Celebra la tolerancia,
o estás muerto.
por Mark Stein.
2006-05-06 22:44:00
Allá en Suecia han estado investigando la Gran Mezquita
de Estocolmo. Aparentemente, es un hipermercado para
todas tus necesidades de la jihad: puedes comprar
cassettes en la mezquita animándote a convertirte en
mártir y salir a toda mecha a matar “a los hermanos de
los cerdos y los monos" -- léase judíos. De modo que
alguien presentó una denuncia por incitación racial y
los polis empezaron a investigar, y el canciller de
justicia de Suecia, Goran Lambertz, entró en escena. Y
el Sr. Lambertz decidió cerrar la investigación con el
argumento de que, incluso si lo de la familiaridad
porcina es "altamente degradante", este tipo de
conversación "debería ser juzgada de modo distinto -- y
por lo tanto calificada como permisible -- porque fue
utilizada por una parte en un conflicto en curso de gran
alcance donde los llamamientos a las armas y los
insultos son parte del clima diario en la retórica que
rodea este conflicto".
En otras palabras, si amenazas con matar gente con la
suficiente frecuencia, será visto como parte de tu
vibrante tradición cultural -- y, por definición, todos
estamos satisfechos con eso. Celebrar la diversidad,
etc. Nuestra tolerante sociedad multicultural es tan
tolerante y tan multicultural que toleraremos tu
uniculturalismo intolerante. Tú antipatía hacia la
diversidad es simplemente otra forma de diversidad que
nosotros celebraremos.
Con respecto a la diversidad, Europa es un lugar muy
curioso -- y me refiero según incluso los estándares
canadienses. En su último libro, La fuerza de la razón,
la audaz Oriana Fallaci, la periodista más leída y más
demandada de Italia, rememora a algunas de sus recientes
dificultades legales con los chantajistas de la
diversidad Continental. La Oficina Federal de Justicia
de Berna solicitó al gobierno italiano que la
extraditase a causa de su libro más reciente, La ira y
el orgullo, de modo que pudiera ser acusada bajo el
Artículo 261b del Código Penal suizo. Como ella señala,
el Artículo 261b fue promulgado con el fin de permitir
que los musulmanes "ganen cualquier demanda ideológica o
privada invocando racismo religioso o discriminación
racial.
'Él-no-me-detuvo-porque-sea-un-ladrón-sino-porque-soy-musulmán'".
También ha sido denunciada en Francia, donde las
demandas contra los escritores son hoy rutinarias. Ha
tenido denuncias en su Italia nativa y, a causa de la
Orden Europea de Arresto, que incluye acusaciones de
"xenofobia" como argumento de extradición de una nación
de la UE a otra, hoy es inseguro que ella ponga un pie
en la mayor parte del Continente. Lo impresionante es el
abanico de oposición organizada: el Centro Islámico de
Berna, la Asociación Somalí de Ginebra, el SOS Racismo
de Lausanne, y un grupo de inmigrantes musulmanes, sólo
por nombrar una muestra arbitraria de sus demandantes
suizos. Tras los atentados de Londres y los disturbios
franceses, el commentariat se alineó para lamentar que
los musulmanes europeos estén insuficientemente
"asimilados". Pero, de hecho, al menos en su manejo de
legalismos y victimología, están soberbiamente
asimilados. Uno podría decir lo mismo del imán que picó
mi anzuelo en The Western Standard a la Comisión de
Derechos Humanos de Alberta a causa de la publicación de
las viñetas danesas.
