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¿CÓMO EVITAR OTRO 11-M?
Por Rafael L. Bardají En seguridad y estrategia hay una máxima que ha perdurado por los siglos de los siglos: «conoce a tu enemigo tanto como a ti mismo». Al menos si se aspira a adelantarse a desagradables sorpresas y poder salir victorioso de un enfrentamiento no deseado. Y esta máxima sigue siendo válida para el caso del terrorismo islámico. Para evitar otro 11-M como el vivido en Madrid (o un 11-S en Estados Unidos, valga el caso) hay que comprender en primer lugar la lógica de Al Qaeda, sus objetivos, su resolución. Afortunadamente Bin Laden y sus secuaces no nos lo ponen difícil, pues hay muy poca o ninguna disonancia entre lo que escriben, proclaman y hacen. Y por más que durante toda una década la comunidad de inteligencia occidental no le haya prestado la debida atención, más preocupada con otras cosas, la verdad está ahí fuera. La ambición del islamismo radical -y de Al Qaeda a su cabeza- es reconstruir el Islam bajo una forma fundamentalista religiosa. Y por tierra del Islam comprenden desde Al Andalus a Filipinas, pasando por Uzbekistán, Nigeria y Malasia, sin olvidar Marruecos, Kosovo o Indonesia. Todo eso formaría parte consustancial del nuevo califato. Para lograr ese objetivo global, Al Qaeda ha puesto en pie una estrategia coherente: quiere acabar con los regímenes árabes corruptos del Golfo, principalmente Arabia Saudí por custodiar sus lugares santos. Y para ello necesita doblegar antes la voluntad occidental de cuantos prestan su apoyo a dichos regímenes, principalmente Norteamérica, en quien ven, además, el corazón de todos los males de la sociedad occidental. El 11-S le salió mal a Bin Laden porque en lugar de obtener lo que buscaba, unos Estados Unidos doblegados y vencidos a su antojo, obtuvo un país que hacía de la guerra contra el terror el núcleo de su política, interna e internacional. Bin Laden nunca esperó tener que huir precipitadamente de su residencia en las afueras de Kandahar al sur de Afganistán. Sin embargo, los miembros de Al Qaeda podrían estar pensando hoy que el 11-M sí les ha salido bien, sobre todo si interpretan, como parece evidente que están haciendo, que la retirada del contingente español en Irak se debe a su golpe mortal y a sus constantes amenazas. Bin Laden no es un criminal cualquiera. No encabeza una banda de gánsters o delincuentes. Representa e inspira una ideología totalitaria, como en su día lo fue el nazismo o el comunismo, que no ve ni entiende ninguna capacidad de coexistencia pacífica con nuestra forma de vida, con la capacidad del individuo para elegir libremente su destino, con los parabienes de la economía de libre mercado o con un sistema político representativo y separado de los asuntos religiosos. Por eso luchar contra él, sus seguidores y su causa no es una simple cuestión de eficacia policial. Perseguirle policialmente no es suficiente porque para derrotar al terrorismo hay que llevar la guerra a su territorio. Y lo antes posible. Esperar, a la defensiva, a detener a quienes perpetran los atentados, ya no es una opción. Conocer al enemigo que tenemos enfrente, al mismo tiempo que entre nosotros, es necesario para poder luchar contra él con una estrategia adecuada y con los medios necesarios. Lo primero que hay que reconocer es que la amenaza de Al Qaeda es global y que, por lo tanto, la única respuesta que se le puede dar es, necesariamente, multinacional. Nadie podrá vencer por sí mismo a Bin Laden y, a la inversa, nadie podrá escapar de Bin Laden por mucho que se lo proponga o desee. Él ha lanzado una guerra global en la que no hay sitio para neutrales. Lo segundo es reconocer que hay que dar una respuesta no sólo multinacional, sino simultánea. El terror de Al Qaeda así lo es y esa es la única forma posible de vencerlo. Frente a la tendencia secuencial occidental, la respuesta debe ser otra. Esperar a arreglar los problemas de Afganistán o de Irak, por