Siria e Irán siguen controlando el Líbano

Por Walid Phares

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8 de mayo de 2006

 
El 26 de abril de 2005 se veían en todo el mundo las fotografías de los "últimos" soldados sirios. Un año después de la retirada del Líbano de las fuerzas regulares sirias, hay motivos para la celebración y motivos para albergar grandes preocupaciones.
 

Mientras los controles sirios se han desvanecido en Beirut y las diversas regiones del Líbano, en las mentes de la mayoría de los libaneses y de sus amigos en todo el mundo rondan muchas preguntas. La verdad, toda la verdad, no es aún de dominio público. ¿Qué causó la abrupta retirada siria? ¿Fue completa? ¿Qué provocó el no cumplimiento de la resolución 1559 de la ONU, que pedía la liberación y el desarme? ¿Qué pueden hacer Estados Unidos, Europa y la comunidad internacional para ayudar a la sociedad civil libanesa, un año después de su supuesta emancipación, a conservar su lugar entre las democracias?

 
Cuando se revisan los sucesos que llevaron a Siria a salir del Líbano en abril de 2005, así como los que se han venido registrando desde entonces, pueden constatarse las siguientes realidades:
 
– Fue gracias a los esfuerzos de los grupos de presión de la diáspora libanesa y a las fuerzas de la sociedad civil del país que las democracias occidentales, lideradas por Estados Unidos y Francia, decidieron acudir al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y promover la resolución 1559, en la que se demandaba al régimen sirio que retirase sus fuerzas del Líbano, desarmase a las milicias y promoviera la democracia.
 
– Fue gracias a la resolución 1559 y a la valiente respuesta de las masas libanesas, el 14 de marzo de 2005, al asesinato del ex primer ministro Hariri (14 de febrero) y a la manifestación prosiria de Hezbolá (8 de marzo) que la Revolución de los Cedros rompió la barrera del miedo de la represión siria: un millón y medio de personas inundaron el centro de Beirut.
 
– Fue gracias a las vigorosas advertencias (en respuesta a la Revolución de los Cedros) del presidente de EEUU, George Bush, del presidente de Francia, Jacques Chirac, y de otros líderes mundiales al régimen de Bachar Asad, durante los meses de marzo y abril de 2005, que las fuerzas sirias comenzaron a retirarse del país.
 
La retirada siria fue producto de los esfuerzos combinados de la presión internacional, liderada por Estados Unidos, y el levantamiento popular de la Revolución de los Cedros. Sin embargo, un año después del redespliegue, el Líbano está aún lejos de recobrarse:
 
– Recordemos que las elecciones legislativas de mayo de 2005 tuvieron lugar antes del desarme de Hezbolá y las otras milicias yihadistas y prosirias; los ciudadanos tuvieron que votar mientras la influencia siria en el Gobierno y las fuerzas de seguridad era aún predominante. Anotemos también que el presidente prosirio del Líbano, Emile Lahoud, no fue desalojado del cargo. Por tanto, a pesar de la nueva mayoría antisiria en el Parlamento y a la formación de un nuevo Gabinete, encabezado por M. Fuad Saniora, aliado del difunto Hariri, la alianza libanesa auspiciada por sirios e iraníes ha tenido éxito, desafortunadamente, a la hora de bloquear la ejecución completa de la resolución 1559 y empantanar la Revolución de los Cedros.
 
– Una campaña terrorista ha logrado asesinar, desde mayo de 2005, a un buen número de personalidades, como el político de izquierda George Hawi, el periodista liberal Samir Qassir o el líder parlamentario Jebran Tueni, e intentado asesinar a figuras mediáticas como May Chidiac.
 
– El líder de Hezbolá, Hasán Nasralá, y los aliados de Siria en el Líbano han amenazado con violencias cualquier intento de desalojar a los restos de la ocupación siria, de desarmar a las milicias o de desplegar al Ejército libanés en el sur del país o a lo largo de la frontera sirio-libanesa.
 
