraje alguno a la causa árabe. Ni tampoco por
ello se solucionó el conflicto.
La razón por la que no hubo protestas árabes acerca de
la anexión de Cisjordania fue porque la mayoría étnica
de Jordania está compuesta de árabes palestinos. Por
otro lado, la minoría hachemita gobernante no reconoce
derechos civiles a los palestinos de Jordania. Y a pesar
de este hecho, en los años posteriores a la anexión, los
palestinos no exhibieron ningún interés en la
"autodeterminación" respecto de la monarquía hachemita.
Es solamente la presencia de judíos, al parecer, lo que
incita esta demanda. La idea de que el conflicto actual
gira en torno a los "territorios ocupados" es solamente
una de las grandes falacias propaladas por los árabes
-hoy ampliamente aceptada- que ha tergiversado la
historia de las guerras árabe-israelíes.
4. Las guerras árabes contra Israel
En 1967, Egipto, Siria y Jordania atacaron a Israel por
segunda vez, y de nuevo fueron derrotadas. Fue entonces
cuando Israel tomó el control sobre Cisjordania y la
franja de Gaza, así como también el desierto del Sinaí,
rico en petróleo. Israel tenía todo el derecho a
anexionarse estos territorios capturados a los agresores
-como acostumbran a hacer las naciones en estos casos
desde tiempo inmemorial; procedimiento por el que, de
hecho, nacieron Siria, Líbano, Irak y Jordania. Pero
Israel no hizo tal cosa. Tampoco, por otra parte, retiró
sus tropas ni renunció al control de esos territorios.
La razón era que los agresores árabes se negaron de
nuevo a firmar la paz. Siguieron considerándose en
guerra con Israel, una amenaza que ningún gobierno
israelí podría permitirse ignorar. En aquella época,
Israel era un país de 2 o 3 millones de habitantes
rodeados por enemigos declarados cuya población conjunta
superaba los 100 millones de personas. Geográficamente,
Israel era tan pequeño que en algunos de sus puntos
apenas había diez millas de frontera a frontera. Ningún
gobierno israelí responsable podía renunciar a un
colchón territorial mientras que sus hostiles vecinos se
consideraran formalmente en guerra. Ésta es la realidad
de la que emana el conflicto de Oriente Medio.
En 1973, seis años después de la segunda guerra árabe
contra los judíos, los ejércitos árabes atacaron otra
vez Israel. El ataque fue conducido por Siria y Egipto,
incitados por Irak, Libia, Arabia Saudita, Kuwait y
otros cinco países que proporcionaron ayuda militar a
los agresores, incluida una división iraquí de 18.000
hombres. Israel derrotó otra vez las fuerzas árabes.
Después, Egipto -y solamente Egipto- se avino a negociar
la paz formalmente.
La paz fue firmada por el presidente egipcio Anwar el
Sadat, que fue asesinado posteriormente por los
radicales islámicos, pagando su visión de Estado con la
vida. Sadat es uno de tres líderes árabes asesinados por
otros árabes por firmar la paz con los judíos.
En virtud de los acuerdos de Camp David que Sadat firmó,
Israel devolvió a Egipto todo el Sinaí con sus riquezas
petrolíferas. Este acto demostró fehacientemente que la
solución al conflicto de Oriente Medio estaba al alcance
de la mano. Sólo era necesaria la buena voluntad de los
árabes para llegar a un acuerdo.
El conflicto de Oriente Medio no gira, pues, en torno a
los territorios ocupados por Israel, sino en torno a la
negativa de los árabes a firmar la paz con Israel, la
cual es un subproducto inevitable de su deseo de
destruir el Estado judío.
5. La autodeterminación no forma parte de los
planes árabes
Los palestinos y sus partidarios también afirman que el
conflicto árabe-israelí nace del vivo deseo de los
palestinos, denegado por Israel, de tener un estado
propio. Esto también es falso.
La
Organización para la Liberación de Palestina (OLP)
fue creada en 1964, dieciséis años después de la
fundación de Israel y de la primera guerra anti-israelí.