ejemplo, para combatir las causas últimas del terrorismo islámico o la proliferación de sistemas de destrucción masiva sería un error catastrófico pues el terrorismo no espera, golpea aquí y allá sin conmiseración. Ahora bien, la guerra contra el terrorismo, para ganarse -y se puede ganar-- tiene que saber discriminar. Aunque no hay cristianos o judíos que se vistan con cinturones de dinamita, no se debe plantear como una lucha entre religiones, porque no lo es. El enemigo son los terroristas, quienes les educan con sus mensajes sobre el Islam radical y violento (y eso incluye todas aquellas mezquitas que así enseñan, desde Madrid a Pakistán, pasando por Boston y París) y aquellos gobiernos que les ayudan, albergan o apoyan. Por lo tanto no es una lucha contra los millones de musulmanes que viven su vida pacíficamente y que rechazan el recurso a la violencia, sino contra quienes dan cobertura y ayudan a los grupos terroristas, como Irán y Siria; una lucha para forzar a que se persigan eficazmente a los terroristas islámicos en países musulmanes, como Egipto, Pakistán y Marruecos, así como para poner fin al patrocinio del wahabismo religioso que está detrás del Islam radical y violento de donde sale quienes atentan y matan a nuestros conciudadanos, como hace Arabia Saudí. Los Estados Unidos están poniendo en pie una gran propuesta de transformación esencial del mundo árabe y musulmán, bajo la denominación de Iniciativa del Gran Oriente Medio y que busca, en pocas palabras, secularizar, desarrollar económicamente y liberalizar políticamente a todos esos países que van de Marruecos a Afganistán. La base es la creencia de que sin liberalización, riqueza y apertura política el mundo islámico será incapaz de frenar el fenómeno del terrorismo jihadista. Porque sea una iniciativa norteamericana no tiene por qué rechazarse de manera automática, al contrario. Los Estados Unidos son los únicos aliados fiables y capaces en la lucha contra el terror. Simplemente están buscando hacer lo que tanto se les ha dicho que hagan, que junto a una estrategia militar el terrorismo se combate también luchando contra sus causas últimas. Y estas causas, no nos confundamos, están en la manera en cómo se conducen los gobiernos de la zona, que no permiten las libertades imprescindibles para que las personas y la economía se desarrollen y que no ofrecen más que desesperación y frustración en lugar de ilusión y esperanza. En cualquier caso, la transformación del mundo del Islam llevará décadas más que años y dependerá, sobre todo, de la propia voluntad de los musulmanes el lograrlo. Pero eso no puede ser un obstáculo para que, mientras ese día llega, nuestros gobiernos hagan cuanto esté en sus manos para luchar y vencer a los terroristas y a quienes les apoyan. Y para eso hay que saber cómo luchar apropiadamente. El esquema con el que los españoles veníamos trabajando ha saltado por los aires el 11-M, como el norteamericano quebró con el 11-S. Errar es de humanos, pero confiar en que los errores se resuelven por sí solos es ponernos ante un riesgo excesivamente elevado. Por eso, a la vez que se hace lo indecible, en todos los niveles, del policial al judicial, pasando por la inteligencia y las fuerzas armadas, hay que saber porqué se falló y qué hacer para evitar más fallos. En Estados Unidos el ejercicio de las lecciones aprendidas o no aprendidas está plenamente en marcha. A lo mejor no sería nada malo que en nuestro país algo similar tuviera lugar. Es la mejor ayuda que se le puede prestar a quienes fallaron y a las víctimas del terrorismo. Y mientras tanto, no olvidemos que las concesiones al terrorismo no suelen ser interpretadas como actos de magnanimidad, sino de debilidad y que ésta incita a más chantajes y mayor violencia. *Subdirector del Real Instituto Elcano de Estudios Internacionales y Estratégicos. ABC, domingo 11 de abril de 2004 El remarcado es de Kol Hasbará
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