– Funcionarios y observadores internacionales, norteamericanos y europeos, han concluido que el personal de seguridad sirio permanece, a lo largo de las fronteras, dentro del territorio libanés. Grupos de derechos humanos han descubierto fosas comunes en las antiguas sedes libanesas del Mujabarat [1] sirio; y organizaciones no gubernamentales, en representación de las familias de los desaparecidos bajo la ocupación siria, informan de que centenares de personas siguen desaparecidas o sometidas a tortura en cárceles sirias.
 
De ahí que, un año después de la retirada oficial del Ejército sirio, sea justo decir que en el Líbano hay más libertad. Pero, al mismo tiempo, otro "ejército", bajo control sirio-iraní, permanece en el país y está bloqueando su recuperación. Por tanto, en el primer aniversario de la retirada oficial, la comunidad internacional debería comprometerse a otra serie de esfuerzos, quizá más difíciles, encaminados a la total ejecución de la resolución 1559.
 
En estos tiempos tan peligrosos, mientras el régimen de Ahmadineyad desafía la seguridad regional e internacional con sus ambiciones nucleares, mientras el régimen de Asad continúa interfiriendo en el proceso político de Irak, apoyando a los terroristas en las fronteras, y mientras Hezbolá continúa proporcionando asistencia a grupos radicales como Hamas o la Yihad Islámica palestina, es crucial permitir a la sociedad civil libanesa desarrollar una democracia completa en el país.
 
Es, por tanto, perentorio que la comunidad internacional aumente su apoyo a las fuerzas de la sociedad civil, el Gobierno y el Ejército libaneses en demanda de un Líbano soberano, democrático y plural.
 
 
Walid Phares, profesor de Estudios de Oriente Medio y miembro de la Fundación para la Defensa de las Democracias, con sede en Washington.

 
[1] Servicio secreto sirio. Depende directamente de Bachar Asad.

Hay que desmantelar la Autoridad Palestina

Por P. David Hornik

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8 de mayo de 2006

 
El de la semana pasada [1] en Tel Aviv, que se cobró la vida de nueve personas y ocho heridos, fue el noveno atentado suicida perpetrado en Israel desde que, el 8 de febrero de 2005, Ariel Sharon y Mahmud Abbás declararan una tregua. Asimismo, fue el sexto de los últimos seis meses, aproximadamente el tiempo transcurrido desde que Israel completó la desconexión de Gaza y el norte de Samaria.
 

Si a lo largo del último medio año hubiera habido seis atentados suicidas en Dinamarca, cuya población es similar en número a la de Israel, la reacción sería una sensación de calamidad y urgencia. El asesinato de una sola persona, Theo van Gogh, por un yihadista sacudió profundamente Holanda y provocó un estado de crisis.

 
El de la semana pasada en Tel Aviv fue el 82º atentado suicida palestino contra Israel desde la firma, el 13 de septiembre de 1993, de la Declaración de Principios Israel-OLP. Sólo en 2006, las fuerzas israelíes han capturado a más de 90 palestinos que se encontraban planeando atentados o a punto de cometerlos; esa cifra es más de la mitad de la registrada en todo 2005.
 
Otra analogía: en partes de New Hampshire, que tiene aproximadamente el mismo tamaño que Israel, un grupo étnico extranjero reclama la independencia. New Hampshire les concede un alto grado de autonomía, a falta únicamente de la independencia, sobre la base de un acuerdo que estipula que las reclamaciones adicionales se solucionarán por medio de negociaciones si se abandona completamente la violencia. Pero los atentados suicidas, los disparos, los apuñalamientos y hasta los ataques con misiles contra New Hampshire desde las zonas autónomas se convierten en la norma; doce años después, las fuerzas de seguridad trabajan en labores defensivas las 24 horas al día, pero la gente sigue siendo asesinada o herida y la ciudadanía se encuentra en constante peligro.
 
El escenario de arriba es, por supuesto, inconcebible; en lugar de dejar que la situación se prolongase durante una docena de años, sin horizonte visible de solución, New Hampshire, o cualquier otra entidad política, habría reconquistado tiempo atrás las zonas autónomas, movida por el imperativo de proteger a su ciudadanía de la muerte y la mutilación.
 
