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Las moralejas de AuschwitzPor Gustavo D. Perednik
Rousseau leyó que la Academia de Dijon premiaría una respuesta
original a la cuestión de si el progreso de las artes y las ciencias
contribuye a la moral. Su elaborada negativa le valió el premio, y
permanece vigente desde Auschwitz.
Una nación entera fue brazo ejecutor de sadismo y brutalidad: la más
civilizada, pletórica de grandes filósofos, músicos y poetas. Ni
siquiera la caterva que secuestró a Alemania fue ineducada: más de
la mitad de los catorce jerarcas que decidieron en Wansee (20/1/42)
el exterminio físico del pueblo hebreo ostentaban doctorados de las
principales universidades europeas. La primera lección es, pues, tan
lacerante como inevitable: el odio no se desvanece por medio de la
mera cultura.
La segunda moraleja se refiere a los judíos: para removerlos de la
sociedad humana, la "ideología" nazi procedió a etiquetarlos de
peligrosos parásitos, y así renovó la antigua mitología judeofóbica:
ya no éramos leprosos y deicidas, confabuladores y vengativos, sino
además un virus infeccioso. Seis millones de israelitas (un tercio
del total) fueron eliminados en medio de inenarrables suplicios, sin
que pudieran protegerlos la democracia ni el liberalismo, porque el
encono contra ellos estaba demasiado enraizado como para evaporarse
por ley.
Tanto la conferencia internacional de Evian (1938) como la de
Bermuda (1943) fueron impotentes para proveer refugio, ya que en
ellas estaban ausentes la voz y el voto del judío mismo. La
segunda conclusión de Auschwitz es que se trató de un flagelo contra
el pueblo judío, y por ello la indispensabilidad de reconstruir el
Estado judío en su tierra ancestral, permitiendo al hebreo un
pequeño territorio al que, después de milenios de persecuciones,
pudiera denominar "patria".
Los
pensadores sionistas habían advertido durante un siglo de la
inminente erupción del volcán judeofóbico en Europa, pero se
desoyeron las alarmas de Smolenskin, Schapira, Pinsker, Nordau y
Jabotinsky, y la lava de Auschwitz lo cubrió todo.
La Shoá no puede entenderse en el marco de explicaciones sobre la
humillación alemana en la Gran Guerra, la depresión económica o la
hiperinflación. Fue la eclosión final de una milenaria judeofobia
que había saturado casi toda ideología y nacionalidad europeas.
Por lo que antecede, cabían nuestras esperanzas de que Europa
comprendiera fraternalmente al Estado de Israel y su autodefensa.
Sin embargo, la arraigada obsesión pudo más, y el pequeño Estado
hebreo es presentado en los medios europeos como una aventura
imperial. El curioso imperio cabe quinientas veces en los
territorios árabes, ricos en petróleo, ignorancia y opresión. Pero
sólo Israel es percibido en Europa como "el judío", una amenaza, una
teocracia depredadora financiada por poderes ocultos. Así, las
matanzas de Arafat durante medio siglo cosecharon una popularidad de
la que no gozó ninguna otra nación, y desproporcionada a la urgencia
de sus objetivos y a la virulencia de sus medios.
La desjudaización
La incomprensión generalizada de la experiencia judía abarca al
propio Auschwitz. Cuando hace unos años me tocó visitarlo tuve la
impresión bien resumida en un artículo de la pluma de un cristiano
que había estado prisionero allí. Sigmund Sobolewski exhortaba a
Polonia para que no "continuara ocultando el martirio de los
judíos".
En el campo había plaquetas que honraban la memoria de 20.000
gitanos asesinados allí, de monjas y de prisioneros rusos a granel.
Ni una para el millón y medio de judíos martirizados. Las mujeres
judías traídas a Auschwitz desde Grecia para experimentos médicos
eran definidas como "eslavas", y nada indicaba que el campo había
sido base de la llamada "solución final", según la orden de Himmler
de junio de 1941.
El historiador Iehuda Bauer muestra que la singularidad del
Holocausto radica en que, a diferencia de cualquier otro genocidio,
fue el resultado de una ideología general que presentaba la victoria
de la nación como el exterminio total de un grupo humano, hasta el
último de sus niños. Pero precisamente a ese grupo se ha intentado
desvincular de la tragedia.
Cuando las atrocidades nazis fueron reveladas la difunta Unión
Soviética perpetró una sistemática ocultación del padecimiento
judío, "para no crear tensiones étnicas". En una película de casi
una hora que se exhibía a quienes visitaban Auschwitz-Birkenau, la
palabra judíos no era pronunciada ni una sola vez. Al régimen
comunista (y a una parte de la izquierda de hoy) no le bastó negar
el Holocausto por omisión, sino que además llevó esa política hasta
el ultraje al usar el Holocausto para incrementar la judeofobia por
medio de vincular el nazismo con el sionismo.
En efecto, a lo largo de la historia la judeofobia ha "acusado de
judíos" a quienes se opusieron al exterminio de este pueblo,
exactamente como hoy la izquierda "descalifica por sionista" a quien
no se adhiere al impulso "políticamente correcto" de destruir
Israel.
Durante el Holocausto la tierra alemana destruía a millones de
judíos indefensos, el mar británico hundía sus barcos de refugiados,
bancos suizos despojaban, el silencio europeo desahuciaba, y las
fuerzas aliadas se negaron a bombardear los hornos crematorios de
Auschwitz o las vías férreas que allí conducían. Los aliados temían
que sus ciudadanos aflojaran el esfuerzo bélico al verse
“arrastrados a una "guerra judía".
Otra forma de desjudaizar la Shoá es llamar racismo a la
"ideología" nazi. Sólo en lo que concernía a los judíos fueron los
nazis consistentemente “racistas”. Sus principales aliados fueron
pueblos supuestamente inferiores, por ser respectivamente latinos
(Italia) y orientales (Japón), y encontraron cofrades en otro pueblo
supuestamente "semita". El líder de los árabes palestinos, Hajj Amin
Al-Husseini, participó del golpe pronazi en Irak en 1941 y residió
por el resto de la guerra en Alemania, donde reclutó voluntarios
musulmanes para Hitler y convocó al Reich a extender la "solución
final a Palestina".
Que, después de décadas de negarse a condenar la judeofobia, por
primera vez las Naciones Unidas hayan recordado el Holocausto
significa un paso adelante. También lo es el Memorial de la Shoá que
el 27 de enero abrió sus puertas en París, el mayor centro europeo
de documentación y museo sobre el tema. Allí declaró el presidente
Jacques Chirac que la judeofobia "no es una opinión, sino una
perversión que mata". Para justipreciar sus palabras, recordemos que
hasta hace unos meses Chirac negaba la existencia de odio antijudío
en su país.
Ojalá embargara contrición parecida a Javier Solana, quien el 26 de
junio de 2003 desconcertó al Comité de Relaciones Exteriores del
Congreso norteamericano al declarar que en Europa la judeofobia no
existe.
A modo de compensación de su ceguera, el nuevo embajador europeo en
Israel, Ramiro Cibrian Uzal, propuso el 25 de enero "restaurar la
imagen de la Unión Europea a los ojos israelíes". Sugiero que la
restauración comience por corregir la miopía europea acerca del
pueblo y del Estado judíos. Esta campaña será el mejor homenaje a
las víctimas de Auschwitz, y auguraría una demorada era de
reconciliación.
Gustavo D. Perednik es autor, entre otras obras, de La Judeofobia (Flor del Viento) y España descarrilada (Inédita Ediciones).
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