La OLP
fue creada, no cuando Cisjordania se hallaba bajo
control israelí, sino cuando era parte de Jordania. Sin
embargo, la OLP no fue creada para que los palestinos
pudieran alcanzar la autodeterminación en Jordania, que
abarcaba en ese momento el 90 por ciento del Mandato
original de Palestina. El propósito expreso de la OLP,
en las palabras de sus propios líderes, era "expulsar a
los judíos al mar".
El estatuto oficial de la OLP hacía referencia a la
"invasión sionista", declaraba que los judíos de Israel
eran "no una nacionalidad independiente", calificaba al
sionismo como "racista" y "fascista", exhortaba a la "la
liquidación de la presencia sionista" y especificaba que
la "lucha armada es la única manera de liberar
Palestina." En suma, la "liberación" requería la
destrucción del estado judío. Además, la OLP ni siquiera
fue creada por palestinos, sino por la liga árabe -los
dictadores corruptos de Oriente Medio que habían
intentado destruir Israel por la fuerza militar en 1948,
en 1967 y de nuevo en 1973.
Durante treinta años, la OLP siguió manteniendo su
exhortación a destruir de Israel. Pero a mediados de los
90, bajo la enorme presión internacional siguió a los
acuerdos de Oslo en 1993, el líder de la OLP, Yasser
Arafat, eliminó esa cláusula, asegurando mientras tanto
a sus seguidores que se trataba de un compromiso
necesario que no alteraba las metas del movimiento. Lo
hizo de forma explícita, y también citando un precedente
histórico en el cual el profeta Mahoma acordó
insinceramente una paz con sus enemigos para ganar
tiempo y reclutar las fuerzas con las que se proponía
destruirlos.
6. El afán de destruir Israel
El conflicto de Oriente Medio no tiene que ver con una
colisión de derechos. Se trata de un intento de los
árabes, prolongado durante más de cincuenta años, para
destruir el estado judío, de la negativa de los estados
árabes en general y de los árabes palestinos en
particular a aceptar la existencia de Israel Si los
árabes estuvieran dispuestos a reconocer a Israel, no
habría territorios ocupados y existiría un estado
palestino.
Incluso durante proceso de la paz de "Oslo" -cuando la
organización de la liberación de Palestina pretendió
reconocer la existencia de Israel y los judíos, por
tanto, permitieron la creación el "Autoridad Nacional
Palestina" estaba claro que la meta de la OLP era la
destrucción de Israel, no sólo porque su líder invocara
el engaño del profeta Mahoma. El propósito palestino de
destruir Israel está perfectamente claro en su nueva
exigencia del "derecho al retorno" a Israel de "5
millones" de árabes. La cifra de 5 millones de
refugiados que deben volver a Israel es más de diez
veces superior al número de árabes que realmente
abandonaron en 1948 los territorios judíos del Mandato
británico.
Además de absurda, esta nueva demanda tiene varios
aspectos que revelan la agenda genocida que los
palestinos reservan para los judíos. El primero es que
el "derecho al retorno" es en sí mismo una burla
intencionada a la principal razón de la existencia de
Israel -el hecho de que ningún país ofreció refugio a
los judíos que huyeron del programa de exterminación de
Hitler durante la Segunda Guerra Mundial. Es sólo a
causa de que el mundo dio la espalda a los judíos cuando
su supervivencia estaba en juego por lo que el estado de
Israel concede un "derecho al retorno" a todo judío que
lo solicite.
No hay ninguna amenaza genocida contra los árabes,
tampoco les falta apoyo económico y militar
internacional ni existe "diáspora palestina" de ninguna
clase (aunque los palestinos se han apropiado
cínicamente del mismo término para describir la crítica
situación en que ellos mismos se han colocado). El hecho
de que muchos árabes, incluyendo el líder espiritual
palestino -el Gran Mufti de Jerusalén- apoyaran la
"solución final" de Hitler no hace sino incrementar la
magnitud del insulto, agravado aún más por el hecho de
que el 90 por ciento de los palestinos que hoy viven en
Gaza y Cisjordania jamás vivieron un solo día de sus
vidas en territorio de Israel. La demanda de un "derecho
de la vuelta" es pues poco menos que una descarada
manifestación de desprecio hacia los judíos y sus
sufrimientos a través de la Historia.