Cualquier otra entidad política en el mundo, excepto Israel.
 
El motivo de la estrafalaria contención de Israel no es ningún misterio: la entidad que le ataca, la Autoridad Palestina, es el ojito derecho del mundo. Incluso –en realidad, particularmente– en los más posmodernos, relativistas y moralmente blasés países occidentales, la existencia de esta entidad se considera tal absoluto moral, su desmantelamiento tan inconcebible, que la noción de que Israel haga lo necesario para salvar las vidas del próximo grupo de israelíes que inevitablemente saldrá volando por los aires ni siquiera se contempla como posibilidad política, incluso entre gran parte de la "derecha" en el propio Israel.
 
Desmantelar la Autoridad no conllevaría una reocupación israelí permanente de los centros de población palestinos, igual que el desmantelamiento del régimen talibán en Afganistán y el de Sadam Husein en Irak no supusieron una ocupación extranjera permanente de dichos países. Significaría reconocer que la creencia de que la OLP y los palestinos en general estaban preparados para un compromiso pacífico ha sido un error, y que intentar solucionar el problema basándose en esa premisa equivocada ha demostrado ser demasiado costoso.
 
Dado que actualmente no hay, entre los palestinos y, en general, en los mundos árabe y musulmán, una voluntad de hacer la paz con Israel, la reocupación de los territorios por parte de Israel sería probablemente larga y entrañaría costes. El precio de no desmantelar la Autoridad Palestina es su existencia: continuos ataques, continuas carnicerías y continuo peligro para Israel.
 
Hoy queda claro, asimismo, que todas las tentativas de Israel por cuadrar el círculo –mantener la Autoridad Palestina y, a la vez, alcanzar su propia seguridad– han fracasado. Las ofertas de crear infraestructuras de Estado, las incursiones militares limitadas, la construcción de una barrera de seguridad, las retiradas territoriales parciales, todo ha dado el mismo resultado: el terrorismo continúa. Lo único que, hasta la fecha, ha disminuido sustancialmente la exitosa escalada terrorista, el incremento de la actividad militar israelí desde 2002, ni se ha aproximado a poner fin al terror.
 
Incluso si la tentativa de presionar al régimen de Hamas hasta que colapse tuviera éxito, tampoco sería la solución, ya que los demás grupos con poder político-militar en la AP (Fatah y sus secuaces, el Frente Popular, los Comités de Resistencia Popular, la Yihad Islámica y demás) comparten la misma naturaleza terrorista y el objetivo de atacar y destruir a Israel. Cualquier recambio de Hamas mantendría, asimismo, el sistema educativo, que adoctrina a las generaciones palestinas en el odio antisemita y antiisraelí.
 
Algunos creen que la solución pasa por completar de una vez la barrera de seguridad israelí. Pero mientras que la incomparablemente menor y más defendible barrera entre Gaza e Israel ha puesto fin, de momento, a las infiltraciones, las tentativas –incluidas las que se sirven de túneles– son constantes. Incluso si se completa, la barrera de la Margen Occidental será mucho más larga, accidentada y difícil de defender; además, no representa solución alguna a los ataques con misiles.
 
La verdadera disyuntiva es, pues, clara: o se permite que continúe la matanza de israelíes, trabajando para rebajarla pero no para erradicarla, o se emprende la única acción militar que puede ponerle fin. Cualquiera que crea que los israelíes tienen el mismo derecho a la vida que los daneses, los holandeses, los americanos o cualesquiera otros debería respaldar la segunda alternativa. El hecho de que los propios israelíes, cansados y aturdidos, hayan elegido ahora un Gobierno blando, y ya no insistan en su propio derecho a la vida como lo hacían en los primeros años de la era de Oslo, no significa que otros deban aplaudir su suicidio.
 
 
P. David Hornik, traductor, escritor freelance y columnista del Jerusalem Post.

 
[1] Este artículo fue publicado en Front Page Magazine el pasado 28 de abril.