Atormentada por el cáncer, Oriana Fallaci pasa la mayor
parte de su tiempo en una de las pocas jurisdicciones
del mundo occidental donde no corre aún peligro legal --
la ciudad de Nueva York, donde redacta magníficos textos
con la esperanza de animar a Europa a salvarse. Buena
suerte con eso. Escribe en italiano, por supuesto, pero
se traduce ella misma en lo que llama "las
singularidades del inglés de Fallaci”, y el resultado es
un aria de improvisado nervio, apasionada y algo
impredecible. Está llena de hechos, empezando con la
caída de Constantinopla en 1453, cuando Mehmet II
celebró con decapitación y sodomía, y algunos tipos con
suerte se encontraron al otro extremo de ambas. Esta
sección es una lectura viva en una era en la que la
mayor parte de los occidentales, conscientemente o de
otro modo, adoptan la alegre falta de interés del
maravilloso pareado de Jimmy Kennedy en su éxito de los
años 50 Estambul (no Constantinopla):
¿Por qué Constantinopla se llevó la peor parte?
Eso no es asunto de nadie aparte de los turcos.
La Signora Fallaci se traslada después a los ejemplos
más animados del islam contemporáneo -- por ejemplo, el
“Libro Azul” del ayatolá Jomeini y su provechoso consejo
en materia romántica: "Si un hombre se casa con una
mujer que haya alcanzado la edad de 9 años y durante la
desfloración rompe inmediatamente el himen, ya no la
puede disfrutar más". Toma ya. Siempre arruina mi noche.
También: “Un hombre que haya tenido relaciones sexuales
con un animal, como una oveja, no debe comer su carne.
Cometería pecado". Cierto. Un cigarrillo en silencio
después mientras escuchas tu LP favorito de Johnny
Mathis y después una promesa de llamarla la semana que
viene y pasear por los pastos es de lejos la mejor
manera. Puede que también sea pecado asar a tu esposa de
nueve años, pero el ayatolá no es claro en eso.
Espinoso como es, no es nada en el círculo próximo de
diversidad cultural de Fallaci -- el placer extrañamente
masoca que los líderes europeos obtienen de rebajarse a
sí mismos y ensalzar al islam. Empezando por el ministro
de exteriores alemán Hans-Dietrich Genscher en el
Simposio de Hamburgo del Diálogo Euro-Árabe en 1983, la
Signora Fallaci compila occidentales a lo largo de un
cuarto de siglo que han insistido en que todo lo que
usted conoce fue inventado por el islam: el papel, la
medicina, los sorbetes, las alcachofas, y sigue y sigue
y sigue.
“Siempre inteligentes, los musulmanes. Siempre en la
cima. Siempre ingeniosos. En filosofía, en matemáticas,
en gastronomía, en literatura, en arquitectura, en
medicina, en música, en derecho, en hidráulica, en la
cocina. Y siempre estúpidos, nosotros los occidentales.
Siempre fuera de lugar, siempre inferiores. Obligados
por tanto a estar agradecidos a algún hijo de Alá que
nos precedió. Que nos iluminó. Que actuó como profesor
escolar que dirige a debiluchos alumnos”.
Esto, me parece a mí, es la contribución más valiosa del
trabajo de Oriana Fallaci. Disfruto de la parte de no te
comas a tu pareja sexual tanto como cualquier infiel,
pero el desafío planteado por el islam no es que las
ciudades del mundo occidental estarán llenas de salidos
con las ovejas. Si tuviera que elegir, preferiría que
Mohammed Atta fuera río abajo atacando al ganado en
lugar de atravesar las ventanas de los rascacielos de
Manhattan. Pero no es así. Y un motivo por el que los
musulmanes occidentales parecen tan confiados es que los
europeos como Herr Genscher, al postular una elección
entre un "islam" generalizado y "Occidente", han
promovido inadvertidamente un pan-islamismo globalizado
que se ha convertido en una profecía que se cumple por
sí misma. Después de todo, Alemania tiene turcos,
Francia tiene argelinos, Gran Bretaña tiene
paquistaníes, Holanda tiene indonesios. Incluso aunque
todos son musulmanes, las diferencias entre ellos han
sido muy significativas: sunníes contra chi'íes, islam
árabe contra la forma más moderada que prevalece en el
sureste de Asia.
