ISRAEL
es la única democracia efectiva en
el Oriente Medio, pero está asediada y con
enemigos cuyo único objetivo es su aniquilación total y frente a los
cuales los instrumentos democráticos tradicionales no parecen ser
suficientes. El Jeque Ahmed Yasín, fundador y líder espiritual dé Hamás
no era ningún santo. Es un dato que nadie puede discutir. Tetrapléjico
debido a un accidente en su infancia, creó en 1987 Hamás, organización
de corte nacionalista y religioso integrista y que se ha convertido en
el movimiento palestino islámico más importante.
Desde sus comienzos, Hamás se casó a la idea de destruir a Israel a la
vez que acabar con Arafat como líder de la comunidad palestina y
reemplazar a ambos con «la bandera de Alah». Su práctica ha consistido
en el ataque indiscriminado contra civiles israelies en suelo israelí,
no contra soldados u otras fuerzas presentes en Gaza y Cisjordania. El
recurso a terroristas suicidas ha sido habitual y el tétrico resultado,
unos 31x1 civiles muertos, incluidos mujeres y niños, y varios cientos
más de heridos directamente atribuibles a su acción.
Yasín, nacido en 1929 según su pasaporte palestino, pasó a primera línea
política en 1987 de la mano de la intifada palestina. Fue encarcelado
por Israel en 1989 y posteriormente liberado, en 1997, a cambio de la
entrega por Hamás de dos agentes del espionaje israelí. Yasin ya se
encontraba entonces muy enfermo y las autoridades de Tel Aviv podrían
haber temido más su muerte en prisión que su excarcelación. Con el
aumento de los ataques suicidas palestinos, desde el año pasado se han
intensificado las acciones selectivas contra líderes de movimientos
terroristas por parte de las fuerzas israelíes. De hecho, en septiembre
pasado Yasin escapó por milagro del bombardeo de un edificio donde se
congregaba la elite dirigente de Hamás. Ayer no tuvo tanta suerte.
La ejecución del jeque Yasín, por tanto, no puede sorprendernos. La
eliminación selectiva de los cabecillas terroristas es una política
israelí bien conocida y, nos guste o no, consistente. Para los europeos,
como ya han hecho saber los responsables de la UE, las ejecuciones de
terroristas son asesinatos que están más allá de la ley. Desde Israel se
responde, también como sabemos, que su ley si lo permite y que la única
norma internacional de aplicación es el derecho de guerra porque ellos
están en guerra. Su argumentación es clara: Hamás había declarado la
guerra contra la existencia de Israel; la eliminación de Yasín, como en
casos anteriores, ha sido decidida por la máxima autoridad política del
país, que rinde sus cuentas, como en cualquier democracia, ante el
pueblo soberano y antes los jueces; que se aplica contra un objetivo que
está directamente involucrado en actos criminales contra civiles
inocentes y que se encuentra fuera
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Israel,
por muy complejo que
resulte de entender, debe
haber valorado que los costes
inmediatos se ven compensados
claramente por los beneficios
de la desaparición de Yasín
del alcance
de la justicia y cuya eliminación, por último, se ejecuta con el máximo
de cuidado para evitar la muerte de personas inocentes.
Es casi imposible entender la lógica israelí si no se ha vivido allí. En
Europa, al menos hasta el ll-M, se podía hablar con ligereza de la
amenaza existencia] del terrorismo. Para quienes tienen que convivir
todos los días de su vida con los terroristas suicidas, las ideas son
dramáticas realidades. Y eso condiciona necesariamente las respuestas.
Eso no quiere decir que el Gobierno de Israel no se equivoque y cometa
errores. Pero en cualquier easo, quienes siguen los avatares del Oriente
Medio saben que el Gobierno de Tel Aviv raramente actúa sin un plan
previo. En dónde cuadra este asesinato es, para mí, una incógnita. Puede
que algunos en Israel lo justifiquen como una «diana de oportunidad»;
Yasín estaba ya condenado a muerte y se ha ejecutado su sentencia en la
primera oportunidad que se ha podido. Pero resulta, de entrada, poco
convincente. Sobre todo si se piensa en las posibles implicaciones a
corto plazo de su desaparición, esencialmente un resurgir de la calle
palestina y un deseo redoblado de atentar contra Israel por parte no
sólo de Hamás sino de otros grupos palestinos.