Y lo que es más importante, se trata de una expresión de
desprecio hacia la misma idea de un estado judío. La
incorporación de cinco millones de árabes en Israel
pondría a los judíos en situación de minoría permanente
en su propio país, y significaría el fin de Israel. Los
árabes lo saben perfectamente, y esa es la razón por la
que la han convertido en una exigencia fundamental. Se
trata, tan sólo, de un caso más de la mala fe que en
general que el bando árabe ha manifestado en cada
capítulo de estos trágicos sucesos.
Posiblemente la expresión más llamativa de esta mala fe
de los árabes es el deplorable tratamiento que brindan a
los refugiados y la negativa, durante medio siglo, a
realojarlos o a aliviar su situación, incluso durante
los años en que estuvieron bajo el dominio de Jordania.
Mientras que Israel hacía florecer el desierto y
realojaba a 600.000 refugiados judíos procedentes de
estados árabes y construía una democracia industrial
próspera en los territorios que le fueron asignados, los
árabes se ocupaban en asegurarse de que sus refugiados
permanecieran en minúsculos campos en Cisjordania y Gaza
indefensos, sin derechos y en condiciones paupérrimas.
Hoy, cincuenta años después de la primera guerra árabe
contra Israel, hay 59 de esos campos y 3,7 millones de
"refugiados" registrados por la ONU A pesar de ayuda
económica de las Naciones Unidas y del propio Israel, a
pesar de la abundancia de petróleo de los reinos árabes,
los líderes árabes se han negado a hacer esfuerzo alguno
para sacar a los refugiados de sus miserables campos o
para acometer inversiones económicas que alivien su
situación. Existen actualmente 22 estados árabes que
podrían proporcionar hogares para una población del
mismo origen étnico y que habla la misma lengua árabe.
Pero el único que permite que los árabes palestinos
adquieran la nacionalidad es Jordania. Y el único estado
que los palestinos ambicionan es Israel.
7. La política del resentimiento y del odio
La negativa a abordar la situación de los refugiados
palestinos es -y ha sido siempre- una política árabe
intencionada, cuyo objetivo es mantener a los palestinos
en estado desesperación para incitar su odio hacia
Israel y provocar guerras. Para no dejar nada al azar,
las mezquitas y las escuelas árabes en general -y las de
los palestinos en particular- predican y enseñan todos
los días el odio a los judíos. En las escuelas primarias
palestinas incluso se enseña a los niños a cantar
"muerte a los judíos paganos" en las aulas cuando
aprenden a leer. No hay que olvidar que estas políticas
paralelas de la pauperización (de los árabes palestinos)
y del odio (hacia los judíos) tienen lugar sin que medie
protesta alguna por parte de ningún sector de la
sociedad palestina o árabe. En sí mismo, esto dice
muchísimo sobre la naturaleza del conflicto en Oriente
Medio.
Todas las guerras -sobre todo si se han prolongado por
espacio de cincuenta años- producen injusticias y
víctimas en ambos lados, y esta guerra no es la
excepción. Muchas son las víctimas individuales, tanto
palestinas como judías, tal y como puede apreciarse en
los noticiarios de cada noche. Pero no puede hablarse de
injusticia contra el pueblo palestino, pues en todo caso
se trata de un agravio que ellos mismos se han infligido
a sí mismos, producto de la xenofobia, del resentimiento
y de la explotación que los árabes han practicado con su
propia gente; así como de su evidente incapacidad para
ser generosos y tolerantes con quienes no son árabes.
Mientras que Israel es una sociedad abierta, democrática
y multiétnica que incluye a una gran minoría árabe que
goza de derechos civiles y políticos, la Autoridad
Palestina es un estado intolerante, antidemocrático,
monolítico y policial, con un líder dictatorial cuya
letal carrera dura ya 37 años.
