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El antisemitismo, como siempre
Carlos Semprún Maura
Al día siguiente de que el presidente Chirac pronunció en Chambon sur Lignon
su discurso contra el racismo, el antisemitismo y demás manifestaciones de
intolerancia, seis gamberros criminales agredieron a una joven madre de 23
años y a su bebé en un tren de cercanías parisino. Las cosas como son, estas
agresiones son frecuentes. Al descubrir en su documentación que estaba
domiciliada en el distrito 16, uno de ellos decretó que era barrio judío, y
que por lo tanto su víctima lo era. Entonces se pusieron a cortarle el pelo
a navajazos, a desnudarla pintando cruces gamadas nazis sobre su vientre, a
pegarla tirando su bebé por los suelos, a insultarla y, cuando el tren paró
en una estación, se largaron tranquilamente llevándose todos los pertrechos
de la infeliz joven. Ninguno de los viajeros presentes en el vagón hizo
absolutamente nada para ayudarla. Se limitaron a mirar intensamente por las
ventanas.
El distrito 16 no es un “barrio judío”, y la víctima de las jóvenes bestias,
por lo visto, tampoco. Pero me parece sintomático del clima antisemita, con
sus delirios, que reina en muchos arrabales y barriadas francesas en donde
se intenta reproducir una parodia de la intifada palestina. Porque claro, la
guerra árabe israelí sirve de “coartada” de izquierdas al desarrollo del
antisemitismo, y si una mayoría de origen magrebí y africano participa en
este delirio muchos franceses, de extrema – o no- izquierda, les acompañan
tal y como se vio durante las manifestaciones contra la intervención en
Irak, con pancartas y gritos de - ¡Mueran los judíos! y hasta - ¡Hitler
tenía razón!
Lo más probable es que estos jóvenes bárbaros, asimismo magrebíes y negros,
no estén en absoluto politizados, iban a lo suyo; a robar y a divertirse un
rato maltratando a una infeliz madre, pero el clima es tal que utilizan
argumentos políticos antisemitas para justificar sus fechorías.
Simbólicamente el Presidente Chirac eligió la aldea de Chambón sur Lignon,
situada en una de las regiones protestantes de Francia, no lejos de Albi, la
cual, durante la ocupación nazi, se unió para esconder y proteger a familias
judías de la deportación. El discurso del Presidente fue bien acogido, pero
me temo que al querer denunciarlo todo el racismo, el antisemitismo, la
xenofobia – y por qué no el SIDA y en cáncer – no denuncie nada en concreto.
Porque si muchas intolerancias efectivamente existen, el fenómeno más
negativo y pujante es el odio a los judíos.
Muchos consideran que las palabras no bastan, que son necesarios actos, o
sea, represión. Me temo que una represión imbécil en la que, por ejemplo,
decir o escribir ‘maricón’ se condene a meses de cárcel, decir o escribir
‘malditos judíos’ o ‘puercos moros’ a años de cárcel y cosas por el estilo.
Situación absurda, imposible, repugnante. En cambio, lo que podría hacerse,
y no se hace, es castigar las agresiones violentas, los incendios de las
sinagogas, los atentados, etcétera. Que no se sustituya una intolerancia
civil por una intolerancia estatal. También los hay que proclaman que lo
esencial es la educación cívica que comenzaría en las escuelas. Muy bien,
pero para ello habría que transformar la Educación Nacional, porque hoy día
los Liceos constituyen – junto a algunas facultades universitarias – los
hogares del más violento antisemitismo. Se llega incluso al extremo que
muchos profesores ni se atreven a analizar, en sus cursos sobre la II Guerra
Mundial, los campos de exterminio nazi, porque muchos de sus alumnos
consideran que se trata de una “mentira sionista”. Las cosas, por dejadez
ciudadana y por cobardía gubernamental, han llegado a una situación que será
muy difícil corregir.
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