Hay quien atribuye la decisión del gobierno de Sharon de acabar con la
vida de Yasín, un líder espiritual pero a duras penas en la dirección de
las operaciones concretas de Hamás, a un acto simbólico necesario para
hacer ver que su plan de retirada unilateral de Gaza y Cisjordania, los
territorios desde los que opera Hamás con la práctica impunidad de la
Autoridad Nacional Palestina, quien nunca se ha atrevido a
desmantelarla, no se debe a una victoria táctica del terrorismo, sino a
un plan estratégico para una mejor protección de sus ciudadanos. Sea
como fuere, lo que puede esperarse en el corto plazo es mayor caos y
deseontrol en los territorios y, aún peor, a favor del fervor popular
por Hamás y el consiguiente debilitamiento de Yaser Arafat y su
gobierno.
El cálculo del gobierno de Israel, por muy complejo que resulte de
entender, debe haber valorado que los costes inmediatos se ven com-
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pensados claramente por los beneficios de
la desaparición de Yasín. Pero es difícil de entender porque las
estrategias de decapitación de movimientos terroristas rara vez producen
efectos netos. Así y todo, si esta ejecución se pone en el contexto más
amplio de otros ataques contra líderes operativos de llamas y otros
grupos, como la Jihad Islámica, hay que conceder que el medio en el que
se mueven los cabecillas terroristas se les vuelve en contra y que las
medidas de autoprotección a las que tiene que someterse para salvar su
vida repercuten directamente en sus actividades y operaciones. De hecho
puede establecerse una correlación directa entre asesinatos selectivos y
disminución de los atentados suicidas- Pero como casi todo en
sociología, correlación no siempre equivale a causalidad.
Se puede condenar a Israel o se puede aplaudir la determinación de su
gobierno. Es a gusto del consumidor. Pero, en todo caso, lo que no se
puede olvidar es que nuestra situación en nada tiene que ver a la que se
ven sometidos los israelíes y los palestinos de pro. En un reciente
estudio (de agosto de 2003), la revista de la Asociación Médica
Americana estimaba que el 16 por ciento de la población de Israel se
había visto directamente expuesta a un incidente traumático. Y desde
entonces, ese porcentaje no ha hecho sino aumentar. Los que hemos vivido
más o menos directamente los atentados del 11-M en Madrid deberíamos
poder hacernos una Idea de qué representa eso.
Nosotros liemos descubierto muy recientemente que el megaterrorismo
tiene una estrategia de aniquilación. Israel lleva desde su propio
nacimiento defendiéndose de ser aniquilado por sus vecinos y por una
fracción radical, violenta y terrorista de los palestinos. ¿Justifica
eso, necesariamente, cualquier tipo de acción de defensa? Seguramente
no. Pero la reflexión estratégica que tendría que surgir de casos como
éste es que no estamos tratando con situaciones normales, sino todo lo
contrario. Pero al mismo tiempo que se lucha contra los terroristas,
porque no hay más remedio que hacerlo, también hay que ser conscíentes
de que atajar las raíces del odio y la violencia exige otra serie de
medidas. Para la paz de Oriente Medio no hay más camino que la hoja de
ruta, pero en paralelo se deben impulsar cuantas reformas sean
necesarias en el mundo árabe y musulmán, incluida la Autoridad
Palestina, para permitir que sus condiciones de vida, políticas,
culturales y económicas, permitan reemplazar la corrupción, la
frustración y el odio con sistemas y valores para una convivencia
pacífica. Ni más ni menos.
RAFAEL L. BARDAJÍ
Subdirector del Real Instituto Elcano
de Estudios lnternacionales y Estratégicos |