CONFERENCIA
EN LA UNESCO, PARIS.
Los
judíos y las moscas.
“Hay tres cosas que Alá no debería haber creado: los persas, los judíos
y las moscas”.
Leída así, la frase que Saddam Hussein obligaba a repetir a los niños
de Iraq, suena a grotesca y, por supuesto, a bárbara. En nuestra civilizada y
arrogante Europa nunca diríamos algo así: nosotros no tenemos nada contra los
persas, ni contra las moscas. Diré más: las moscas son pesadas, pero conforman
de tal manera el paisaje mediterráneo, que han acabado siendo entrañables. Y,
por supuesto, los persas nos caen bien. De manera que podemos respirar
tranquilos: con Saddam Hussein solo nos une el odio a los judíos. ¿Habrá sido
ese odio el que ha llevado a tantos manifestantes a quemar banderas con la
estrella de David, mientras gritaban consignas a favor de Saddam? ¿Será la
judeofobia el lugar simbólico común donde árabes y europeos nos encontramos,
nos reconocemos y nos gustamos? Y, ¿es esa misma judeofobia la que convierte a
un déspota corrupto y violento como Arafat, en un resistente romántico? ¿La
que transforma el nihilismo terrorista palestino, en una especie de nueva épica
liberadora?
Sostengo, hoy y aquí, para desgracia de nuestro dual continente, capaz
de crear para el mundo las bases de la democracia, y, al mismo tiempo, crear las
termitas más activas que la intentaron destruir, el estalinismo y el fascismo,
sotengo que estamos volviendo hacia nuestros propios demonios: hoy por hoy,
sobre las bases del viejo antisemitismo exterminador que conformó nuestro
pensamiento colectivo más profundo, estamos construyendo un nuevo, activo y
perverso antisemitismo. “Un antisemitismo sin judíos”, que diría Pual
Lendvaï. El fenómeno se está elaborando en paralelo con dos actitudes
complementarias, las dos igualmente suicidas, el antiamericanismo, y la
indiferencia ante la aparición y consolidación de un nuevo totalitarismo, el
integrismo islámico. Tres son, pues, las flechas que disparan hacia una misma
dirección preocupante: la conformación de un pensamiento único europeo, capaz
de movilizar las calles y las conciencias de Europa, y que se fundamenta en
pilares destructivos. Lo más grave, desde mi punto de vista y desde mi propia
Los nuevos antisemitas no se reconocen como tales. El antisemitismo es
una expresión clásica de la extrema derecha, y, por tanto, la izquierda la
aborrece y la niega. El paraguas del antisionismo, sin embargo, o directamente
del antiisraelismo, son mucho más cómodos de llevar, paran bien la lluvia de
la crítica y permiten un disfraz intelectualmente digerible. De Martin Luther
King es esta frase pronunciada en 1967, en su “Carta a un amigo antisionista”:
“Los tiempos han convertido en impopular la manifestación abierta del odio a
los judíos. Siendo éste el caso, el antisemita busca nuevas formas y foros en
donde poder instalar su veneno. Ahora lo esconde tras una nueva máscara. ¡Ahora
no odia a los judíos, solo es antisionista!” 36 años después, la frase es más
vigente que nunca, de manera que el antisionismo y la demonización feroz de
Israel se han convertido en una
obligación moral del pensamiento de izquierdas. Como si en el catecismo no
escrito de la izquierda existiera un dogma inquebrantable: o eres antisionista,
o no eres de izquierdas. Yo misma, en mi país, soy expulsada del paraíso de la
izquierda, por parte de algunos gurús del dogma, cada vez que no practico el
tiro intelectual al judío. Perdón, al sionista. Perdón, al israelí. ¿O no
es todo lo mismo en la gramática antisemita?
El resultado es el que estamos viendo. En su plasmación más tangible,
la dolorosa agresión que están sufriendo comunidades judías en diversos
manipulación informativa,
criminalización de la legitimidad del estado de Israel,
minimización de las víctimas judías
banalización de la Shoá,
e indiferencia –cuando no aplauso- ante los estragos terroristas
del integrismo.
