JEQUE YASÍN: ¿UN ASESINATO JUSTIFICADO?

Fuente: Diaro ABC Martes 23-03-04

Rafael L.Bardají

Subdirector del Real Instituto Elcano de Estudios Internacionales y Estratégicos 

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ISRAEL es la única democracia efectiva en
el Oriente Medio, pero está asediada y con
enemigos cuyo único objetivo es su aniquilación total y frente a los cuales los instrumentos democráticos tradicionales no parecen ser suficientes. El Jeque Ahmed Yasín, fundador y líder espiritual dé Hamás no era ningún santo. Es un dato que nadie puede discutir. Tetrapléjico debido a un accidente en su infancia, creó en 1987 Hamás, organización de corte nacionalista y religioso integrista y que se ha convertido en el movimiento palestino islámico más importante.
Desde sus comienzos, Hamás se casó a la idea de destruir a Israel a la vez que acabar con Arafat como líder de la comunidad palestina y reemplazar a ambos con «la bandera de Alah». Su práctica ha consistido en el ataque indiscriminado contra civiles israelies en suelo israelí, no contra soldados u otras fuerzas presentes en Gaza y Cisjordania. El recurso a terroristas suicidas ha sido habitual y el tétrico resultado, unos 31x1 civiles muertos, incluidos mujeres y niños, y varios cientos más de heridos directamente atribuibles a su acción.
Yasín, nacido en 1929 según su pasaporte palestino, pasó a primera línea política en 1987 de la mano de la intifada palestina. Fue encarcelado por Israel en 1989 y posteriormente liberado, en 1997, a cambio de la entrega por Hamás de dos agentes del espionaje israelí. Yasin ya se encontraba entonces muy enfermo y las autoridades de Tel Aviv podrían haber temido más su muerte en prisión que su excarcelación. Con el aumento de los ataques suicidas palestinos, desde el año pasado se han intensificado las acciones selectivas contra líderes de movimientos terroristas por parte de las fuerzas israelíes. De hecho, en septiembre pasado Yasin escapó por milagro del bombardeo de un edificio donde se congregaba la elite dirigente de Hamás. Ayer no tuvo tanta suerte.
La ejecución del jeque Yasín, por tanto, no puede sorprendernos. La eliminación selectiva de los cabecillas terroristas es una política israelí bien conocida y, nos guste o no, consistente. Para los europeos, como ya han hecho saber los responsables de la UE, las ejecuciones de terroristas son asesinatos que están más allá de la ley. Desde Israel se responde, también como sabemos, que su ley si lo permite y que la única norma internacional de aplicación es el derecho de guerra porque ellos están en guerra. Su argumentación es clara: Hamás había declarado la guerra contra la existencia de Israel; la eliminación de Yasín, como en casos anteriores, ha sido decidida por la máxima autoridad política del país, que rinde sus cuentas, como en cualquier democracia, ante el pueblo soberano y antes los jueces; que se aplica contra un objetivo que está directamente involucrado en actos criminales contra civiles inocentes y que se encuentra fuera
 
 

Israel, por muy complejo que
resulte de entender, debe
haber valorado que los costes
inmediatos se ven compensados
claramente por los beneficios
de la desaparición de Yasín

 

 

 