Hace mucho tiempo solíamos comprender esto. En los
últimos años he notado que, si sacas de la estantería
cualquier antiguo tomo de historia del siglo XIX, las
observaciones a pie de página acerca del islam parecen
más formadas que la mayor parte de los comentarios
presuntamente expertos aparecidos en el año posterior al
11 de Septiembre. Por ejemplo, en Nuestra crisis: o tres
meses en Patna durante la insurrección de 1857, William
Tayler escribía, “Con los sunníes, los wahabíes llegan a
término de acuerdo tolerable, aunque difieren en ciertos
puntos, pero con los chi'íes difieren radicalmente, y su
odio, como todo odio religioso, es amargo e intolerante.
Pero la característica más llamativa de la secta wahabí,
y que concierne principalmente a esta narrativa, es la
servidumbre total que rinden al Par, o guía espiritual”.
Tayler, funcionario menor en Bengala, era un
“multiculturalista genuino”. Es decir, aunque veía su
propia cultura como superior, estaba lo bastante
intrigado por las costumbres de otros como para estudiar
las diferencias entre ellos. Por el contrario, el
multiculturalismo contemporáneo absuelve a uno de saber
algo acerca de otras culturas mientras uno se sienta
cómodo y condescendiente hacia ellas. Después de todo,
si es profundamente crítico decir que una cultura es
mejor que otra, ¿por qué molestarse en aprender sobre
las diferencias? “Celebra la diversidad” con una
ignorancia uniforme. De haber estado rondando William
Tayler cuando estaba en marcha la islamización de
Occidente y se le dijera que abrían una mezquita al
final de la calle, él habría querido saber: ¿qué clase
de mezquita? ¿Quién es el imán? ¿Qué rama del islam? Los
imperialistas de la vieja escuela nunca se daban por
satisfechos con sentir la condescendencia de los
progresistas de la corrección política.
He aquí a Tayler otra vez: “Los pilares profesados
originalmente por los wahabíes se han descrito como
puritanismo mahometano mezclado con filarquía beduína,
en la que el gran jefe es tanto el líder político como
el religioso de la nación”.
Justamente. En 1946, al Coronel William Eddy, el primer
ministro norteamericano en visitar Arabia Saudí, el
fundador del país, Ibn Saud, le dijo: “Utilizaremos su
hierro, pero usted dejará nuestra fe en paz”.
William Tayler podría haber cuestionado si ese era un
acuerdo tan fenomenal. La Casa de Saud utilizó el
“hierro” de los americanos para enriquecerse y para
exportar la forma más dura e inflexible de islam a los
Balcanes y a Indonesia y a Gran Bretaña y a
Norteamérica.
Este islam renaciente -- promovido por una alianza
maligna entre los saudíes y Europa -- es un ejemplo
mucho mejor de globalización que McDonald's. En
Bangladesh y Bosnia, está dejando en la ruina a los
islams locales e imponiendo la versión de talla única
Wahab-Mart montada por algún tipo en la sede central de
Riyadh. Una forma de invertir sus beneficios sería una
especie de enfoque antitrust diseñado para restaurar
todos los islams de negocio familiar menos amenazadores
sacados del negocio por la versión de globalización
Burka King de los saudíes. Si un William Tayler del
siglo XXI es inverosímil, quizá Naomi Klein podría
encajar.
MARK STEYN es periodista canadiense, columnista y
crítico literario natural de Toronto. Trabajó para la
BBC presentando un programa desde Nueva York y haciendo
diversos documentales. Comienza a escribir en 1992,
cuando The Spectator le contrata como crítico de cine,
Más tarde pasa a ser columnista de The Independent.
Actualmente publica en The Daily Telegraph, The Chicago
Sun-Times, The New York Sun, The Washington Times y el
Orange County Register, además de The Western Standard,
The Jerusalem Post o The Australian, entre otros.