Primero. Acuso a la izquierda de matar a la información a golpes de
propaganda. La manipulación informativa de lo que ocurre en Oriente Próximo
es tan burda y excesiva que pasará a los anales del periodismo como ejemplo de
intoxicación de masas. ¿Cuántos principios del periodismo se quiebran en la
información que la mayoría de “medias” europeos están dando?
no control de las
fuentes,
tergiversación y manipulación de datos,
burla al principio de objetividad,
indiferencia ante lo que tendría que ser el anhelo de todo informador:
la verdad.
Ya sé que me dirán que la objetividad no existe, y menos en el
periodismo. Pero, entre la objetividad pura y la subjetividad militante, hay un
largo trecho que el periodismo serio podría recorrer. Y que, respecto a Oriente
Próximo, no recorre. La gramática de este nuevo periodismo conforma el día a
día de la prensa influyente de la Europa Occidental, y es tan poderosa que no
se salva de ella ni la muy mitificada BBC. Una gramática con reglas precisas:
no existen
terroristas, sino milicianos;
nunca existen víctimas judías;
toda acción palestina es buena por naturaleza y, por supuesto,
defensiva;
toda acción israelí es sospechosa de criminalidad;
no existen los verdugos palestinos;
no existe la ingerencia internacional;
no existe la corrupción de Arafat;
por
no existir, no existe ni su pasado violento;
y, evidentemente, no existe la democracia israelí.
El atentado diario que la información sufre en manos de la propaganda,
con total impunidad, ni es casual, ni es espontáneo. Acuso, pues, a parte de la
prensa europea de manipular, mentir y cambiar las pautas de la información en
Oriente Próximo. Su neutralidad es, sin duda, una neutralidad pro-palestina…
Segundo. Acuso a la izquierda de banalizar la Shoá, tema éste
que no es, en absoluto, menor. Quedará escrito, en los murales de la vergüenza
europea, la actitud de numerosos colectivos activistas, perfectamente
visualizables en las manifestaciones pacifistas de estos días, y de muchos
intelectuales de izquierdas, que han utilizado la tragedia del holocausto como
arma arrojadiza contra Israel. El punto culminante de este desprecio
profundamente cruel –lanzar contra las víctimas de la Shoá su propio
martirio, es una forma de volver a matarlas- han sido las declaraciones de
Saramago en Jenín. Al respecto, digo lo siguiente: Saramago ha sido el ejemplo
más relevante de una afirmación inapelable, uno puede escribir como los ángeles
y pensar como los demonios. En 1884 Auguste Bebel ya llamó a esto “el
socialismo de los imbéciles”.
Pero no es solo una imbecilidad. El azar, tan extrañamente poético a
veces, hace que esté escribiendo este párrafo justo ahora, cuando aún estoy
bajo el impacto del Museo del Holocausto de Washington, que acabo de visitar.
Como dice ese gran constructor de la memoria que es Claude
Europa
creó ese pensamiento único totalitario del cristianismo que convirtió todo un
pueblo en deicida (Por cierto, después de oir las sandeces de Mel Gibson,
supongo que no irán a verle nunca más al cine). Europa fue la Inquisición
española, fue Lutero asegurando que los judíos eran “una plaga en el corazón
de la Tierra”. Europa fue la demonización, la persecución, la culpabilización
y la muerte de lo mejor de su propio cuerpo, su alma judía. Europa fue el
Vaticano y sus colaboraciones con los nazis. Ausschwitz no es una contingencia
trágica de la historia. Una especie de perverso error. Ausschwitz es la estación
final de un largo proceso de destrucción. Por ello no es exagerado asegurar
que, siendo Europa tan profundamente judía, con la Shoá se destruyó a sí
misma. Lo que queda hoy de Europa son los restos del naufragio. Un continente
que, secuestrado por sus propios demonios, perdió la dignidad.
Por eso banalizar la Shoá es algo tan brutal y perverso. Hacerlo, además,
desde la izquierda, la que tendría que ser la vígia más rotunda de la
justicia y la libertad, es un acto de traición. De traición a la memoria trágica
de Europa. ¿Es el síntoma de un nuevo antisemitismo? Sin ninguna duda:
minimizando el holocausto, se reduce la dimensión de la tragedia, se relativiza
la culpa europea y lo judío vuelve a ser sospechoso, poderoso y peligroso. Ya
no existe la víctima judía, existe el soldado israelí que mata niños en Belén,
metáfora moderna del judío medieval que bebía la sangre de niños cristianos.