Cualquier observador razonable puede advertir que la
causa de las actitudes repugnantes, los métodos
criminales y las metas deshonestas del movimiento de
liberación de Palestina tiene su origen en el odio a los
judíos y en el resentimiento del moderno Occidente
democrático. Puesto que no había nación palestina antes
de la creación de Israel, y puesto que los palestinos se
consideraban a sí mismos simplemente como árabes y a su
tierra como parte de Siria, no es sorprendente que
muchos de los principales creadores de la OLP ni
siquiera vivieran en el Mandato de Palestina antes de la
creación de Israel; menos aún en la franja, mayormente
desértica, que fue asignada a los judíos. Edward Said,
el principal portavoz intelectual de la causa palestina,
creció en una familia que decidió asentarse en Egipto y
en Estados Unidos. Yasser Arafat nació en Egipto.
Los mismos estados árabes que dicen estar ultrajados por
el tratamiento que los judíos dan a los palestinos,
tratan a sus propias poblaciones árabes mucho peor de lo
que los árabes son tratados en Israel, al tiempo que
también callan acerca de la mayoría palestina que vive
en Jordania sin derechos civiles. En 1970, rey Hussein
de Jordania masacró a millares de militantes de la OLP.
Pero la OLP no exige el derrocamiento de la monarquía
hachemita de Jordania ni dedica a ella su odio. Lo
reserva para los judíos.
Es más, se trata de un odio cada vez más mortal. Hoy, el
70 por ciento de los árabes de Cisjordania y Gaza
aprueban que mujeres y niños se suiciden convirtiéndose
en bombas humanas si las víctimas son judías. No existe
movimiento alguno por una "paz inmediata", al contrario
que Israel, donde los partidarios de hacer concesiones a
la exigencias árabes en nombre de la paz son una fuerza
política formidable. No hay ningún portavoz árabe que
hable a favor de los derechos de los judíos y denuncie
sus sufrimientos, pero hay cientos de miles de judíos en
Israel -y en todo el mundo- que sí piden "justicia" para
los palestinos ¿Cómo pueden los judíos esperar justicia
de una gente que, en su conjunto, ni siquiera los
considera como seres humanos?
8. Una faz falsa
El proceso de paz de Oslo, iniciado en 1993, se basó en
el compromiso de ambas partes de renunciar a la
violencia como medio para resolver su conflicto. Pero
los palestinos nunca han renunciado a la violencia, y en
el año 2000 lanzaron oficialmente una nueva intifada
contra Israel que abortó el proceso de paz.
De hecho, durante el proceso de paz -entre 1993 y 1999-
tuvieron lugar alrededor de 4.000 actos terroristas
cometidos por palestinos, que causaron la muerte a mas
de 1.000 israelíes -una cifra superior a la de los
últimos 25 años en conjunto. En cambio, durante ese
mismo periodo, los israelíes ansiaban tanto la paz que
respondieron a esos asesinatos otorgando a los
palestinos un gobierno autónomo en Cisjordania y
Palestina, una "policía" de 40.000 hombres armados y el
95 por ciento del territorio que sus negociadores
exigían. Esta generosidad israelí fue recompensada con
el rechazo de la paz, con atentados suicidas en
discotecas y centros comerciales abarrotados, con una
efusión de odio racial y con una nueva declaración de
guerra.
Lo cierto es que los palestinos rompieron los acuerdos
de Oslo precisamente a causa de la generosidad
israelí, porque el gobierno de Ehud Barak
ofreció satisfacer el 95 por ciento de sus peticiones,
incluido el control de algunas zonas de Jerusalén -una
posibilidad antaño impensable. Estas concesiones
hicieron a Arafat enfrentarse al único resultado que el
no deseaba: la paz con Israel. La paz sin la destrucción
del "ente judío."
Arafat expresó su rechazó a estas concesiones israelíes
con una nueva explosión de violencia antijudía, a la que
dio el engañoso nombre de "Intifada de Al-Aksa" por la
mezquita que está situada en la explanada del Templo. Su
nueva jihad recibió el nombre de este lugar
sagrado de los musulmanes para crear la ilusión de que
el origen de la intifada estaba, no en su ruptura
unilateral del proceso de paz de Oslo, sino en la visita
de Ariel Sharon a la explanada de las mezquitas. Meses
después de que comenzara la nueva intifada, la propia
Autoridad Palestina reconoció que ésta no era sino otra
de las mentiras de Arafat.
