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Suicidio europeo, capítulo tresPor Gustavo D. Perednik
Los tres son el resultado de cruzamientos. El nazismo fue el hijo bastardo del nacionalismo alemán con un ímpetu sádico devastador. El comunismo fue la simbiosis de los celos de clase con un impulso imperial y autoritario. El islamismo es el cruce del Islam tradicional con la codicia de dominación y destrucción del otro.
A los tres los impregna una judeofobia que les
permite cohesionarse internamente, descargar en
el sempiterno enemigo externo sus odios y
frustraciones y disponer de un eficaz método de
sondeo del grado de aletargamiento occidental.
No casualmente Hannah Arendt comienza su ya
clásico Los orígenes del totalitarismo
(1951) con un capítulo dedicado sin prólogos a
la judeofobia.
Los tres exhiben planes utópicos de dominio
mundial, por lo que su guerra es permanente. La
victoria les resulta en rigor una imposibilidad,
ya que cada conquista es para ellos la antesala
de una escalada en la conflagración. En esa
obstinación bélica contra Occidente, la
convergencia de los caminos totalitarios acelera
la destrucción. Dos semanas después del pacto
nazi-comunista de 1939 estallaba la Segunda
Guerra Mundial. Por momentos, parecerían
continuarse uno a otro. Los soviéticos se
apoderaron de los territorios evacuados por el
nazismo, y cuando fueron expulsados de
Afganistán, en 1989, el declive final del
comunismo coincidió con el ascenso islamista a
su paroxismo. Stalin prolongó eventualmente a
Hitler, y los ayatolás al primero.
La mancomunión en el accionar de la terna se da
a veces explícitamente, como en el violento
fantoche de Roger Garaudy, que representa de una
sola vez a los tres, o como en proyectos de ley
como el que acaba de rechazar la Duma rusa. El
pasado 4 de febrero ésta aprobó por 306 votos a
58 una condena de la judeofobia en el país, como
respuesta a que legisladores fascistas y
comunistas asociados hubieran propuesto la
prohibición de todas las organizaciones judías
de Rusia, a las que acusaban de "ser satánicas,
cometer crímenes rituales y promover el
racismo". El proyecto, exhumado directamente de
la mitología medieval, había sido elevado en la
víspera de la visita del presidente Putin a
Auschwitz para conmemorar su
desmantelamiento.
Hay una faceta adicional que los tres comparten,
y que recuerda el título que el historiador León
Poliakov dio a su volumen de 1977: La Europa
suicida. En él reseñaba el medio siglo
previo al ascenso del nazismo; y bien podría
definir este medio siglo de consolidación del
islamismo.
La reacción de Europa frente a los tres
totalitarismos fue doble. Por un lado, un
consistente entumecimiento, especialmente de
parte de sus intelectuales y medios de prensa.
Antes de la Segunda Guerra un filósofo de la
talla de Bertrand Russell sostenía que para
evitar una invasión alemana "Inglaterra debía
desarmarse y recibir a las tropas nazis como a
turistas". En referencia a aquellos pacifistas
que esgrimían la necesidad del desarme
unilateral, George Orwell acuñó una máxima
inspirada en Cicerón: "Hay algunas ideas tan
estúpidas que sólo los intelectuales pueden
creer en ellas".
No muy disímil fue la ceguera de Jean Paul
Sartre, y sus viajes a la Unión Soviética en la
década de los 60. El gran vidente no veía nada y
regresaba embriagado de los irreversibles logros
del estalinismo, la misma doctrina que toda su
vida enarboló José Saramago, quien hoy recorre
el mundo para explicar, siempre científicamente,
que el problema no radica en el islamismo sino
en quienes aspiran a protegerse de éste.
Sobre la ceguera
Este embrutecimiento moral tiene causas. En un
reciente libro de Robert Gelatelly, traducido al
castellano como No sólo Hitler, se
demuestra que, a diferencia de lo que se tenía
por sabido, los alemanes estaban muy informados
de las masacres nazis, pero habían sido
sometidos a una tara propagandística que los
paralizó para toda reacción medianamente humana.