Esa relación entre el judío medieval malvado y el malvado soldado israelí
resulta placentera para la culpa europea.
La izquierda establece esa relación incluso inconscientemente, de manera
que podemos decir que la ortodoxia cristiana y la izquierda ortodoxa también
cohabitan felizmente en el territorio inhóspito del antisemitismo.
Acuso, pues, a la izquierda de traición a la memoria trágica
de Europa.
Tercero.
Acuso a la izquierda de minimizar, justificar e incluso elogiar un nuevo
totalitarismo que amenaza seriamente a la libertad: el nihilismo terrorista islámico.
Los ejemplos son escandalosos: indiferencia ante atentados graves como la bomba
de Amia en Argentina, o el atentado contra las Torres Gemelas, considerado, por
parte de la izquierda, casi como responsabilidad americana a causa de su política
exterior. Por supuesto, con culpa judía incorporada. La exaltación del
terrorismo palestino como fórmula de lucha legítima, hasta el punto de
considerar aceptable la inculcación, en la sociedad palestina, y globalmente,
en muchas de las sociedades islámicas, de una cultura fatalista del odio y la
muerte, cultura que es, sin duda, totalitaria. El buen amigo Marcos Aguinis
llama a ello “un retroceso de la izquierda hacia la antimodernidad”.
Mientras perdona las bombas de Hamás o se manifiesta por las calles contra la
intervención americana en Iraq, esa misma izquierda nunca se ha manifestado
contra el integrismo que mató más de 4.000 personas en Nueva York, o contra el
que ya lleva un millón de muertos en su guerra en Sudán. Tampoco he visto
nunca una ONG que quiera enviar escudos humanos a las cafeterías de Tel Aviv. Hay
una solidaridad selectiva, derivada de un maniqueismo perverso que convierte
a los terroristas en víctimas, y a las víctimas en culpables.
El integrismo islámico es el heredero natural de los grandes
totalitarismos de la humanidad, el nazismo y el estalinismo. Como ellos es,
fundacionalmente, antisemita, y, como ellos, presenta un cuerpo doctrinal basado
en el terror, la anulación de todo principio de libertad y el expansionismo
sangriento. También, como ellos, actúa ante la indiferencia y/o la complicidad
europeas. Acuso, pues, a la izquierda de traicionar a la democracia
perdonando al nihilismo terrorista. Nada nuevo, sin embargo, bajo el sol de
una izquierda que se ha ido enamorando de muchos de los dictadores que ha dado
la historia, Stalin, Pol Pot, Fidel, ahora Arafat. Huérfana de épicas propias,
desconcertada con su maleta de sueños rotos, la izquierda mira hacia el mundo
árabe buscando las resonancias de
Y con Arafat, otro viejo autoritario, corrupto y sangriento.
Acuso, pues, a la izquierda de no considerar a las víctimas
del terrorismo, de no entender la amenaza que representa el nihilismo, de
traicionar, con su ceguera, a la democracia. La acuso de llorar, solo, con el
ojo izquierdo… Un ojo izquierdo que, hoy por hoy, es deliberadamente
antisemita.
¿Pongo el bonito ejemplo del Forum de Porto Alegre o de Durban? Los
residuos de las revoluciones frustradas del mundo hicieron allí su lindo
aquelarre. ¿El objeto de deseo? Por supuesto, los judíos. Y es que la culpa
judía siempre vende bien en los mercados de la demagogia.
¿Hoy es, pues, Europa más antisemita que antes? ¿Lo es en Francia? Hoy
Europa y Francia están reinventando el antisemitismo. Lo reiventan algunos
populismos de derecha con fuerte base católica, y lo reinventa la izquierda, dándole
brillo y prestigio a lo que antes era pura retórica de extrema derecha. Ese
nuevo antisemitismo trabaja adecuadamente el olvido
y banaliza la Shoá sabiendo que el olvido siempre es una opción. De
hecho, olvidarse es tener buena memoria. Sin duda, la izquierda europea tiene
una muy buena mala memoria. Y, ocn el olvido bien asentado en la ideología,
olvida también las causas de la creación del estado de Israel, convierte su
legitimidad en sospechosa y criminaliza sus actos. Israel es, quizás, uno de
los estados cuya creación tiene más base moral de cuántos estados existen.