De hecho, la intifada había sido planeada unos meses
antes de la visita de Sharon como el siguiente paso al
rechazo del acuerdo de Oslo. En palabras de Imad Faluji,
el ministro de comunicaciones de la Autoridad Palestina,
"[la sublevación] había sido planeada desde el regreso
del presidente Arafat de Camp David, cuando dejó con dos
palmos de narices al anterior presidente de EEUU
[Clinton] rechazando las condiciones americanas". La
Comisión Mitchell, dirigida por el ex senador de los
EEUU George Mitchell para investigar los hechos, llegó a
la misma conclusión: "no fue la visita de Sharon lo que
provocó la intifada de Al-Aksa"
9. Distinciones Morales
Para analizar el callejón sin salida de Oriente Medio es
importante prestar atención a las diferencias que en el
orden moral revelan las acciones de los dos bandos.
Cuando un desequilibrado judío entra en una mezquita
para matar a los que allí rezan (sucedió en una sola
ocasión), actúa en solitario y recibe la condena tanto
del gobierno israelí como de los judíos de dentro y
fuera Israel, recayendo sobre él todo el peso de la ley
israelí. Pero cuando un joven árabe entra en una
discoteca llena de adolescentes, en un centro comercial
o en un autobús abarrotado de mujeres y niños y se
suicida volando consigo a personas inocentes (lo que
sucede con frecuencia), se trata de alguien que ha sido
entrenado y enviado por un miembro de la OLP o de la
Autoridad Palestina; Yasser Arafat le elogia
oficialmente como héroe; la Autoridad de Palestina da
dinero a su madre y sus vecinos árabes rinden honores al
hogar que produjo un "mártir para Alá". El movimiento de
liberación palestino es el primero que eleva la matanza
de niños -los suyos y los del enemigo- a la categoría de
vocación religiosa y de estrategia al servicio de su
causa.
No sólo son moralmente repugnantes los métodos del
movimiento de liberación palestino. La misma causa
palestina es en sí misma inmoral. El "problema
palestino" es un problema creado por los árabes, y sólo
ellos pueden solucionarlo. En Jordania, los palestinos
tienen ya un estado en el cual son una mayoría, pero
éste les niega la autodeterminación. ¿Por qué no es
Jordania el objeto de la lucha de "liberación"
palestina? La única respuesta posible es porque no está
gobernado por judíos.
Existe una famosa "línea verde" que marca el límite
entre Israel y sus vecinos árabes. Esa línea verde (de
envidia) es también la línea maestra para entender cuál
es el verdadero problema en Oriente Medio. Es verde
porque las plantas crecen en el desierto en el lado
israelí pero no en el lado árabe. Los judíos obtuvieron
una franja de tierra sin petróleo, y crearon riqueza y
vida abundante en todas sus variadas formas. Los árabes
obtuvieron nueve veces más de tierra cultivable, pero
todo lo que han hecho con ella es sentarse sobre su
aridez y fomentar la pobreza, el resentimiento y el odio
de sus habitantes. Además de esto, han creado y
perfeccionado el terrorismo más vil e inhumano que jamás
se haya visto: los atentados suicidas contra la
población civil. De hecho, los palestinos son una
comunidad de terroristas suicidas: desean la destrucción
de Israel más que disfrutar de una vida mejor.
Si un estado-nación es todo lo que los palestinos
desean, Jordania sería la solución (colmaría el 95 por
ciento de sus demandas). Pero los palestinos también
desean destruir Israel. Esto es moralmente execrable. Es
la resurrección del virus nazi. Sin embargo, la causa
palestina recibe el apoyo generalizado de la comunidad
internacional, con la única excepción de los Estados
Unidos (y, en menor medida, de Gran Bretaña). Es
precisamente porque los palestinos desean destruir el
estado que los judíos han creado -y porque matan judíos-
por lo que gozan de credibilidad internacional y de una
ayuda que, en otro caso, sería inexplicable.