Algo similar ocurre con los nuevos autistas. Han
sido robotizados por los estribillos de quienes
bajo la hipocresía del pacifismo enarbolan las
banderas de regímenes genocidas. Francia, que le
había construido el reactor nuclear a Sadam,
vetó en la ONU que se revisara el caso iraquí,
bajo ninguna circunstancia.
Cuando la ONU ya no podía ser un instrumento de
presión sobre Sadam, la guerra se hizo
inevitable. Así lo sintetizó Tony Blair en el
Parlamento británico: si no hubiera sido por el
veto francés, quizás la invasión de Irak se
podría haber evitado. Los pacifistas tenían una
buena parte en la responsabilidad de la guerra.
El emblemático acuerdo de Munich de 1938 suponía
que "la paz en nuestro tiempo" se alcanzaría por
medio de apaciguar al nazismo. Una vez
"apaciguado" éste, la guerra fue inevitable.
Los autistas de hoy no reaccionan frente a las
decapitaciones en televisión, el padecimiento de
la mujer en los regímenes islámicos, el ataque
de los islamistas en España y su expresa
aspiración a someter el país al Islam. Tampoco
les preocupa que el mundo islámico no se levante
contra esos excesos, y para resolver el problema
optan por enseñar Islam en las escuelas.
Sólo Occidente y sus logros les provocan
emociones. Que Afganistán esté en vías de
estabilizarse y que haya elecciones en Irak –y
de este modo tal vez estemos siendo testigos del
nacimiento de la primera democracia del mundo
árabe– les irrita porque ellos se oponían, de
decenas de guerras, sólo a ésa, y nos confundían
denominándola "la" guerra.
Los tres totalitarismos generan en Occidente
miopes voluntarios que hicieron y hacen la vista
gorda ante flagrantes violaciones a los derechos
humanos y no toleran el más mínimo esfuerzo para
enfrentar al totalitario.
De los muchos nombres para denominar esa huida
eminentemente europea optaremos por tomar
prestado el que acuñó en 1957 el psicólogo
social de la universidad de Stanford León
Festinger: la disonancia cognitiva. Se refiere
al estado mental de quien ve que sus hábitos
contradicen la información que recibe (como, por
ejemplo, el hecho de fumar junto al conocimiento
de que el tabaco daña la salud). La disonancia
cognitiva genera malestar, y cuando la realidad
no coincide con el dogma que plantea el miope,
para resolverla, arremete contra la realidad.
Nunca se corrige porque en su imaginario nunca
se equivoca; nunca se disculpa, nunca rectifica
el camino.
Y descargan su enojo sólo contra Occidente,
porque son de algún modo la antítesis del
pensamiento liberal, que no ve en la política ni
ciencia ni camino verdadero, sino una
cuestión de ensayo y error, de aprendizaje de la
experiencia, de ajustes pragmáticos para un
momento determinado.
Si Europa no habrá de hundirse ante la agresiva
islamización, deberíamos prever escenarios
posibles de su rescate. Uno es que los Estados
Unidos, como en las dos guerras mundiales,
termine liberándola del pantano. Gracias a esa
ayuda fueron derrotados los dos totalitarismos
difuntos: uno a partir del glorioso Día D de
junio de 1944, y el segundo con la llamada
Guerra de las Galaxias, que desnudó al
Kremlin de sus veleidades de superpotencia.
* El Islam es una religión en la que
hallan solaz más de mil millones de
personas. El islamismo es una corriente
de odio que se ha apoderado de una
parte, hasta ahora minoritaria, de los
mahometanos, y que procura por la fuerza
imponer en el mundo entero una forma muy
específica del Islam.
Gustavo D. Perednik
es autor, entre otras obras, de La
Judeofobia (Flor del Viento) y
España descarrilada (Inédita
Ediciones).
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