Sin embargo, es el único estado del mundo que cada día tiene que pedir perdón
por existir.
Sin ninguna duda, pues, acuso a la izquierda de poner en cuestión la
legitimidad del estado de Israel. De ahí que sus actos sean considerados,
por naturaleza, culpables. ¿No tiene que ver, con ello, la actitud ciega del
Lo permitimos, lo financiamos y hasta lo justificamos. Lo cual nos
retrotrae nuevamente a la historia. ¿Recuerdan a Hermann Broch?: la
indiferencia, esa forma de violencia…
Y ello pasa porqué el odio a los judíos no levanta ampollas en la fina
piel europea. Fuera odio a los católicos, a los protestantes, a los
homosexuales, a los ciudadanos negros, pero a los judíos…
ESTE ES EL NUEVO ANTISEMITISMO:
El que no se horroriza de que el “Mein Kampf” de Hitler o los
abominables “Protocolos de los sabios de Sión” sean best-sellers en el
mundo árabe.
El que repite los viejos tópicos demonizadores de los judíos,
especialmente desde planteamientos intelectuales.
El que se enamora de la épica totalitaria del terrorismo palestino y,
llevado de un antiamericanismo patológico, se inhibe ante el peligro del
integrismo islámico.
El que ha encontrado, en la excusa de Israel, un nuevo paraguas donde
canalizar un viejo demonio.
Acabo, pues, con esta convicción. El rompecabezas del antisemitismo
se está armando de nuevo. Estas son las piezas:
Primera pieza: el subconsciente europeo, resistente a las lecciones de la
historia e inmune a las vacunas que intentan matar definitivamente el virus
antisemita. Europa se ha librado de su piel judía, pero no lo ha hecho de su
viejo odio.
Segunda pieza: un neo-catolicismo populista, más o menos extremo,
Tercera pieza: un pensamiento de izquierdas que, sin haber hecho las
paces con su pasado totalitario, se enamora de nuevas épicas también
totalitarias. Asienta, así, las bases del antisemitismo más peligroso, porqué
la izquierda le da prestigio, le da cobertura intelectual y lo arma ideológicamente.
Cuarta pieza: el antiamericanismo europeo, derivado del doble complejo
que arrastra Europa. Un gran complejo de superioridad, no en vano es la cuna de
la modernidad; y un enorme complejo de inferioridad, puesto que es incapaz de
resolver ni una sola de sus propias tragedias. Por supuesto, el antiamericanismo
es, por definición, antisionista.
Quinta pieza: el integrismo islámico, ideología totalitaria y
nihilista, claramente enemiga de la modernidad, y cuya base fundacional es el
antisemitismo. Cabe decir que el hecho de que 1.200 millones de musulmanes vivan
en tiranías teocráticas, no facilita para nada la lucha contra la judeofobia.
Territorio común, pues, de más de un dogmatismo maniqueo, la judeofobia
actual encuentra nuevos camuflajes, crece y se asienta. Hoy, aquí, ante la
Unesco, amparada por ese ejemplo de heroicidad, tenacidad y dignidad que es el
Centro Simon Wiesenthal, acuso a la izquierda europea, mi izquierda,
de ser la cobertura intelectual del nuevo antisemitismo que existe en Europa.
UNA IZQUIERDA QUE SE TRAICIONA A SÍ MISMA, TRAICIONANDO A LA DEMOCRACIA.
Nuevamente en Europa ser judío empieza a ser difícil. Y eso que la
Europa más europea que ha existido nunca ha sido la Europa judía. Nuestra
tendencia al suicidio es, desgraciadamente, patológica. Lo denuncio porqué soy
europea. Y, como tal, me siento judía ante el antisemitismo, única posición
moral que redime a un europeo de su pasado de vergüenza.
Gracias por invitarme.
Shalom.
PILAR RAHOLA