del alcance de la justicia y cuya eliminación, por último, se ejecuta con el máximo de cuidado para evitar la muerte de personas inocentes.
Es casi imposible entender la lógica israelí si no se ha vivido allí. En Europa, al menos hasta el ll-M, se podía hablar con ligereza de la amenaza existencia] del terrorismo. Para quienes tienen que convivir todos los días de su vida con los terroristas suicidas, las ideas son dramáticas realidades. Y eso condiciona necesariamente las respuestas.
Eso no quiere decir que el Gobierno de Israel no se equivoque y cometa errores. Pero en cualquier easo, quienes siguen los avatares del Oriente Medio saben que el Gobierno de Tel Aviv raramente actúa sin un plan previo. En dónde cuadra este asesinato es, para mí, una incógnita. Puede que algunos en Israel lo justifiquen como una «diana de oportunidad»; Yasín estaba ya condenado a muerte y se ha ejecutado su sentencia en la primera oportunidad que se ha podido. Pero resulta, de entrada, poco convincente. Sobre todo si se piensa en las posibles implicaciones a corto plazo de su desaparición, esencialmente un resurgir de la calle palestina y un deseo redoblado de atentar contra Israel por parte no sólo de Hamás sino de otros grupos palestinos.
Hay quien atribuye la decisión del gobierno de Sharon de acabar con la vida de Yasín, un líder espiritual pero a duras penas en la dirección de las operaciones concretas de Hamás, a un acto simbólico necesario para hacer ver que su plan de retirada unilateral de Gaza y Cisjordania, los territorios desde los que opera Hamás con la práctica impunidad de la Autoridad Nacional Palestina, quien nunca se ha atrevido a desmantelarla, no se debe a una victoria táctica del terrorismo, sino a un plan estratégico para una mejor protección de sus ciudadanos. Sea como fuere, lo que puede esperarse en el corto plazo es mayor caos y deseontrol en los territorios y, aún peor, a favor del fervor popular por Hamás y el consiguiente debilitamiento de Yaser Arafat y su gobierno.
El cálculo del gobierno de Israel, por muy complejo que resulte de entender, debe haber valorado que los costes inmediatos se ven com-

 

  pensados claramente por los beneficios de la desaparición de Yasín. Pero es difícil de entender porque las estrategias de decapitación de movimientos terroristas rara vez producen efectos netos. Así y todo, si esta ejecución se pone en el contexto más amplio de otros ataques contra líderes operativos de llamas y otros grupos, como la Jihad Islámica, hay que conceder que el medio en el que se mueven los cabecillas terroristas se les vuelve en contra y que las medidas de autoprotección a las que tiene que someterse para salvar su vida repercuten directamente en sus actividades y operaciones. De hecho puede establecerse una correlación directa entre asesinatos selectivos y disminución de los atentados suicidas- Pero como casi todo en sociología, correlación no siempre equivale a causalidad.
Se puede condenar a Israel o se puede aplaudir la determinación de su gobierno. Es a gusto del consumidor. Pero, en todo caso, lo que no se puede olvidar es que nuestra situación en nada tiene que ver a la que se ven sometidos los israelíes y los palestinos de pro. En un reciente estudio (de agosto de 2003), la revista de la Asociación Médica Americana estimaba que el 16 por ciento de la población de Israel se había visto directamente expuesta a un incidente traumático. Y desde entonces, ese porcentaje no ha hecho sino aumentar. Los que hemos vivido más o menos directamente los atentados del 11-M en Madrid deberíamos poder hacernos una Idea de qué representa eso.
Nosotros liemos descubierto muy recientemente que el megaterrorismo tiene una estrategia de aniquilación. Israel lleva desde su propio nacimiento defendiéndose de ser aniquilado por sus vecinos y por una fracción radical, violenta y terrorista de los palestinos. ¿Justifica eso, necesariamente, cualquier tipo de acción de defensa? Seguramente no. Pero la reflexión estratégica que tendría que surgir de casos como éste es que no estamos tratando con situaciones normales, sino todo lo contrario. Pero al mismo tiempo que se lucha contra los terroristas, porque no hay más remedio que hacerlo, también hay que ser conscíentes de que atajar las raíces del odio y la violencia exige otra serie de medidas. Para la paz de Oriente Medio no hay más camino que la hoja de ruta, pero en paralelo se deben impulsar cuantas reformas sean necesarias en el mundo árabe y musulmán, incluida la Autoridad Palestina, para permitir que sus condiciones de vida, políticas, culturales y económicas, permitan reemplazar la corrupción, la frustración y el odio con sistemas y valores para una convivencia pacífica. Ni más ni menos.

RAFAEL L. BARDAJÍ
Subdirector del Real Instituto Elcano
de Estudios lnternacionales y Estratégicos