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Debido a que la administración Obama está empeñada en reiniciar
las negociaciones entre líderes israelíes y palestinos, el
primer ministro israelí Benjamin Netanyahu ha ofrecido el cese
durante diez meses de la expansión de los asentamientos en
Cisjordania. El presidente de la Autoridad Palestina Mahmud
Abbás ha respondido exigiendo aún más como condición previa para
siquiera hablar. Déjeme adivinar... Netanyahu no está nada
sorprendido.
No debería estarlo nadie. No hace falta ser Donald Trump para
saber que el arte de la negociación comienza con un
entendimiento de lo que quieren las partes. Sin embargo, por más
de medio siglo, los políticos y diplomáticos occidentales han
basado todo en un espejismo: la creencia de que porque nosotros
vemos la paz como un beneficio, todos en Oriente Próximo también
tienen que verla de esa misma manera.
Este supuesto es obviamente más falso respecto a Hamás que ha
gobernado Gaza con mano de hierro desde que Israel se retiró de
ese territorio en 2005. Los líderes de Hamás han sido sinceros:
ellos están librando una yihad, una guerra santa. Su meta es la
aniquilación de Israel, nación infiel que ocupa un territorio
que Alá había legado a los musulmanes. Una solución de dos
Estados o cualquier otro tipo de compromiso es impensable.
Bajo la suficiente presión, Hamás aceptará una tregua
temporal como una manera de ganar tiempo para reconstituir sus
fuerzas. Pero presionar lo suficiente a Hamás es problemático,
según lo que cuenta el recientemente publicado Informe Goldstone
de la ONU en el que se acusaba a Israel de cometer crímenes de
guerra por haber respondido a varios años de incesantes ataques
de misiles con una ofensiva militar; una que fue prudente y
limitada bajo cualquier estándar objetivo.
Claro que la gente seria no prevé negociaciones Israel-Hamás,
más bien conversaciones entre Israel y Abbás –que mantiene un
precario control de Cisjordania– y que el presidente Obama
quisiera ver en marcha otra vez.
Pero cualquier acuerdo que Abbás pueda alcanzar con Israel,
no importa lo ventajoso que sea para el palestino medio, sería
denunciado por Hamás no solamente como un mal arreglo sino como
un acto de traición y apostasía. La vida de Abbás estaría en
peligro. Si usted estuviera asesorando a Abbás, ¿qué le diría?
Probablemente, que hiciera exactamente lo que está haciendo:
embolsarse cualquier concesión que los americanos puedan
sacarles a los israelíes al mismo tiempo que las desestiman como
lamentablemente insuficientes; negarse a negociar, pero entre
bambalinas, trabajar con los israelíes en asuntos de seguridad
–especialmente la propia– y de desarrollo económico. Por lo
menos, eso puede evitar que Hamás gane más terreno.
En cuanto a los vecinos de Israel, se trata de regímenes no
democráticos, por tanto, para ellos, los aliados son agradables
pero los enemigos son esenciales. ¿Hacia dónde más podrían
desviar el descontento popular? Por ejemplo, Arabia Saudí:
Israel demostró hace mucho tiempo ya ser el mejor enemigo de los
saudíes, tanto confiable como valioso. Los saudíes saben que no
se enfrentan a ninguna amenaza real de Israel, pero el odio
contra Israel es algo a lo que los clérigos wahabitas –cuyo
apoyo teológico necesita la Casa de Saud– pueden dedicarse de
lleno durante los sermones de los viernes ¿Por qué iba un
príncipe saudí a cambiar eso por una invitación a cenar en
Jerusalén?
Claro que uno puede hacer las paces con Israel y no comer con
los judíos. Egipto es la prueba viviente de ello. Después de
alcanzar un acuerdo con Israel en 1979 y de recuperar toda la
península del Sinaí –un territorio tres veces más grande que
todo Israel– los islamistas asesinaron al presidente egipcio
Anwar Sadat en 1981. Su sucesor, Hosni Mubarak, comprendió que
las relaciones diplomáticas de Egipto con Israel nunca deberán
ser relaciones normales y de amistad. Hay un flagrante
antisemitismo muy extendido en Egipto. (Vea, por ejemplo,
este video
de MEMRI TV).
También tenemos esto: la tensión en Oriente Próximo mantiene
el precio del petróleo más alto de lo que estaría si se diera un
estado de paz duradera. Por tanto, cualquier país que dependa de
las ventas del petróleo –por ejemplo, Rusia– se beneficia del
conflicto mientras éste se mantenga a un nivel de baja
intensidad. Unos precios más altos del petróleo por una parte y
por otra, paz para los judíos y los árabes: ¿cree usted que
Vladimir Putin lo tiene difícil para decidirse?
En cuanto a los gobernantes islamistas de Irán, la vehemencia
de su yihad contra Israel les da legitimidad e incluso la
probabilidad de liderazgo en el mundo suní. ¿Hay alguna forma
mejor de que un régimen chiíta lo logre? Al igual que los dos
grupos terroristas que Irán patrocina –Hamás (suní) y Hizbolá
(chiíta)– los gobernantes de Irán no tienen el menor interés en
planes diplomáticos occidentales como el del "estatus final para
una solución de dos Estados".
Por supuesto que Estados Unidos e Israel desean firmemente la
paz. El conflicto crónico –el estado natural de la mayor parte
del mundo a lo largo de la mayor parte de la historia– es
incómodo de soportar para las naciones libres y democráticas.
Pero con tantos actores clave oponiéndose a la paz, no hay forma
de que Israel, incluso con el vigoroso apoyo de Estados Unidos,
vaya a alcanzar un acuerdo duradero con sus vecinos musulmanes
en un futuro próximo. Esto no significa que la situación no
pueda mejorar.
La Autoridad Palestina de Abbás parece estar cooperando muy
de cerca con las Fuerzas Israelíes de Defensa en la ofensiva
contra terroristas y criminales. Y una mejorada situación de
seguridad está entre los factores que contribuyen a una nueva y
notable vitalidad económica en Cisjordania.
Netanyahu llama a esto la búsqueda de la "paz económica".
¿Podría dar resultado con el paso del tiempo, persuadiendo a más
palestinos –y a palestinos con mayor poder– a aceptar la paz
como su objetivo y desafiar efectivamente a los opositores de la
paz? Sí a lo primero; y aunque lo segundo es más dudoso, no es
imposible. Pero ¿por qué no alcanzar ahora lo que se pueda
alcanzar ahora? Sin duda, cultivar un pequeño oasis es
preferible a perseguir un gran espejismo.
©2009 Scripps Howard News Service
©2009 Traducido por
Miryam Lindberg
Clifford D. May, antiguo corresponsal
extranjero del New York Times, es el presidente de la
Fundación por la Defensa de las Democracias, institución
investigadora dedicada al estudio del terrorismo
Autor: Clifford D.May
Fuente:
Libertad Digital |