TIEMPO PARA EL ORGULLO JUDÍO

Por Egon Friedler

En Malasia, los líderes de 57 países musulmanes aplauden de pie el
discurso antisemita del líder del país anfitrión de su conferencia. En
Bruselas se da a conocer una encuesta : para el 59% de los europeos,
Israel es el país más peligroso del mundo. En Alemania, estalló no hace
mucho un nuevo escándalo, el affaire Hohman, causado por un diputado
demócrata cristiano que acusó a los judíos de ser una “raza de asesinos”
en referencia a la actuación de judíos comunistas durante la revolución
de 1917 en Rusia. En Francia se multiplican los incidentes antisemitas a
tal punto que ya dejan de ser noticia. En distintos círculos europeos se
sugiere en voz baja que la creación del estado de Israel fue un error.
Al grupo cada vez mayor de intelectuales anti-israelíes y anti-judíos se
incorporó en los últimos meses el compositor griego Mikis Theodorakis.
Nadie puede asegurar que el salvaje atentado terrorista contra las
sinagogas en Estanbul que sigue al de Marruecos, será el último.

Muchos observadores judíos y no judíos coinciden en que estamos viviendo
la peor ola de antisemitismo desde la campaña antisemita de Hitler en la
década del treinta. Están equivocados. La situación actual es
objetivamente peor que entonces. En la década hubo un tipo virulento de
antisemitismo, el nazismo racista. Hoy hay una larga serie de
antisemitismos : el antisemitismo islámico y el europeo tradicional, el
de la extrema derecha y el de la extrema izquierda, el antiamericano y
el de los americanos racistas, el de los comunistas recalcitrantes y el
de los románticos contrarios a la globalización, el de los trotzkistas
militantes y los anarquistas de todo tipo, el de los “cabezas rapadas” y
de los negadores del Holocausto, y la lista podría prolongarse
indefinidamente. La Alemania de Hitler abarcaba a 80 millones de
personas. El mundo musulmán, donde circulan como verdades absolutas
desde libelos de sangre de tipo medieval hasta mentiras monstruosas como
la culpabilidad judía en los ataques contra Estados Unidos del 11 de
setiembre, cuenta con 1.100 millones.

Si antaño el judío era considerado culpable por ser al mismo comunista y
capitalista, la misma feroz falta de lógica se aplica al estado judío.
La historia no deja lugar a dudas : en las conversaciones de Camp David
los palestinos rechazaron las generosas propuestas del Primer Ministro
Ehud Barak que se jugó su carrera política por ellas. Incluso se negaron
a presentar cualquier clase de contrapropuestas. En cambio, lanzaron una
campaña de violencia en violación total del acuerdo de Oslo. Sin
embargo, ellos aparecen como las grandes víctimas. Los atentados
terroristas dirigidos deliberamente contra civiles son minimizados
mientras la defensa activa de Israel contra el terror es magnificada.

Siempre Israel aparece como el gran culpable, al margen de las críticas
justas que puedan plantearse respecto a la política del gobierno de
Ariel Sharon. Las varas con que se miden las acciones israelíes y
palestinas son tan diferentes que una discusión franca y honesta parece
imposible. Y las diferencias entre israelíes y judíos se vuelven cada
día más borrosas. La indiferencia creciente del mundo ante los ataques
antisemitas despierta siniestras asociaciones con la década del treinta
y el cuarenta del siglo pasado.

Precisamente por todo esto, es el momento indicado para reafirmar el
orgullo judío,en la fe en nuestras fuerzas, en nuestra férrea voluntad
de supervivencia.

Orgullo porque sin los postulados éticos de nuestra Biblia la humanidad
no sería lo que es hoy ; porque a pesar de todas las tragedias que hemos
vivido en nuestra historia seguimos vivos ; porque sin nuestra
creatividad y nuestro sentido crítico la historia de la humanidad habría
tomado un curso muy diferente ; porque en todo el devenir histórico
nunca tan pocos dieron tanto a tantos.

Somos un pueblo que no es un pueblo, una nación que no es una nación,
una religión que no es una religión, pero al mismo tiempo somos eso y
mucho más. Somos una formidable comunidad de memoria histórica común,
una comunidad única en la familia de los pueblos. Somos la savia vital
que ha nutrido todas las grandes revoluciones del pensamiento en la
historia. Somos una formidable fuerza colectiva a pesar de nuestra total
desunión, de nuestra increíble diversidad, de nuestras múltiples e
irreconciliables diferencias internas. Creyentes y no creyentes, creemos
en el valor de la vida, en que nuestro paso por la existencia tiene
sentido, en que la solidaridad humana es un imperativo irrenunciable.

Nuestro humanismo recalcitrante nos convierte en el blanco favorito de
todos los fundamentalismos, de todos los totalitarismos, de todos los
absolutismos ideológicos, de todos los enemigos de la libertad.

Somos individualistas con un fuerte sentido de la responsabilidad
colectiva y colectivistas con un hondo respeto por el ser individual.
Somos paradojalmente iguales y distintos al resto de la humanidad. Nadie
tiene tantos siglos de historia sobre sus espaldas pero sin embargo esta
carga no nos pesa. Nadie ha tenido tantos dolorosos fracasos como
nosotros, sin embargo nuestro éxito es espectacular.

Un buen ejemplo es el sionismo. Cuando los dos grandes mesianismos
destructivos del siglo XX, el nazismo y el comunismo, han resultado ser
tremendos fracasos históricos que han causado la muerte de millones de
seres humanos, les sobrevive el sionismo, un modesto movimiento
nacional, casi provinciano, que ha dado un ejemplo de cómo construir un
país de la nada, cómo cambiar la estructura profesional de todo un
pueblo, cómo sobrevivir en un entorno hostil que la impuesto una larga
guerra, con breves pausas de paz, desde su mismo nacimiento, cómo
conservar una genuina democracia en un espacio geográfico plagado de
dictaduras y régimenes autoritarios, cómo crear una sociedad
multi-étnica con inmigrantes de 100 países y las más variadas culturas.

El escarnecido, sitiado y acosado Israel, da un ejemplo de cómo tolerar
la discrepancia, la discusión abierta y franca, la disidencia con todas
sus implicancias, en un momento en que está en juego su misma
existencia. Es casi un milagro que un país pueda mantener intacta su
creatividad, su avidez cultural, su normalidad cotidiana en medio de las
condiciones más anormales inimaginables, bajo la espada de Damocles del
terrorismo suicida.

Por todo ello, estamos orgullosos. Por todo ello, estamos seguros de que
habremos de sobrevivir al antisemitismo actual como hemos sobrevivido a
tantos otros a lo largo de la historia. Por todo ello, queremos celebrar
nuestra alegría de ser judíos.