10. De nuevo el problema judío
Es esta resistencia internacional a la causa de la
supervivencia judía, la persistencia del odio
generalizado hacia los judíos, lo que, en último
término, refuta la esperanza sionista de una solución al
"problema judío". La creación de Israel es la historia
de un impresionante logro humano. Pero la guerra
permanente para destruirlo socava la idea sionista
original.
Más de cincuenta años después de la creación de Israel,
los judíos siguen siendo el grupo étnico más odiado del
mundo. Los radicales islámicos desean destruir Israel,
pero también lo desean los musulmanes moderados. Para
los judíos de Oriente Medio, el actual conflicto es una
lucha a vida o la muerte, aunque todos los gobiernos
presentes en las Naciones Unidas, con la excepción de
los Estados Unidos y, a veces, Gran Bretaña, votan en
contra de Israel, que se enfrenta a un enemigo
terrorista que no respeta la vida o los derechos de los
judíos. Después de que Al Qaeda atacara las torres
gemelas, el embajador francés en el Reino Unido se
quejaba de que el mundo entero se hallaba en peligro por
culpa de "esa mierdosa nacioncilla", Israel. Esto causó
un escándalo en Inglaterra, pero en ningún otro lugar
más. Todo lo que separa a los judíos de Oriente Medio de
un nuevo Holocausto es su propia valentía y pericia
militar y el generoso y humanitario apoyo de los EEUU.
Aunque, incluso en Estados Unidos, pueden verse canales
de televisión como MSNBC o CNN donde se presenta a Ariel
Sharon, un primer ministro elegido democráticamente, en
plano de igualdad moral y política con Yasser Arafat,
que es un dictador, un terrorista y un enemigo de los
Estados Unidos. Puede verse esa misma equivalencia
establecida entre la democracia israelí y la Autoridad
Palestina, una entidad terrorista aliada de Al Qaeda y
de Irak, enemigos de Estados Unidos.
Durante la Guerra del Golfo, Israel fue leal aliado de
América, mientras que Arafat y los palestinos apoyaron
abiertamente al agresor, Saddam Hussein. Sin embargo,
los dos gobiernos norteamericanos posteriores -tanto
demócratas como republicanos- se afanaron por mantenerse
"neutrales" en el conflicto de Oriente Medio y
presionaron a Israel para que entrase en un suicida
"proceso de paz" con un enemigo que busca su
destrucción. Es sólo después del 11-S cuando los Estados
Unidos ha acabado por reconocer que Arafat es un enemigo
de la paz y un interlocutor inviable para una
negociación.
Los esfuerzos de los sionistas crearon una próspera
democracia para los judíos de Israel (y también para el
millón de árabes que viven en Israel), pero fracasaron
en su objetivo de regularizar la situación del pueblo
judío o de procurarles seguridad en un mundo que los
odia. Desde el punto de vista del "problema judío", que
Herzl y los fundadores del sionismo intentaron resolver,
hoy es mejor ser judío en América que en Israel.
Esta es una razón por la que no soy sionista sino un
apasionado e inequívoco patriota americano. América es
buena para los judíos como lo es también para cualquier
otra minoría que acepte su contrato social. Pero también
explica por qué soy un vehemente partidario de la
supervivencia de Israel y por qué no tengo simpatía
alguna por el bando palestino. Ni la tendré hasta que
llegue el día en que pueda mirar a los ojos de los
palestinos y ver algo distinto a ese anhelo homicida
contra judíos como yo.
David Horowitz es autor de numerosos libros entre
los que se encuentra una autobiografía, Radical
Son, que ha sido calificada como "la primera gran
autobiografía de su generación", la cual relata su
odisea desde el activismo radical hacia las posiciones
que actualmente mantiene. Entre sus otros libros pueden
citarse The Politics of Bad Faith (La política
de la mala fe) y The Art of Political War (El
arte de la guerra política). Este último fue calificado
por Karl Rove, estratega político de la Casa Blanca,
como "la guía perfecta para ganar en el campo de batalla
de la política".